Pentecostés, el camino de la Pascua

La iglesia vive todo el “tiempo de Pascua o Pentecostés” como si fuera un solo domingo. Cada domingo es “domingo de Pascua”. Por tanto, mantengamos el ritmo.

Dios Todopoderoso y eterno, que has querido que celebráramos el misterio pascual durante cincuenta días (…). (Oración colecta del domingo de Pentecostés).

En realidad, domingo tras domingo a lo largo del año, celebramos el Misterio Pascual y sus signos de identidad están siempre presentes en nuestras celebraciones. Durante las siete semanas de Pentecostés o de Pascua, esos signos son revalorizados y se añaden otros para poner en evidencia las características únicas de este “letissimun spatium” (Tertuliano).

Los signos del tiempo pascual

El formulario de lecturas.
Proclaman el núcleo de la fe cristiana: Jesucristo, ha muerto y resucitado para salvar al mundo. Dos libros adquieren relevancia especial: Los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio de S. Juan.
El color blanco
“El blanco actúa en nuestra alma como el silencio absoluto…No es un silencio muerto, sino un silencio lleno de posibilidades…Es un vacío colmado de alegría juvenil, o mejor, es la nada antes de todo nacimiento, antes de todo inicio…” (Kandinsky).

El Cirio Pascual

Es portador de significado, del paso de Cristo de la Cruz a la Resurrección y de nuestros propios pasos, de nuestros tránsitos: el bautismal y el de la muerte. Por ello, lo encontraremos también junto a nosotros en esas circunstancias.

La aspersión del agua

Es memoria del bautismo. En este tiempo, la aspersión del agua puede sustituir la preparación penitencial al inicio de la Misa. El gesto debe ser elocuente. No ha de limitarse a una inexpresiva aspersión. Los ritos hablan si hay verdad en ellos. Se recomienda moverse entre la asamblea y que ésta acoja el gesto con un canto bautismal.

¡El Aleluya!

Es el canto emblemático de la Pascua. Su simple entonación nos evoca los grandes acontecimientos vividos en la Vigilia Pascual y rehabita nuestro corazón con la alegría pascual.

Historia, Catequesis y Liturgia en diálogo

Pentecostés es el tiempo de la “Mistagogía”. El universo poético de este término remite al Misterio y a su revelación. La tumba está vacía y ahora hay que buscar al Resucitado. Esta búsqueda tiene un GPS: la Escritura, los ritos y la vida.

De las Cenizas del inicio de la Cuaresma al fuego del Espíritu. La Iglesia nos ofrece un itinerario sin ruptura que es camino de abandono en las manos de Dios y, al mismo tiempo, fuerza inédita, expansiva, “pascual”.

El tiempo pascual o de Pentecostés está especialmente destinado a los recién bautizados. Con él se cierra el proceso de Iniciación marcado por la “preparación, la celebración y la mistagogía”. De las catequesis mistagógicas conservamos bellos testimonios del pasado. Nos hacen reflexionar sobre la seriedad del proceso y, al mismo tiempo, nos cuestionan sobre el presente: ¿Cómo se hace hoy un cristiano? ¿Cómo llegar a ser adultos en la fe?
¿Cómo comprender mejor que el bautismo nos ha purificado, el Espíritu nos ha hecho renacer y la sangre nos ha rescatado…?” (Oración colecta II domingo de Pascua).

Más allá de los textos y de su desarrollo, es evidente, que estas catequesis han de ser, ante todo, una palabra viva que tiene como interlocutora a una asamblea concreta. Y, esto, no sólo cuando cuenta con recién bautizados, sino también cuando la liturgia nos desafía a reiniciarnos en nuestra condición de bautizados. En la Vigilia fuimos invitados a renovar las “promesas bautismales” y siempre podemos ser más cristianos que ayer, pero menos que mañana. Nada extraño, por otra parte, si recordamos lo que ya Tertuliano (S. III) advertía: “No nacemos cristianos, nos hacemos cristianos.”

El problema surge a la hora de armonizar la Palabra, la vida y los ritos. La homilía tiene en esto un papel clave y, al mismo tiempo, nada fácil. Relacionar la historia y la Palabra es todo un arte, pero descubrir en el rito un alfabeto capaz de condensar una y otra, es algo percibido como ajeno o desconectado de la vida personal. Todo un reto para una Catequesis en diálogo con la Liturgia. Una catequesis que afecta, no tanto a la explicación de los ritos, cuanto a una formación capaz de mostrar hasta qué punto los ritos hacen presente el Misterio (SC 7) y nos posibilitan el encuentro, la participación en el Misterio. Sin olvidar que “la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada”. (Sacramentum Caritatis 64)

La fascinación del rito

“Al día siguiente, volvió el principito.
Hubiese sido mejor venir a la misma hora – dijo el zorro -. Si vienes, por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, y descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón (…) los ritos son necesarios (…) Es también algo olvidado…” (A. de Saint-Exupery, El Principito).

No sólo olvidado, sino desprestigiado en determinados ámbitos, también eclesiales, a pesar de vivir en una sociedad que aprecia y recurre al rito permanentemente, sea en el deporte, en la entrega de un premio importante o en un simple concierto de rock. Y es que el rito es “estructurante”, nos da seguridad, mantiene en nuestra memoria los acontecimientos y ayuda a trasmitirlos. No hay que vivir para el rito, pero sin ellos la vida sería imposible.

También en la Liturgia. Ellos revisten de carne y de visibilidad el Misterio. Realizar el rito, entender lo que dice (descodificarlo), ajustar nuestra vida a lo que la acción ritual significa, es algo “a hacer”, no sólo con el cuerpo, también con el espíritu. El tiempo de Pascua condensa lo que es la vida misma.

Florecer en Pentecostés

Si la iglesia vive como un solo domingo, los domingos “de” Pascua, lo obvio será que lo expresemos también con las flores y el resto de elementos pascuales. Es un tiempo para la interiorización y el entusiasmo. Ese entusiasmo que, arrancando del acontecimiento central de la fe, ha de transformar en “pascual” toda la actividad de la Iglesia, la vida de cada creyente y el resto del año.

El Cirio sigue hablando junto al ambón las siete semanas, evidentemente “florecido”. El día de Pentecostés se apagará su llama y se colocará junto a la fuente bautismal.

Toca a los que ejercen el servicio del arte visual y decorativo, hacerlo elocuente de forma justa y apropiada. La relevancia del Cirio, la visibilidad de la llama, el lugar que ocupa, su ornamentación, tendrá bastante que ver con su impacto.

Las flores en la Ascensión y en el día de Pentecostés deben asumir algún rasgo particular, tanto en el color de las flores como en el recipiente de las mismas, que ayude a subrayar la peculiaridad de cada una de estas fiestas.
Esto no son “florituras”. La ornamentación floral es el toque de creatividad que permite, al mismo tiempo que nos sitúa en una continuidad, “decir” simplemente “estando,” lo que tienen de especial (solemnidad= solus annus) estas celebraciones.

Lo mismo habría que decir de las fiestas del Señor (Santísima Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón), aunque fuera del Ciclo Pascual y presentes siempre en cada liturgia, nos actualizan dimensiones relevantes del único Misterio que la Liturgia nos invita a revisitar.

José L. Guerra, párroco.  (Art. publicado en la revista Homilética 2020- 4)

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