“Murió y fue sepultado”. Pensamientos ante el sepulcro de Cristo

 

Hemos iniciado la Semana Santa y, desde el primer día, parece Sábado Santo. Un adelanto de esta sensación lo tuvimos el pasado 27 de marzo, cuando el Papa Francisco, en una plaza de San Pedro vacía, avanzaba solitario bajo la lluvia, doblado por el peso del mundo, para interceder por él.

“Me impresionó”, me wasapeó un amigo de inmediato: Allí, en un silencio surrealista, abrazado por la columnata de Bernini, el Crucificado se mojaba a la intemperie.

La escena permanecerá en nuestras retinas como símbolo de nuestra lucha contra el coronavirus: en el centro del silencio, el signo de un Dios débil, agotado, que no interviene desde arriba sino que penetra en nuestra historia y nos salva compartiendo el dolor e incorporándose al último lugar de la fila.

Ante él, llevó Francisco el lamento de la humanidad entera e hizo suya la pregunta de los apóstoles en otro tiempo: “¿No te importa que nos perdamos?”

El Papa eligió para reflexionar el episodio de Marcos, que cuenta una noche de tormenta: la barca zarandeada como nunca y a punto de hundirse, mientras Jesús en el mismo barco, dormía.

Es el decorado natural de la inesperada situación en la que nos encontramos. Navegábamos viento en popa, subiendo en porcentajes de recuperación, dejando atrás viejos fantasmas, raspando cada año nuevas cotas en la edad media de vida y, de pronto,  nuestra segura, rápida  singladura, se interrumpió bruscamente: nuestro ego se fracturó y el mundo se paró.

La sensación que vivimos es de miedo. Tratamos de paliarlo saliendo a los balcones, animándonos en la distancia o llamándonos a la resistencia, pero estamos perdidos: no sabemos ni cuándo, ni cómo terminará esta pesadilla. El Papa Francisco lo describía así en el silencio  de aquella tarde:

Durante semanas parece que es de noche. La densa oscuridad se ha espesado en nuestras calles, plazas y ciudades; se apoderó de nuestras vidas, llenándolo  todo con un vacío desolado, que paraliza todo a su paso; se siente en el aire, en los gestos, lo dicen las miradas. Estamos asustados. Al igual que los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa”.

¿Verdaderamente duerme Dios? “Dios ha muerto – gritaba Nietzsche – Dios permanece muerto y lo hemos matado nosotros!”

El misterio terrible del Sábado Santo adquiere en nuestros días una actualidad desoladora. Porque esto es el Sábado santo: el día en el que Dios fue sepultado, el día de esa paradoja inaudita que confesamos en el Credo con estas palabras: “descendió a los infiernos”, bajó al abismo de la muerte. ¿El sábado santo no ha comenzado a ser, de forma impresionante, nuestro día?

La oscuridad de este día, que es también la oscuridad de nuestro tiempo en general, grita a nuestra conciencia. También nosotros tenemos algo que ver con esto. En realidad lo que dijo Nietzsche sobre la muerte de Dios, es parte de nuestro Credo: “por nuestra causa fue crucificado” (Credo Niceno-Constantinopolitano), “Padeció en tiempo de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos…” (Credo Apostólico).

Y, aquí viene la paradoja: “Al tercer día resucitó de entre los muertos.”

“El misterio más oscuro de la fe es, al mismo tiempo para el creyente, el signo más claro de una esperanza sin límites,  la prueba más contundente de la solidaridad de Dios con el  hombre.  Aún más: sólo a través del fracaso de la Cruz y el silencio de la muerte, los discípulos de Jesús comprendieron – y también nosotros intuimos – su identidad, lo que realmente significaba su mensaje. «Cristo debía morir por ellos para poder vivir realmente en ellos” (Ratzinger).

La imagen que ellos tenían de Dios debía diluirse, desaparecer. Sólo a través de las tejas rotas  de la casa en ruinas,  podemos vislumbrar el cielo, verle a Él. El silencio de Dios –  que “abajándose”, dice S. Pablo ( Fil 2,4) –  nos habla de la “sin medida” de su amor y de la exclusión definitiva de toda magia en su  forma de ser “Dios con nosotros”, al tiempo que nos hace experimentar el vértigo de nuestra pobreza y la grandeza de nuestra dignidad:  una precariedad absoluta y, sin embargo, esperanzada;  somos  “polvo de estrellas”.

Entre todos rodaremos la piedra. Esperamos que pronto, sobre este eterno sábado, caigan los rayos de la Pascua.

José L. Guerra (Art. publicado en «La Provincia,» el 10 de abril,Viernes Santo 2020)

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