Nuevos virus, viejos miedos

Si observamos el mundo, desde la situación que nos ha sobrevenido con el coronavirus y que prácticamente ha invadido el mapamundi, es de rigor comenzar constatando que hoy nuestras sociedades son mucho más seguras que las sociedades de antes, permanentemente amenazadas por la angustia de las epidemias y el hambre, cuando no las guerras. En el siglo XIV, por poner algún ejemplo, la Gran Peste se llevó por delante la cuarta parte de toda la población europea occidental. El culto ultra popular y universal a algunos santos, como San Roque, nacen del miedo a este caballo exterminador.

En esos tiempos, la medicina se manifestaba impotente, pero el dispositivo religioso mantenía cohesionado el cuerpo social a la hora de resistir y mantener el pánico. Hoy, nuestra época se siente desnuda de sentido espiritual y cree poder, sin más, superar la angustia de la muerte. Busca apoyo en la ciencia, en la técnica, en las medidas sanitarias, como es lógico, pero éstas siempre emergen como una frontera líquida y nos hace constatar una doble locura: la vulnerabilidad de la sociedad frente a la naturaleza y su propia locura.

¿Cómo es posible tanta información contradictoria? Por una parte la OMS habla de alto riesgo a nivel mundial de contagio y, al mismo tiempo, da cifras de mortalidad más bien bajas. ¿Cómo se minimiza o se amplifica el hecho de la pandemia y, al mismo tiempo, se llama a la sensatez y a la tranquilidad? La imágenes se expanden a la velocidad de la luz y todo desborda las fronteras y el desarrollo normal de cualquier actividad social: reuniones, comercio, viajes, turismo, sanidad, trabajo, clases, misas…Todo termina por pararse y recluir al personal en interminables cuarentenas que, a su vez, evidencian que las soluciones o son globales o no son soluciones.

 

¿Quién se imaginaba que la contaminación por un virus incubado en un mercado de una ciudad de China, ignorada totalmente para la mayoría de los ciudadanos, habría de afectarnos en pocos días a la inmensa mayoría de la población mundial en sus asuntos más nimios?

Los nacionalistas de todos los pelajes juegan su basa y prometen nuevos muros, ¿pero eso para qué sirve? El mundo es algo más que una suma de naciones y el coronavirus nos lo recuerda, por si alguien lo pone en duda.

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