La asamblea lugar de la belleza

Hablar de asamblea litúrgica es relativamente nuevo. Antes, este término, rico en el imaginario colectivo, sólo se aplicaba al Parlamento o remitía a tiempos revolucionarios. No hace muchos años, cuando hablábamos de ir a Misa, hablábamos de “oir misa”, nunca de “participar“ en la Eucaristía. La distancia entre el clero y el pueblo estaba abiertamente establecida.

Hoy, referirnos a los cristianos convocados para la celebración litúrgica del domingo u otro día cualquiera, como “asamblea”, es normal. Y el salto es cualitativo, teológico. ¿Pero entendemos, de verdad, cuanto queremos decir con esta palabra fetiche, por otra parte, culturalmente apreciada? ¿Qué es aquello que constituye a un grupo de personas en asamblea? ¿Son todas las asambleas iguales? ¿En qué se han convertido nuestras asambleas litúrgicas…?

Ventana con vistas: Cristo y la Iglesia

Este grupo, pequeño o numeroso, reunido para la celebración litúrgica, es el rostro de la Iglesia en un lugar determinado. Heredera de aquella primera convocatoria a los pies del monte Horeb, esta asamblea nos remite a una dinámica que, como creyentes, no podemos obviar. Hemos sido convocados desde fuera por el Dios que “primerea” para actualizar la Alianza: entrar en diálogo con el Otro con mayúscula, confesar nuestra fe en su Palabra y dejarnos alcanzar por su acción salvadora.

El primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II lo pone en evidencia desde el principio y un lenguaje nuevo comienza a circular en los ámbitos eclesiales. Y detrás de las palabras siempre hay algo más que sonidos. Eso lo saben quienes se oponen a la utilización de la gramática conciliar, porque la han entendido siempre como una invención. Pero el Concilio, cuando habla del estatuto teológico de la celebración, no propone novedades, sólo redescubre lo que la Iglesia ha hecho desde el principio. A los reticentes, simplemente habría que remitirlos al “nosotros” de las plegarias con las que oramos en la celebración. Ese “nos”, lejos de ser una fórmula mayestática del sacerdote, es un término que engloba y afecta a toda la asamblea.

La Liturgia, por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia (SC 2).

La Asamblea Eucarística es epifanía de Cristo y de la Iglesia: la comunión eucarística, es el fundamento de la comunión eclesial.

La asamblea y las asambleas.

Todo pasa en la vida del hombre por el cuerpo y por la acción. También la Liturgia y la teología. ¿Cómo encarnar lo que afirma el Concilio en esta asamblea concreta? Este es el reto permanente de nuestras celebraciones y el itinerario progresivo a recorrer.

Hay asambleas y asambleas, todas son provisionales y, al mismo tiempo, plurales, habitadas por comunidades religiosas, grupos multiculturales, cristianos de pertenencia o de ocasión. La misma imagen de Cuerpo, diversa y articulada, se vuelve fluctuante y se transforma según el estilo litúrgico de un animador o de un sacerdote. –

Por eso, se requiere partir siempre de la realidad dada y, a raíz de los recursos disponibles, encarnar el Misterio en el aquí y en el ahora. Para celebrar bien no sólo hay que tener en cuenta el Misterio que se celebra, sino también la asamblea con la que se celebra. Así lo advierte, entre otros documentos, la OGMR:

“Es, por tanto, de sumo interés, que de tal modo se ordene la celebración de la Misa…que ministros…y fieles, participen cada uno según su condición y reciban los frutos para cuya consecución instituyó Cristo… el sacrificio eucarístico….Todo esto se podrá conseguir, si mirando la naturaleza y demás circunstancias de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone de modo que favorezca la participación…” (OGMR 17 y 18).

No es lo mismo una asamblea eucarística en la Plaza de San Pedro, que una asamblea de mayores en una residencia de la tercera edad; una celebración familiar que una celebración dominical en la parroquia. Pero, tanto en unas como en otras, si hay verdad, autenticidad, la Belleza les visitará. Una belleza que es Misterio, pero un Misterio que se visualiza en unos signos, aunque a veces, sólo sean pobres pañales. Los ministerios, el pan, el vino, la música, el canto, el silencio, los movimientos rituales, el color, el incienso, las flores, el espacio, etc. – se convierten entonces en una sílaba de la única Palabra que acontece y congrega a la Iglesia allí reunida en un contexto simbólico, que como todo lenguaje simbólico revela y oculta al mismo tiempo.

Una belleza en salida

No hay dos iglesias, una que se congrega en asamblea para orar y confesar su fe y otra que vive en la dispersión y evangeliza. Es la misma Iglesia, la misma comunidad o colectivo de creyentes, el que se reúne y el que se convierte en hospital de campaña en medio de la sociedad. Es el doble movimiento de un solo corazón: sístole y diástole. No se da el uno sin el otro. Por eso, la Iglesia que se congrega es la Iglesia “en salida” y la “Iglesia en salida” es la Iglesia que se congrega. Esto debe quedar claro en la celebración – oraciones de los fieles, homilía, moniciones – y debe tenerlo claro todo creyente que vive su fe en la dispersión: “sin la asamblea no podemos vivir.” (Actas de los mártires de Abitene).

El Papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium (24) lo expresa así:

La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.

Zoom sobre nuestras asambleas

Merece la pena acercarnos a la realidad de las asambleas dominicales de nuestras parroquias. Son el rostro de la Iglesia en el lugar en que vivimos. Creer en esto es imprescindible, sin ese convencimiento todo se hace aburrido. No es fácil pasar del individualismo social en el que estamos inmersos a una participación eclesial y activa en la celebración, pero se puede. Es cuestión de implicación, de pedagogía y de tomarnos en serio lo que decimos de la liturgia: nunca dice lo que hace, hace lo que dice. Pues eso, si la liturgia es fuente y culmen de toda la actividad de la Iglesia (SC 10)… ¿qué menos que intentarlo una y otra vez?

Cada año un reto, aunque sea sencillo. Nos jugamos el futuro. Al fin y al cabo, la celebración cristiana es pura teología narrativa y comunidades vivas generan celebraciones vivas. Cuando todo se convierte en vulgar, anodino, puro trámite, es que detrás tampoco hay vida, luz que ilumine la vidriera. Muy hermosa desde el punto de vista artístico, pero una vidriera sin luz que la traspase carece de belleza. Podemos rodear la acción cultual de todos los elementos materiales requeridos, pero si falta la fe, el protagonismo y el entusiasmo de una asamblea consciente, sujeto de la celebración e interlocutora de la Palabra, todo se convierte en simple atrezo de una rutina.

Florecer en el Tiempo Ordinario

Las treinta y tres o treinta y cuatro semanas entre el Bautismo del Señor y la Cuaresma, por una parte, y entre Pentecostés y el Adviento, por otra, constituye el denominado Tiempo Ordinario del Año.

No celebramos un aspecto particular del Misterio cristiano, sino más bien un camino hacia el Padre a la luz de Cristo, bajo la acción del Espíritu. Aunque la consideración del Misterio es global, ese Misterio lo experimentaremos siempre desde la condición histórica en la que nos desenvolvemos.

Dios es un Dios del tiempo. Algo no siempre evidente en nuestras abstracciones teológicas y, con frecuencia, ignorado en una sociedad que alimenta la fobia al tiempo. Las flores nos recuerdan y nos evocan con sus ciclos naturales lo efímero, la abundancia y la precariedad. Seguir sus ritmos en la liturgia también ayuda a enmarca nuestras celebraciones en la contingencia de la historia y de la naturaleza.

Los lugares

Acabamos un tiempo fuerte. Esto ha de notarse también en la ornamentación floral. Unas flores a la entrada – el espacio del antes y el después -, nos hablan ya de un lugar habitado, vivo. Con más razón, un sencillo ramo junto al altar o el ambón, según el elemento a destacar a partir de la Palabra. Si la opción que elegimos es la de dos ramos – uno en el altar y otro en el ambón – deben estar armonizados.

La forma y el continente

Hemos de intentar dar a las flores la posibilidad de conservar su movimiento natural, su espontaneidad. Un cántaro de barro o un conjunto de piedras que envuelvan el bouquet y den la impresión de enraizarlo puede ser una solución. Las flores, mejor de estación. El verde de las hojas o ramas puede dar al espacio una tonalidad alegre, en consonancia con el color litúrgico de estos domingos. (Art. de nuestro párroco, publicado en la revista Homilética 2020/1).

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