Tempus fugit

Ya estamos cerca del final de año y esto me sumerge en una nostalgia invencible, porque acrecienta la sensación de la fugacidad del tiempo. Con el paso de los años uno se hace más consciente de que todo es efímero y que la vida es un proceso de cambio que no podemos parar.

Las calles de la ciudad están llenas de gente, pero busco entre la multitud algunos rostros familiares y no los encuentro. Tampoco veo a otros muchos que, en años anteriores, se movían también en el ajetreo de hoy. Otro paisanaje va y viene y mi tiempo, parece que transcurre más a prisa. Es el tiempo de los buenos deseos y del intercambio de felicitaciones, pero a muchos de ellos ni los conozco.

Los días ahora transcurren con mayor rapidez que los primeros en los que parecía que la Navidad no llegaba nunca. El mes de enero se hacía interminable y el día de Reyes cruzaba como un relámpago. Esto corrobora la tesis de H. Bergson de que el tiempo es pura duración subjetiva.

Lo que cuenta no son las horas que marcan los relojes sino la intensidad de lo que vivimos.

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