El adviento de los que no esperamos

Murienron frente a las costas de Mauritania. A pocos kilómetros de la isla canaria más cercana a Africa. Eran “multitud” para tan frágil embarcación, pero nada les importaba: soñaban alcanzar la otra orilla del Atlántico. Ahí – aquí – esperaban otra vida. Por fin podían echarse a la mar, víctimas incautas de los lobos rapaces que lo único que les importa de estos desheredados es el dinero que les cobran por un viaje inseguro, infernal y, muchas veces trágico. Pero era la alternativa a tanto dolor sin salida y tantos sueños acumulados.

Y ahí están. Las informaciones hablan de cincuenta y tantos ahogados, otros tantos desaparecidos. Todas sus expectativas hundidas para siempre en el fondo del mar, que muchos de ellos jamás habían visto y, por supuesto, no sabían ni siquiera bracearlo.

Venían a Canarias. Eran jóvenes, incluso niños algunos y ahí yacen, víctimas inocentes de los elementos, de la indiferencia de los que estamos en la orilla de acá y de unas mafias y reponsables políticos a las que nada les importa esta tragedia.

¿Quién les llora? Llegarán sus familias a conocer, si siquiera, su destino? Llega la Navidad y la historia se repite: “no había lugar para ellos en la posada”.

Un acontecimiento que se repite un día sí y el otro también. No es mediático y por eso apenas ocupa espacio en los medios y las ONG y algunos muy mediáticos siempre, a la hora de hacerse presentes en las catástrofes, ni siquiera lo consideran rentable a la hora de ir fisgonear el asunto. A base de reiterarse la tragedia, terminamos por considerarla normal. ¡No lo aceptemos!

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