La belleza de la Liturgia (I)

Todo lo esencial se resume en pocas palabras. Por eso,cuanto quisiera decir en este espacio, podría condensarlo en esta frase:

“La Liturgia no es una cosa a hacer, sino una experiencia a vivir; juntos, en Iglesia, de forma que el mundo pueda intuir quien polariza nuestras vidas, Jesucristo”.

Una vez asumida esta afirmación positiva, todo resulta más simple.

Es cierto que cuando hablamos de liturgia, inmediatamente nos viene a la mente los debates y, a menudo, los conflictos que suscita la celebración cristiana. Pero la liturgia no está ahí para desunir, sino para todo lo contrario, porque

“La Iglesia es en Cristo como un sacramento, señal o instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todos los hombres” (LG. 1).

La Liturgia no tiene otra gramática. Su reto permanente será lograr transparentar los gestos de Cristo en cada uno de sus gestos. ¿ Y en este quehacer, qué lugar ocupa la belleza? Sin duda, un lugar fundamental, porque

“la belleza no es un elemento decorativo de la acción litúrgica, sino más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación” (Benedicto XVI, SC 35).

¿Pero, qué es la belleza? ¿De qué belleza hablamos?

¿Es bello lo que nos agrada y deseamos? ¿Deseamos todo lo bello? ¿Cuándo descubrimos belleza en un gesto filantrópico con un marginado nos gusta, pero lo deseamos? ¿Qué es la belleza?

Entrar en los vericuetos filosóficos de este tema no es fácil, ni es nuestro objetivo. Ni siquiera podemos traer a colación las grandes aportaciones, realmente sugerentes, de algunos teólogos sobre este tema. No contamos con espacio, ni es nuestra finalidad. Baste, por ahora, dejar constancia de que no estamos ante una cuestión menor y, por tanto, prestémosle la atención requerida.

El discurso sobre la belleza no es unívoco, siempre ha sido y será discutido. Pero, a pesar de todo, somos herederos nostálgicos de lo que la belleza significa más allá de los debates que suscita. Urge, por tanto, – reduciendo el ámbito de nuestra búsqueda a la belleza litúrgica – encontrar la llave de la puerta que nos permita entrar en la celebración cristiana y dejarnos tocar por cuanto allí acontece. Hablamos de belleza en la liturgia, pero ¿Cuándo es bella una celebración litúrgica? ¿Qué es lo que allí acontece?

Y allí quien acontece es Cristo. Porque la fuerza de la liturgia no sale del discurso, de la reflexión, de la capacidad convincente de la homilía o del conjunto de unas artes auxiliares que nos emocionan y nos agradan, sino de la iniciativa de Dios que

“nos ha amado tanto que nos ha entregado a su propio Hijo” (Jn 3,16).

La liturgia, en palabras del Vaticano II, no arranca de ninguna consideración religiosa o búsqueda humana, sino que se enmarca en la historia de la salvación (SC 5).

Ese Dios, belleza absoluta, verdad total, es el que toma la iniciativa – según el diccionario del Papa Francisco “primerea” , – y culmina su aproximación al hombre en la muerte y resurrección de Cristo.

Ese Misterio, ya acontecido, se actualiza en el “hoy” de la celebración, para nosotros, a quienes nos toca encontrarnos con ese Misterio, a través de la participación plena, consciente y activa (SC 14).Eso sí, en esperanza, como diría S. Pablo (Rom 8,24), y a través “de signos y palabras” (DV 1).

Es el “Todo en el fragmento”, la expresión definitiva de la Verdad y del Amor, que alcanza todo su esplendor en la “kénosis” de la Cruz: “Cuando sea levantado en alto todo lo atraeré hacia mí” (Jn 12,32).

Las flores llegan a la liturgia

Son secundarias, prescindibles, pero siempre tienen algo que decir. Están ahí como seres vivos. También ellas participan en una liturgia que les afecta y les adelanta, también a ellas, como parte de una naturaleza sometida, la pascua cósmica:

“La naturaleza entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente (Rom 8,22).

Y, “¿De qué siente nostalgia? De su finalidad.”(F. Cassingena-Trévedy).

Fascina la fuerza de convocatoria, el destino común al que nos abre la liturgia: junto a los santos y a los ángeles, con toda la naturaleza creada, unidos a toda la Iglesia extendida por toda la tierra – en Cristo, por El y en El – el Espíritu es capaz de armonizar nuestras vidas, hacernos cantar al unísono la gloria del Padre. Desata en nosotros la necesidad de implicarnos en la historia, para que la apariencia de los gestos se encarne en la cotidianidad, “la mente concuerde con la voz” (SC 90) y la celebración sea expresión de la vida, nunca sustitución.

Flores para la celebración: contemplar, transfigurar, ofrecer.

Hablar del arte floral en la liturgia nos exige, al menos, la humildad de reconocer que las flores, a pesar de su larga presencia en la celebración, no siempre lo han hecho de forma adecuada.

Como todo elemento litúrgico, su finalidad es “hacer ver”, en la fe, el Misterio celebrado. Las flores deben realzar el sentido de cuanto acontece, sin alegorías o simbolismos fuera de lugar. Lejos de lo figurativo, de la decoración, sólo cumplen con su cometido cuando se ponen al servicio de la celebración, formando parte de su gran “composición”.

Una bella ornamentación floral debe ser auténtica – nunca flores artificiales – y no tiene por qué ser costosa o exuberante hasta eclipsar los polos fundamentales de la Liturgia. Siempre en su sitio.La Ordenación General del Misal recomienda que

“más que sobre la mesa del altar, las flores, se colocarán en torno a él”.

Un bouquet de flores debe tener también una carga mistagógica.

Estamos hablando de un verdadero ministerio, presente ya en algunos países en las Comisiones Nacionales de liturgia. Las flores en la celebración no debe ser exclusividad del sacristán, sino un servicio que afecta al equipo de liturgia. Se requiere, por ello, dedicación y competencia. En definitiva, formación litúrgica, bíblica y conocimiento técnico.

Florecer el Adviento y la Navidad

Llega el Adviento: tiempo para la esperanza. Y las flores también son, o no, convocadas: su presencia, ausencia o reducción, es un signo de la variedad del tiempo litúrgico en el que celebramos. No todo es lo mismo.

La Ordenación General del Misal Romano advierte:

“ ….Durante el Adviento adornen las flores el altar con la moderación que conviene a la índole de este tiempo, sin alcanzar la plenitud de alegría característica del Nacimiento del Señor…el empleo de las flores…ha de ser siempre moderado y se colocarán, más que sobre la mesa del altar, en torno a él” (OGMR 305).

En paralelismo con lo indicado el domingo Laetare en Cuaresma (Domingo IV), es justo concluir que también en Adviento se puede realzar con flores la alegría del domingo llamado “Gaudete” (III). Saber gestionar la contribución de las flores a la variante temporal, no sólo espacial, de la Liturgia es importante.

Después del Adviento, la Navidad. Si los cuatro domingos de preparación han florecido evocándonos la espera de Cristo, luz del mundo, los cirios, en una combinación de colores equilibrada, con plantas propias de este tiempo, nos evocarán también esa Luz, la noche del Nacimiento. Las flores, mejor de temporada, capaces de resistir al frío o calor ambiental.

Y, por último, algunas consideraciones prácticas a la hora de empezar. ¡Se puede!:

1.- Las flores se orientan a la luz.  2.- Las más abiertas y las más oscuras en el centro de la composición, las más cerradas y las más claras hacia los extremos. 3.- Evitar que todas las flores se presenten de frente. 4.- Deben dar la impresión de salir de un mismo punto. No debe haber tallos paralelos, tallos cruzados y de igual longitud. 5.- La altura está limitada por el tamaño del continente y dada por los elementos de crecimiento vertical. 6.- El ancho lo fijan los elementos de crecimiento horizontal. Su dimensión es proporcional a la altura. 7.- La profundidad le permite al ramo situarse en el espacio. 8.- El punto focal en el centro de la composición, asegura el equilibrio visual del ramo. Todas las líneas, por regla general, arrancan de él y convergen en él.

José Luis Guerra

(Artículo publicado en la revista Homilética nov. 2019)

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