La decadencia y caída de los imperios

Cuando pensamos en la caída del imperio romano, la potencia más fuerte y mejor estructurada de la historia, pensamos que todo sucedió un día aciago en el que la loba capitolina se perdió entre las columnas del foro y todo hizo ¡zas! y se rompió. Y nada más lejos de la realidad. Aquella caída fue gestada a lo largo de una corrupta decadencia y ha sido perfectamente estudiada desde todos los ángulos: desde la teoría religiosa y moral, a la militar o natural; desde E. Gibbon a. J. Vogt, pasando evidentemente por S. Agustín.

El declive de Roma, no fue efecto de la casualidad, como quien tropieza en la alfombra y hace añicos el jarrón de porcelana de la repisa, sino que se vino incubando y extendiendo en el cuerpo del imperio como una metástasis silenciosa que todo lo redujo a la nada. Las causas fueron complejas, pero todas fueron dejando su poso corrosivo hasta la ciclogénesis explosiva final que terminó por derribar aquel edificio podrido.

No han faltado quienes han querido ver en ese acontecimiento un precedente de nuestra sociedad actual e, incluso, películas como la de S. Bronston, en su momento, se apuntaron clara y simplemente a la tesis de la degradación interna que empujó al Imperio a la autodestrucción.
Vivimos tiempos desconcertantes. La clase política es un problema para gran parte de los españoles y lo peor, es que la desconfianza, alcanza a casi todas las Instituciones: desde la monarquía a los jueces, pasando por los sindicatos, el deporte o la misma prensa, que se vende a quien le subvenciona. Cierto que no son todos, ni siquiera la mayoría, pero en estos tiempos en los que la aparente connivencia entre el mundo financiero y la política es tan estrecha mientras crecen los recortes y se impone la austeridad a los sufridos contribuyentes, el chapapote de la corrupción no deja resquicio para ver más allá.

En medio de este ciclón que conmueve los fundamentos del mismo sistema democrático echamos de menos las voces de aquellos que pudieran ser voz de los que en este momento sólo somos víctimas: los intelectuales, la Iglesia, las otras organizaciones políticas que, en opinión de muchos, dan la impresión de taparse unos a otros o todas aquellas instituciones que pudieran ser una reserva y un referente moral ante tamaño desconcierto.

Aquí no vale “sálvese el que pueda” o “a mí que me registren”, sino que es necesario colaborar desde dentro y desde fuera para regenerar la vida pública. Se hace necesario arbitrar medidas de estricto control que erradiquen definitivamente el clima de sospecha generalizado que sacude a los gestores de la vida pública y devuelva la confianza en las instituciones. Nunca será tarde, si la dicha es buena.
Pero, eso no bastaría…es necesario que cada uno, a nivel personal, también sea honesto en relación al dinero y al voto que emite. No es de recibo protestar contra el fraude y, al mismo tiempo, tratar de evadir las responsabilidades que cada uno tiene como ciudadano o apoyar en las urnas a quienes claramente no apuestan por la transparencia y la honradez. Esto no es una película del Oeste en la que ellos siempre son “los malos” y nosotros “los buenos”, ni vale mirar para otra parte o aquello de “¡y tú más!,” porque nos vamos todos al garete. Ya lo decía Dostoievski: “Más allá de la moral y de la conciencia sólo se encuentra el abismo de la locura”.

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