Enternecerse para madurar

Hablar de ternura no es fácil. Con frecuencia se entiende como una simple emoción o se confunde fácilmente con el “buenismo”. Pero la ternura es mucho más. Es un sentimiento estable, una forma permanente de superar el endurecimiento del corazón.

La parábola evangélica de la higuera que comienza a “enternecerse” ( ponerse “tierna”) a medida que se acerca el verano, nos hace descubrir una dimensión de la ternura que, de ordinario, pasa desapercibida: nos hace ver el dinamismo que se desata en toda persona y la hace crecer, madurar, envejecer. La persona madura gracias también a los elementos externos, la luz y el calor externos, que emergen de los signos de los tiempos que vive y no sólo del movimiento personal. Las situaciones, personas, acontecimientos hacen madurar a las personas, las modifican y ponen en movimiento las propias energías interiores.

Por eso, no hay que confundir la ternura con la simple palabra que acaricia y desarma de forma puntual al otro, sino que también requiere la fuerza tranquila del corazón que se abre al otro y le hace partícipe de la verdad de su situación, incluso cuando esa situación es negativa. No es virtud para mediocres, llegar al corazón es todo un arte. En la Ultima Cena, Jesús, denuncia la situación de Judas y de Pedro, no con un juicio colérico, sino con la cercanía de alguien que sufre y se compadece por su situación.

“Necesitamos evangelizadores – decía el Papa Francisco hace unos días – apasionados y creativos.” Y, recordando la experiencia de las religiosas de Sta. Teresa de Calcuta con las que se encontró en su lugar de trabajo, en el último viaje pastoral a Macedonia del Norte, afirmó “Me ha impresionado la ternura evangélica de estas mujeres y esa ternura nace del Evangelio. Acogen a todos con ternura.

Con frecuencia, los cristianos nos olvidamos de esto. Cuando no hay ternura nos volvemos demasiado serios, ácidos.”

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