Las concertinas

Hemos visto un trozo de concertina en las manos del Papa y, de pronto, hemos caído en la cuenta de la crueldad extrema que eso supone. Cuando nuestros ancestros atravesaron el Atlántico y llegaron en precarias embarcaciones a las costas de América sólo encontraron playas, costas inmensas y un futuro por construir desde cero. Hoy, se levantan muros y se elevan vallas para disuadir al que intenta escapar de la muerte, sobrevivir.

Nos hemos inyectado el miedo al otro y hemos quedado prisioneros de nuestros fantasmas. En Europa, países que nunca fueron extremistas van asumiendo, a medida que convocan nuevas elecciones, propuestas políticas que sólo ven en el otro un peligro, un rival, un enemigo ante el que hay que defenderse como sea. Crece el populismo, la xenofobia, el antieuropeísmo y los partidos tradicionales, en lugar de contrarrestar estos impulsos que nunca formaron parte de la identidad europea, los secundan levantando muros y desplegando ejércitos en las fronteras.

Ante el miedo, cada uno de nosotros construye su propio bunker y alimenta progresivamente las distancias que separan a unos de otros. No es así como vamos a vencer. Ante el peligro, la guerra, el sufrimiento, ningún muro será infranqueable.

Venceremos si alimentamos el sentido de comunidad entre nosotros, si sabemos ser fuertes en nuestra propia identidad y si somos conscientes de la desigualdad abismal que atraviesa el mundo.

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