La semana Santa

Un colectivo que no recupera la memoria del pasado, difícilmente podrá construir un futuro común. Si no sabemos de dónde venimos, no sabremos a dónde ir de forma consciente, creativa y activa. En este quehacer la Biblia es referencial para nuestra cultura, para entender nuestro entorno y entendernos nosotros mismos, seamos o no creyentes. No podemos ignorar el libro más editado, más traducido y más influyente en la cultura occidental.

Para los cristianos, en la Semana Santa, se actualizan y se despliegan durante días, momentos culminantes de ese libro, una historia llamada sagrada, que no es una historia diferente a la nuestra de cada día tejida de aciertos y errores, sino esa misma historia cotidiana, siempre capaz de algo nuevo y más humano, si se abre a la visita de Dios.
Recordar y hacer memoria de ese pasado tan generador de vida, es sanador para nuestra sociedad. Pasear a un justo colgado de un patíbulo que muere perdonando y prefiere morir a matar es un grito en nuestras calles de por dónde hay que ir. Las dolorosas, las imágenes compungidas por el dolor injustamente causado en la historia, sigue cuestionándonos y espera respuesta.

El pueblo que se expresa con el cuerpo, se conmueve ante las lágrimas y se calma con una caricia, es sabio. Y, por eso, descubre y plasma en la imagen del Crucificado, en la Soledad de María o en la bendición del Señor en la burrita, lo que el texto escueto y sobrio de la Pasión nos transmite. Una imagen vale más que mil palabras.

El corazón de la Semana Santa es el Triduo Pascual: Jueves, Viernes y madrugada del Sábado al Domingo de Resurrección. “El Sagrado triduo, como decía San Agustín, de la pasión, muerte, sepultura y Resurrección del Señor”. No son episodios de un relato lo que celebramos cada día, sino el único Misterio Pascual en sus distintas dimensiones: ritual (jueves Santo), histórica (Viernes Santo), eclesial (Vigilia).

En la tarde noche del Jueves y en el Viernes Santo se concentran muchas de las expresiones religiosas más populares de nuestra ciudad: la visita a los monumentos, el Via Crucis de la noche, el Cristo de la Sala Capitular y las mantillas canarias, la Procesión Magna (un auténtico desfile de las escenas históricas de la Pasión con las imágenes más bellas de nuestro patrimonio) y el broche final de la procesión del silencio, de la soledad, acompañando a la mujer esperanzada, la mujer que como cualquiera de nosotros vive también la experiencia del sábado santo entre lo absurdo de la cruz y la esperanza de un mundo nuevo que no acaba de llegar.

La semana Santa se presenta como un itinerario ascendente que alcanza su climax más alto en la Eucaristía del sábado al domingo, dentro de la Gran Vigilia Pascual. Es la noche de la incorporación a la Iglesia de los nuevos catecúmenos, la noche de la recreación de nuestra condición de bautizados y la noche para expresar el “paso” de la muerte a la vida de Señor Resucitado por el Padre, confirmando así que quien tenía razón era Jesús, no quienes le mataron. Según el Talmud judío, lo verdaderamente importante acontece en la noche.

La Semana Mayor comienza con una jornada telonera, el Domingo de Ramos. La liturgia de este día es el resultado de la confluencia de tradiciones provenientes de la iglesia de Jerusalén y de la Iglesia de Roma; una síntesis de lo que luego se desarrollará a lo largo de ocho días. Es como una de esas oberturas de ópera que condensa en los primeros compases, lo que luego la orquesta desplegará en su totalidad a lo largo de la puesta en escena.

En la celebración del domingo de Ramos, se entrecruzan la alegría de la entrada de Cristo en Jerusalén en la burrita, rodeado de niños y la conmoción de la lectura de la pasión según uno de los evangelistas sinópticos, que tiñen el conjunto de claroscuro. Por eso, según se va progresando en la liturgia, el gozo de la entrada en la Misa se va revistiendo de austeridad.

El Miércoles Santo es un día menor que adquiere relevancia en nuestra tradición procesional. Es la tarde de los encuentros, de la Verónica o de la Madre con su Hijo camino de la Cruz, situados estratégicamente fuera del triduo pascual. Fue el miércoles el día en el que, según una tradición mantenida en la iglesia cristiana ortodoxa, Judas cerró el acuerdo de entregar a su Maestro con los jefes judíos.

Liturgia, desfiles procesionales, rito y religiosidad emergen en esta Semana Mayor y marcan el calendario laboral, académico, vacacional de los ciudadanos. No son días cualquieras, mírense como se miren. Han generado cultura en todos los sentidos: culinario o artístico. Y lo artístico abarca todas sus expresiones: literaria, musical, pictórica, escultórica, cinematográfica… Ahí están, forman parte de nuestra identidad colectiva como ciudadanos, pero para los creyentes son mucho más. Vivir estos días como ajenos espectadores o como parte, puede cambiar la percepción y la verdad de lo que pasa. (Artículo publicado en “La provincia” el 15 de abril de 2019)

Escrito por