El grito del Viernes Santo

Si hay una imagen que haga identificable esta palabra es, sin duda, el lienzo en óleo y pastel sobre cartón, del expresionista noruego Edward Munch. Hasta cuatro versiones de una misma reacción desesperada ante lo incontrolado y el límite. Sobre ella abundan tesis, libros, robos, falsificaciones y posts de todo tipo en las redes sociales. Y, hasta se llega a discutir, hoy por hoy, qué hace realmente esa figura andrógina ante un paisaje de nubes rojas que se ciernen como una amenaza sobre Oslo: ¿Grita o escucha?. Sea lo que sea aquello que el autor quiso reflejar o aquello que el relato nos ha trasmitido, nadie discute que “El grito” es uno de cuadros más reconocibles de la cultura actual y un icono desgarrador de las últimas generaciones.

El grito siempre nos perturba, aunque no siempre nos conmueve. Y es ahí, donde el grito se desnuda como simple rotura de un silencio vacío, como puro escape, como un ruido entre otros ruidos o como profecía rotunda alimentada en un silencio lleno. Siempre me ha impresionado la muerte de Cristo, precisamente por eso. Cuando ya no había que esperar nada más de aquel cuerpo agotado, sin defensas, frágil como un suspiro, dice el evangelista: “… lanzando un fuerte grito, expiró”

El Evangelio de Marcos está lleno de gritos: empieza con “la voz que grita en el desierto”, no tanto geográfico como existencial, y concluye con un grito estentóreo en la Cruz. Un grito que escapa de la garganta seca y rota de un hombre que cuelga entre el cielo y la tierra, abandonado.

Entre el primer grito y el último se enhebran otros gritos: gritos de protesta de los endemoniados, de súplica, de reconocimiento o de miedo como el de los apóstoles cuando confunden al Maestro con un fantasma. El grito es omnipresente, hasta tal punto que más de un biblista encuentra en ese hilo conductor una forma de sistematizar el Evangelio. Los gritos surgen de la boca de los enfermos, de la boca de los discípulos, de la boca de la muchedumbre o de la propia boca del Maestro, pero ese “fuerte” grito antes de morir, tiene algo especial: no es un simple desahogo, ni sólo expresión de su desconcierto, es algo más, mucho más.

Ante el dramatismo que adquiere la Cruz en el evangelio de Marcos, el lector creyente debe preguntarse: ¿Por qué? ¿Para qué ese grito? Dios está presente en Jesús, pero él está solo.

Es un grito de dolor, de angustia, de soledad radical, cierto; pero es evidente que ese grito traspasa lo puramente antropológico: en él confluyen otros gritos y, sobre todo, se hace presente la paradoja de la fe. De la presencia sentida del Padre, a lo largo de su existencia, Jesús pasa a una ausencia desoladora, que paradójicamente le da autenticidad a su vida entendida como don.

El es consciente de esto y por ello no lo vive con desesperación, pero sí con angustia. Su grito más que un rechazo o petición de explicación, es una demanda de sentido, de finalidad. Su grito no nace de la falta de fe, sino que lo experimenta dentro de la fe como manifestación de Dios. “Dios no salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento; no protege de la muerte, sino en la muerte. No libera de la Cruz, sino en la cruz” (Bonhoeffer).
Si el grito no nace del silencio, es pura bulla. Nos acostumbramos a ella y la contaminación acústica se convierte, entre otras contaminaciones, en compañera de viaje… pero el grito de Jesús en la Cruz es un grito habitado por el silencio y cuestiona, perturba, exige respuestas. El evangelio lo subraya de forma nítida: “Jesús callaba” hasta el punto de sorprender a Herodes y confundir a Pilatos.

El grito del Justo nunca es inútil y nada, ni nadie podrá jamás silenciarlo. Dios existe y no desiste. El que grita en la Cruz no es ajeno a los millones de hombres y mujeres heridos por lo políticamente correcto, no es indiferente a una Iglesia que ha preferido salvar antes la buena imagen de la Institución que la dignidad de las víctimas, no está lejos del silencio de los corderos que, en cualquier rincón, en cualquier país o en cualquier existencia se preguntan por el sin sentido de lo que viven.

El grito de Jesús adquiere este Viernes Santo categoría de mensaje universal. Porque el grito cuando nace de “personas de verdad” no es simple lamento sonoro, es ante todo profecía.

Marcos, el evangelista, lo deja claro al concluir su Evangelio: “El Centurión, al ver que había expirado de esa manera, dijo: Este hombre era verdaderamente Hijo de Dios y el velo del templo se rompió en dos”. En aquel mismo momento la resurrección iniciaba su camino.(artículo.reflexión publicado por J. Luis Guerra en el periódico de la Provincia 19 de abril 2019)

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