Bendita imperfección

Muchas veces la Cuaresma se nos ha presentado como una gincana para aspirantes a élites. Metas volantes que debíamos ir superando para alcanzar el pódium final reservado a los irreprochables delante de Dios y lograr así su palmarés. “Cambio, “coherencia”, “compromiso”, son algunas de las palabras que flanquean la carrera y que, en Cuaresma, vuelven a caracterizar el “spring” del creyente hacia la Pascua.

La vuelta a Dios del pecador ha estado enmarcada en la ascesis y en el esfuerzo para conseguir una perfección agradable a Dios. Pero esta dieta, basada en la voluntad personal del despojo y la superación de nuestros límites, choca de frente con lo que Jesús nos propone en el Evangelio.

Negar nuestros límites sólo nos conduce a la hipocresía, a una vida deshumanizada. También nuestros límites nos hacen ser hombres y mujeres. Existimos en tanto en cuanto somos imperfectos, en el tiempo y en el espacio, también en el amor, en la fe.

A la luz del evangelio, nuestras imperfecciones y nuestros límites son, en definitiva, nuestra única riqueza, porque nos posibilitan experimentar la salvación.

Dentro de nosotros no hay nada que merezca ser descartado, porque todo es espacio en que Dios nos visita y posibilidad para que la historia de la salvación se realice.

La santidad no consiste en hacer desaparecer todas las debilidades que llevamos dentro, porque eso sería negarnos a nosotros mismos y deshumanizarnos, sino en experimentar en la oscuridad de lo que somos, que Dios nos visita y nos hace sus hijos.

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