San Francisco de Sales y su lápiz.

 

 

 

Pio XI lo declaró patrono de los periodistas cristianos, y entre los elogios de los Papas de los últimos tiempos, me quedo con la definición que de él dio Pablo VI: “predicador, polemista, misionero, obispo, escritor, doctor, director espiritual, fundador del Monasterio de la Visitación, en una palabra, uno de los santos más brillantes por su ejemplo, por sus enseñanzas, sus gestos y palabras, su correspondencia y sus amistades”. Un hombre excepcional que no sólo encontramos entre el selecto grupo de santos doctores de la Iglesia, sino también en la lista de los mejores escritores de la literatura francesa.

Nunca dirigió un periódico, ni se sentó en una mesa de redacción, ni desempeñó jamás una corresponsalía. Y, sin embargo, su genio y su intuición le llevaron a ver en la pluma y en la hoja periódica un instrumento para llegar a todo aquel que por las circunstancias del momento, – la violencia provocada por las tensiones religiosas, el miedo y la pujanza de un calvinismo militante y excluyente – no podía alcanzar, con su palabra o su prédica. Escribía de día y distribuía las hojas por debajo de las puertas del vecindario, de noche. Creía en el valor de la pluma. Su constancia,   bondad y perfil de exquisito polemista, fueron haciendo el resto.

Cuando en todo el mundo se han levantado lápices revolucionarios que piden libertad contra la barbarie y la sinrazón, Francisco de Sales, noble, obispo de Ginebra, dulce y pacífico hasta el punto de que se llegó a pensar que carecía de vesícula biliar, se revela pionero de esta estrategia y sostiene la lucha civilizada contra cualquier fundamentalismo. Los lápices se rompen porque son peligrosos, pero se recompondrán. Es una carrera de fondo en la que cuenta resistir, porque la lucha contra la insensatez humana no tiene fecha de caducidad. viene de lejos y se alimenta como las olas, de la resaca. Una resaca que anida en el corazón del hombre y que el fundamentalismo religioso o laico carga con su peor combustible.

“Lo hemos comprobado – afirmaba el papa Francisco el pasado día 12 al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede – en numerosos acontecimientos diarios… Los otros ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. Y el ser humano libre se convierte en esclavo, ya sea de las modas, del poder, del dinero, incluso a veces de formas tergiversadas de religión”.

Matar en nombre de Dios es una locura. Y sin embargo cuantos crímenes cometidos en su nombre. Gritar: ”Dios  es grande,” mientras se dispara un kalashnikov contra cualquier otro que piensa de diferente manera, es aberrante. ¿Si Dios es verdaderamente grande, qué necesidad tiene de ser defendido con la fuerza, las bombas o el cuchillo? ¿Qué fe es esa que necesita la sangre y la violencia para reivindicarse?

“El fundamentalismo religioso, – continúa afirmando el papa en el mismo discurso – antes incluso de descartar seres humanos perpetrando horrendas masacres, rechaza a Dios, relegándolo a mero pretexto ideológico”.

Ninguna religión carece de antecedentes. Y la sangre derramada por extremistas y fundamentalistas en nombre de “su” dios es abundante. Por eso, es necesario estar alerta. El discurso del papa Ratzinger en Ratisbona, tan denostado por algunos en su momento, debe ser releído sin prejuicios. “No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios” dijo entonces el papa emérito.

“La libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más preciados del hombre,” escribieron en 1789 los redactores de la Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano. Hoy más que nunca este axioma nos parece innegociable. Y esto hay que defenderlo ., cuando nos afecta directamente o no, también con el lápiz, porque el lápiz, la creación de opinión, es revolucionaria. El lápiz pueden partirlo, pero como los espejos rotos se multiplica.

Francisco de Sales fue un maestro en eso de abrir brecha con el lápiz. En un contexto de exclusión, esa fue su arma. Su  paciencia y su dulzura, hicieron el resto. A su muerte más de 70.000 católicos que habían abjurado su fe, habían vuelto libremente a casa.

 

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