¿Qué futuro tiene el diálogo ecuménico?

¿A qué unidad aspiramos en el diálogo ecuménico? ¿Qué unidad buscamos entre los cristianos? Ciertamente una unidad que no va contra nadie y que no significa, ni debe significar, uniformidad. Se trata más bien de una “convivencia de las diferencias” en la que las Iglesias, verdaderamente hermanas, se reconocen unas a otras y se ponen a servir unas a otras.

Hoy por hoy, el ecumenismo, después de los años inmediatos al Vaticano II, está en crisis, a menudo reducido a un diálogo de formas y no de sustancia. Un diálogo que algunos definen como” diálogo de besugos”. Sin embargo es innegable que en algunos ámbitos – ámbitos científicos de los estudiosos de  la Biblia, ámbitos abiertos a las aportaciones del otro y al diálogo interreligioso que no pide  el carnet de identidad de los que trabajan al lado – el ecumenismo siempre es sentido como la forma normal de ser cristiano: sobre todo en un mundo globalizado como el nuestro y en una Europa caracterizada por una pertenencia líquida.

Como afirmaba Mata el Meskin, el gran monje copto desparecido hace algunos años, “cuánto más fieles seamos los cristianos al Evangelio, más fácilmente encontraremos la unidad y la comunión. La encontraremos en nuestro Señor, guiados por su Espíritu y en la práctica diaria del Evangelio”.

Podemos decir, parafraseando la bella expresión de la Constitución Conciliar Gaudium et Spes: “Unidos en lo esencial, libres en las cosas dudosas, diversos en las formas múltiples de expresión de un mismo Evangelio”.

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