Es Navidad ¿Por que ahora?

 

Estamos en Navidad, aunque ya hace tiempo que llegó a las áreas comerciales y también a nuestras calles. Llega, como siempre, cargada de ternura y – ¿Cómo no? – con su dosis de nostalgia.

En el imperio romano – ese mundo global que se estrenó hace ya miles de años – eran días de fiesta. En Roma, el solsticio de invierno propiciaba grandes celebraciones en el Campo Marzio, pero también se festejaba “la luz” en ámbitos tan diferentes como Alejandría o la India. La celebración del Dies Natalis Solis invicti (Día del nacimiento del Sol invicto) abría para todos posibilidades nuevas y la esperanza amanecía.

Nada que ver con esta sociedad urbana donde nacemos con la luz puesta y donde lo único que nos inquieta y cuestiona a cerca de la luz es el recibo a pagar por la energía consumida.

Jesús de Nazaret se identificó con la luz y las generaciones de los primeros siglos vieron en ese fenómeno cósmico, que nuestras abuelas nos advertían con la frase “Por Santa Lucía, menguan las noches, crecen los días”, un marco apropiado para situar el nacimiento de Aquel que conocerían también como “Sol de justicia”.

No sabemos cuando nació Jesús. Si lo celebramos en Diciembre es, porque el simbolismo del nuevo sol que nace y cabalga sobre la oscuridad, ofrece un marco apropiado para entender el destino de un recién nacido cuya misión será iluminar, dar sentido y vida a quienes se dejen seducir por El. Por tanto, no hay que buscar más razones que las teológicas o simbólicas, que a los creyentes ayudan a rastrear en todo lo humano, en todo lo que existe, una mediación para descubrir a Dios.

Cierto que con esa decisión el cristianismo sustituyó una fiesta previa y la cristianizó. Pero eso está en las entrañas del cristianismo. No inventa mediaciones, sino que le da nuevo contenido y plenitud a las que considera idóneas a la hora de encarnar, inculturar, el mensaje que anuncia. Es lo que hace Jesús, en persona, con la mismísima Eucaristía. No inventa signos nuevos, sino que a los signos rituales judíos de la Pascua – pan ázimo y cordero asado – le da un sentido nuevo, insertando en la historia su propia Pascua.

A partir del siglo IV, la Navidad de Jesús se convierte en una de esas pocas fiestas que han hecho cultura. De un extremo al otro del mundo, la tierra se ilumina y las ciudades compiten en exhibir cada año una iluminación más colorida o vanguardista. El árbol de Navidad es un elemento que emerge de esta cultura y el belén doméstico o público nos evoca esa ternura siempre necesaria que nos remite al niño que todos somos.

Es Navidad. El futuro y lo nuevo nos provocan en todo recién nacido. Es tiempo para dar a luz, para gestar lo mejor de nosotros, para “caminar como hijos de la luz,” como nos dijeron el día de nuestro bautismo. Son fiestas para alentar las brasas y avanzar, concentrados en lo inmediato, por caminos que nos lleven siempre a ser más humanos.

¡Feliz Navidad!. (publicado en Alameda 8, 2018)

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