Acercamiento a San Francisco

Mayo del 68, nos queda ya un poco lejos. Pero en aquellos días la Europa tradicional temblaba. En París, estudiantes y obreros se levantaban contra el sistema y recorrían las calles levantando adoquines y buscando ese mundo nuevo que nunca acaba de llegar. Fue el tiempo de los graffitis, pintadas y mensajes imaginativos. Uno de esos mensajes podíamos leerlo escrito a grandes trazos negros en un gran muro de la ciudad. Decía: ¡Viva Francisco de Asís, patrono de los anarquistas…!

 

No sé si el que realizó aquellos trazos y dejó aquel mensaje a cuantos podrían pasar por allí, era consciente de la rotundidad y el contenido de aquella frase…pero, qué duda cabe, que cuando Dios irrumpe en la vida de alguien todo lo pone patas arriba y los últimos los pone primeros…porque Dios siempre nos sorprende. Y nos sorprende, porque todo se revoluciona cuando la aventura humana, cuando nuestra vida, se convierte en una historia de amor. Francisco fue un revolucionario, por eso se atrevió a decir “no” frente al individualismo y el consumo que empezaba a instalarse en aquella sociedad.

 

Francisco vivió en el siglo XIII. Han pasado muchos años y, a pesar de todo, la época de Francisco, conserva algunos rasgos que coinciden con nuestra historia actual. En aquel entonces Europa experimentaba una gran confusión, era época de crecimiento y de cambios. Los papas y los emperadores pasaban y Oriente, una vez más, atraía con sus espejismos…Se daba un movimiento al revés, de lo que pasa hoy. En aquel entonces no eran los extranjeros los que invadían Europa, sino Europa la que invadía las tierras ajenas. Los motivos eran diferentes, pero la dinámica de aquella sociedad, marcada por la violencia, y con una inercia contraria a los movimientos migratorios actuales. Y esos movimientos, con frecuencia desorganizados, inspirados en motivaciones religiosas, también creaban problemas de desarraigo, de inseguridad y de violencia permanente. Las cruzadas partían al grito de ¡Por Cristo!, pero, aquellos pobres hombres, donde incluso llegó a contarse miles de niños, regresaron la mayoría de las veces cubiertos de sangre y con bajas innumerables. Los menos, con suerte, cargados con los despojos de Constantinopla.

En Italia, no existía la nación y las ciudades se destruían unas a otras buscando la hegemonía entre ellas. Asís. Era una ciudad pequeña, pero batalladora, una ciudad medieval con su fortaleza como una torre sobre el tablero italiano, donde el lujo y el orgullo se sentían como una bandera. Todavía hoy, podemos visualizar a aquel escenario porque Asís es una ciudad que ha resistido al tiempo y prácticamente permanece todavía hoy permanece en gran parte como entonces.

En esta ciudad unos jóvenes, turbulentos y soñadores, como siempre y como en todas partes, y su líder: el más encantador, el más parrandero y también el más rico, que no repara en gastos para organizar el placer, Francisco. Este joven ambicioso se lanza al laberinto de la vida como cualquiera de los jóvenes de hoy, al menos en sus ambiciones: quiere el mejor caballo, la armadura más envidiada. Los más finos y elegantes vestidos, la dignidad de caballero, el reconocimiento de señor, de gran partido…él lo quiere todo y quiere lo mejor. Pero alguien le espera oculto, sin armas, sin títulos, sin orgullo: Dios.

 

Entonces comienza la cacería espiritual, una especie de juego: lo que uno busca el otro lo da, aunque es necesario pedírselo. Francisco lo quiere todo, desea la edad dorada, el paraíso en la tierra… “¿por qué sólo en la tierra?” Pregunta Dios, y Francisco se interna de lleno en su gran aventura, una aventura diseñada por el mismo Dios a quien Francisco se confió y se entregó sin vuelta atrás, es conocida su expresión: “Mi Dios y mi todo”.

Es S. Francisco una de las figuras del álbum de la familia cristiana de la que más nos enorgullecemos. En su vida se hacen verificables muchos de los sueños que todos llevamos en nuestro corazón: 1º.- una relación amorosa y tierna con Dios, Padre y Madre de infinito amor; 2.- un amor simple a todas las cosas, experimentadas como hermanos y hermanas; 3.- una prudente reconciliación entre lo que sentimos en el corazón y las exigencias del pensamiento; 4.- una percepción calurosa de los distintos y distantes, hechos prójimos, y de los prójimos hechos hermanos; 5.- una aceptación desdramatizada, jovial, de lo que no podemos cambiar; 6.- una inocente libertad frente a lo que hoy llamamos políticamente correcto, lo oficial, lo establecido;7.- una alegre acogida de la vida e incluso de la muerte como amiga de la vida.

Francisco nace en el año 1112 y recibe como nombre el de Juan. Su padre, el francés, que vuelve posteriormente a su ciudad, le añade el sobre-nombre de Francisco con el que pasará a la historia, quizá sin darse cuenta de que, al añadirle ese nombre, estaba marcando con letras la personalidad de aquel niño: Francisco viene de “franco” que significa libre: recordemos los puertos francos o los pasos francos o lo que quiere decir franquear o una persona “franca”. Francisco hará honor a este apelativo y, si algo fue en su vida, fue un hombre totalmente libre, disponible al soplo del Espíritu que hará de él un GPS, un itinerario perfecto, para quien se quiera tomar en serio a Jesucristo y su Evangelio..

Francisco murió en Asís, en la pequeña iglesia de la porciúncula un sábado, tres de octubre: tenía cuarenta y cuatro años. Días antes, fiel a la llamada de la “hermana” pobreza” Francisco quiso predicar, una vez más con los signos y con los hechos: se hizo despojar de sus vestidos y colocar en el mismo suelo. Allí tomó un pan y él que no era sacerdote, como Cristo, bendijo el pan y lo repartió entre sus hermanos los frailes, luego le vistieron de nuevo un sayal. Así durante días se preparó para su encuentro con la hermana muerte invitando a sus hermanos a cantar el cántico de las criaturas que todos conocemos: “laudato sii, o mio Signore…alabado seas, mi Señor”.

 

Cuando llegó el día 3 de octubre pidió que de nuevo lo pusieran desnudo en la tierra y le leyeran el capítulo 15 de San Juan. Así, sobre las 7 de la tarde nació para siempre a lo definitivo y entró para siempre en Dios y en su todo. S. Francisco fue canonizado a los dos años de su muerte y su vida ha inundado la esfera humana. Su espíritu de bondad, de paz, de fraternidad, sigue resonando en nuestros días y, posiblemente, ha quedado en nuestro imaginario colectivo, recogida de forma excepcional en la conocida oración franciscana: “Haz de mi, Señor, un instrumento de tu paz…” Recémosla cada día y detengámonos en su contenido, es todo un programa de vida. Cada atardecer, antes de irnos a la cama repasémosla como quien repasa un mapa de ruta y tratemos de detectar los puntos negros, lo que vamos consiguiendo y los retos que se nos plantean para el día siguiente.

¡Que el Señor, por medio de San Francisco, nos conceda a todos los que nos ilusionemos con este proyecto, Paz y Bien!

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