El Oficio de tinieblas

Recuerdo, cuando era niño en el Seminario, el Oficio llamado de Tinieblas, que se desarrollaba en la Catedral durante la Semana Santa. El ambiente que se creaba en el entorno del recinto estaba en sintonía con la visión trágica de lo que irremisiblemente llegaba cada año por aquellos días previos a la luna llena de primavera. La muerte de Cristo lo llenaba todo y la resurrección sólo era un mural triunfalista que flotaba en la frente del ábside del altar mayor, pero al que, apenas, se le prestaba atención El climax de aquel ritual se alcanzaba cuando la voz plena y vibrante de D. José Quevedo recorría el alefato hebreo – Aleph, Beth…- desgranando las lamentaciones de Jeremías y llenando la Catedral de gemidos, mientras las voces atrompetadas de D. José Estupiñán y de D. Rafael aportaban, al conjunto, una brizna de comicidad. Las lecciones del primer nocturno, subían, se balanceaban, se apagaban y resurgían, apoyadas en los neumas gregorianos que nacían en las gargantas de los tres Beneficiados y se posaban en nuestros oídos. Todo el ambiente se oscurecía. Se oscurecía la voz de los salmistas, se agravaba el tono del presidente que – “voce grave” – debía recitar la oración conclusiva y se perdían en la nervatura, las arcadas y el cimborrio del recinto, envueltos en la confusión que iba invadiéndolo todo a medida que el sacristán, después de cada salmo, iba apagando uno a uno los quince cirios del candelabro triangular que ardía junto al altar mayor. El punto final lo ponía el golpe seco y polvoriento de los asientos de los canónigos, sacudidos con energía y hasta violencia en señal de rabia contenida y desolación.

La misma desolación y rabia que recorre las avenidas del mundo en una marcha globalizadora que pide, exige y trata de silenciar el ruido de los misiles con el “no” a la guerra… La que sale en los medios, frente a otras guerras no saben, no contestan. Mientras suben las bajas civiles y militares en ambos bandos de la contienda, las Bolsas suben, las grandes empresas se movilizan para la reconstrucción, la oposición dispara sus expectativas frente a las próximas elecciones y los generales de los aliados se jactan de haber lanzado sobre la última ciudad de Siria en manos de los “rebeldes” el bombardeo más preciso de todos los tiempos. Mientras unos y otros entierran a sus patriotas, millones de españoles sigue prestándole atención a la nadería de la nada, que trata de sobrevivir para poder hacerse con el botín prometido al que resista y los empresarios se movilizan frente al posible descenso del turismo o la incidencia que la locura de unos independentistas en el resto de la economía. Los grandes se dan la mano para conjurarse en la reconstrucción de lo que destruyen y en el sur de Etiopía, esquilmados por una guerra cíclica como la primavera, los cristianos y animistas, lentamente aniquilados por el norte musulmán, esperan inútilmente que les envíen algún misil con inteligencia que arregle definitivamente su hambre.

Es la hora de Nona, es hora del Oficio de Tinieblas…menos mal, que en el valle de Jertes, allá por Extremadura, los cerezos comienzan a despuntar, a pesar de la nieve y la lluvia; las retamas comienzan a desplegar, a pesar de las paletadas de odio que arañan el corazón de los ciudadanos, su mantel amarillo y en las montañas del Atlas, una ONG de Murcia ha cavado pozos para los doscientos habitantes del pueblo que tenían que recorrer, hasta el presente, varios kilómetros para abastecerse de agua. En su pequeño e improvisado discurso, el anciano del grupo sentencia, agradecido: “estas cosas son las que nos hacen grandes a los hombres y permiten vernos unos a otros como somos, hermanos…”
¿Será verdad?

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