Móviles en la Misa

Hace unas semanas, con un toque de sarcasmo, el Papa Francisco, ha ironizado sobre el hecho de los móviles en Misa. “El sacerdote, no dice – afirma el Papa – arriba los móviles y saquen la fotografía”. No. El sacerdote dice: “¡Arriba los corazones!”. Utilizar el móvil en la misa es algo que no va, sobre todo, cuando su uso, no sólo distrae al que lo manipula, sino al resto de la asamblea.

La Misa no es un espectáculo al que asistimos y que, movidos por una especie de furor heroico, queremos inmortalizar con la foto o el video. La Misa nos afecta directamente a todos, la celebramos todos, es el abrazo del Padre y el Hijo a través de la Palabra y los ritos de la acción litúrgica. Por tanto, las antenas que hemos de levantar son las del Espíritu, no las que capturan otras ondas.

En una celebración, la participación, se expresa en la escucha conjunta de la Palabra, en el canto, en los gestos y aclamaciones. No precisamente con el móvil que no forma parte de ese contexto…”Con el móvil siempre en la mano perdemos el gusto de lo que estamos haciendo”, añade Francisco. “Pensemos, por ejemplo, en un concierto que, en lugar de escucharlo y dejarnos conquistar por la música, nos ocupamos en grabarlo…”

El móvil deberíamos dejarlo en casa cuando vamos a Misa. Y, si lo llevamos con nosotros, hemos de llevarlo apagado. No basta ponerlo en silencio. ¿Por qué? Porque si el móvil permanece conectado, es como si en nuestra mente permaneciera un canal abierto que nos distrae el espíritu. Sentiremos siempre su vibración cuando alguien llama o sentiremos la curiosidad, tal vez, de sacarlo del bolsillo por si alguien ha llamado o nos ha enviado un mensaje. Y esto distrae el diálogo con Dios que se despliega en la liturgia. El encuentro con Dios merece toda nuestra atención y para “hablar con Dios o Dios con nosotros” no necesitamos el móvil.

El móvil puede ser un soporte para la plegaria, - de hecho, podemos bajar de Internet , entre otros formularios, la Liturgia de las Horas - pero no ha de usarse para el rezo comunitario, sobre todo, si en cualquier momento puede saltar una llamada o un sonido que nos distrae o introduce un elemento que distorsiona el espacio común. El silencio es de todos. Podemos usar el móvil para rezar individualmente, incluso para el rezo de la Liturgia de las Horas, pero no para el rezo común.

No sólo hemos de aprender a utilizar la técnica, también hemos de educarnos en el uso oportuno de esa técnica. A todos nos parece aberrante esa imagen, cada vez más habitual, de dos personas que, frente a frente, sentados en la mesa del restaurante, llenan la espera conectando con alguien que no está allí. Hemos suplantado la relación directa y cálidal con la relación virtual y llamamos “amigos” a aquellos que se acumulan en Facebook, mientras descuidamos al que está ahí, junto a nosotros.

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