25 años del Sínodo

¿Le importa a alguien el Sínodo del 92?

En la vorágine informativa que nos envuelve, hablar del Sínodo de la Iglesia diocesana de Canarias, posiblemente le importa a muy poca gente, incluida aquella gente cristiana que no conoció aquel acontecimiento. No debemos sufrir por ello. Estamos en un mundo donde la información de hoy muere a las pocas horas y la memoria, da la impresión que sólo amuebla el disco duro de los ordenadores.

Así y todo he de decir que aquel acontecimiento, del que se cumple en estos días una fecha emblemática, fue y sigue siendo importante para los que peregrinamos en estas islas como Iglesia de Jesucristo. Y, no tanto por cuanto se dijo y se soñó en aquella asamblea, cuanto por el estilo de Iglesia que se puso de manifiesto en aquel momento.

Aquí habría que decir aquello de MacLuhan, “el medio es el mensaje”, a lo que añaden los juristas “la forma es también la sustancia.” Aquella asamblea dialogante, ilusionada por encontrar respuesta a las preguntas de hoy, donde la escucha y el discernimiento eran tarea de todos, inició un itinerario sinodal que convirtió en mensaje su estilo. Porque ésta fue, a mi entender, aquella gran asamblea de cristianos de todos los colores y de todos los ámbitos. Hacer camino y hacerlo juntos, buscando la voluntad de Dios en cada momento, escuchando, observando, consultando frecuente y pacientemente al pueblo de Dios. Era ese estilo y forma de hacer Iglesia que llamamos “sinodalidad” y que se da o no se da. Y es desde ahí, desde donde debe realizarse cualquier evaluación. La famosa “receptio” de los teólogos, no es tanto una adhesión teórica a un proyecto, cuanto una forma de habitar la Iglesia.

Porque insisto, lo importante de aquel momento, no fueron tanto los documentos recogidos laboriosamente en un buen libro, en el que se plasman las expectativas y el proyecto a asumir, cuanto el camino recorrido hasta llegar allí y el camino que nos abrió a todos a partir de allí. ¿Hemos crecido en esa experiencia de corresponsabilidad? ¿Es lo mismo colaborar que ser corresponsables? ¿Verdaderamente hemos mantenido aquella caridad primera? ¿Esa iglesia dialogante, ilusionada, gozosa, unida, que avanza al paso de los más pequeños, es el rostro que emerge también hoy de cuánto hacemos? ¿Identificamos en la organización y estructuras en las que nos movemos cada día, esa casa con olor a lo sencillo, a lo cotidiano, donde incluso, podamos discutir con libertad, pero sólo para construir una mejor familia eclesial? Es ahí donde quiero concentrar el foco, mi foco: en el ahora y en el hoy que se visibilizó en aquel momento, en aquel estilo y forma de ser Iglesia por el que hemos de apostar, a tiempo y a destiempo.

“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido.” Es cuanto dijeron los apóstoles y responsables de la Iglesia de Jerusalén al clausurar el primer Concilio de la historia. “Nosotros”, así han de tomarse siempre las decisiones de la Iglesia. En este “nosotros” se entiende la dinámica imprescindible del ejercicio de la autoridad en el gobierno eclesial. La colegialidad, mejor, “la sinodalidad”, forma parte de la estructura constituyente de la Iglesia.

A los 25 años de aquel acontecimiento, en el que participé como testigo pivilegiado de la ilusión y el trabajo de los grupos de base en todas las islas, que recorrí para presentar e informar del camino andado y del que quedaba por andar; también desde mi tarea como miembro de la Mesa de presidencia, a la que llegaron todas las demandas y propuestas, quiero reiterar mi respuesta a la pregunta que hacía en el titular:

– “¿Le importa a alguien el Sínodo del 92?

– ¡Sí que importa! No tanto por la nostalgia que despierta o la doctrina, normas o constituciones, – muchas de las cuales, todavía hoy, permanecen en el banquillo o han quedado obsoletas – cuanto por el estilo de Iglesia que alimentó y la energía que pasó a circular por las venas de nuestra Iglesia local. Ese pasado es el futuro. José L. Guerra

(Promotor del Sínodo, La Provincia 7 de diciembre de 2017).

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