Villa Teresita

La primera vez que oí hablar de Villa Teresita fue a comienzos de los sesenta. En aquellos días, don Ramón Echevarría, un magnífico sacerdote vasco, impartía a los seminaristas mayores una semana de ejercicios. Semana que repitió al siguiente año, ya casi extenuado. Fueron días que marcaron la vida de aquellos que pronto saldríamos del seminario como nuevos curas. Hablaba, un día, don Ramón de la acción silenciosa de Dios y de la presencia oculta de la Iglesia en tantos lugares ignorados por la opinión publicitada y, recuerdo, cómo nos relató que junto a él en el avión, para sorpresa suya, ignorada por todos los viajeros, y también por él en un primer momento, viajaba una mujer con la que entró en conversación a lo largo del viaje. Era una mujer como el resto de pasajeras que no llamaba la atención por nada especial. Eso sí, maquillada, con el pelo escardado y con un golpe de lápiz de color rosa pálido en los labios. Venía a observar el campo de trabajo y la situación de las prostitutas en nuestra ciudad, porque pertenecía a una asociación religiosa que se interesaba por ellas en particular: Villa Teresita.

Años más tarde, en los setenta, tuve la suerte de conocerlas en la Isleta. Llegaron por aquellos días y se instalaron en el centro neurálgico de la prostitución de entonces, cuyo “ cardo máximo” era la calle Andamana. Una calle con mala reputación, tanta que los vecinos del barrio la evitaban, dando un rodeo a la hora de bajar o subir a sus domicilios. De cierto número para abajo, prácticamente no vivía nadie “decente,” así se advertía entonces - y, justamente allí, amanecieron para quedarse tres mujeres, últimas entre las últimas: Conchita, Irene y Merche. Más tarde vinieron otras. Tuve la oportunidad de saludar en varias ocasiones a Isabel Garbayo, la fundadora e iniciadora de esta institución. Una mujer cercana y maternal cien por cien, con gran sentido común. Una mujer para la que “sus chicas” eran siempre lo importante.

El 19 de marzo último se cumplieron 75 años del comienzo de esta andadura y, el próximo 18 de junio, la Institución nos invita a celebrarlo en la Eucaristía de las 11 de la mañana en la Parroquia de Ntra. Sra. del Carmen (Isleta).

De los 17 años que estuve en la Isleta, el florilegio de Villa Teresita, es como un libro que guardo en la memoria y al que recurro con frecuencia en los momentos de reajuste. Hoy se habla mucho de periferias y de olor a oveja y, eso, lo experimenté yo en aquellas mujeres decididas y sencillas, que se movían en aquel submundo como la cosa más normal. Ir a su casa era encontrar siempre una Betania acogedora, donde no faltaba, la prostituta que había llegado de París donde había hecho la temporada primera y ahora se instalaba en el barrio para atender a sus otros clientes. Casi siempre selectos, porque había grados en el oficio. Otras llegaban de lo más oscuro, algunas totalmente rotas sicológicamente, obsesionadas con el chulo que las explotó o decididas a cambiar, en su ingenuidad, un mundo que siempre les fue cruel y abusivo. Estas mujeres hablaban de “su trabajo” como si tal cosa. Se indignaban, si con ellas trabajaba alguna madre junto a su hija, o ésta era una menor de edad que ofrecía sus servicios. El viernes Santo era “no laboral” y conseguir que sus hijos ignoraran cómo se ganaban la vida era para ellas fundamental. Vivían en un gueto y muchas tenían su domicilio a kilómetros de distancia. Vivían clandestinamente su oficio, pero no siempre lograban en sus barrios de origen que no se desataran rumores y comentarios. Se movían con complejo fuera del barrio y Villa Teresita era para las que se acercaban, un punto de encuentro. Se desahogaban, comían a veces algo, se tomaban la tensión y se despedían, porque tenían que seguir “trabajando”.

Y allí estaban siempre ellas, las de Villa Teresita, y siguen estando. Pacientes, incansables, cariñosas, libres. Mujeres nada mojigatas, que entraban y salían en aquellos prostíbulos, como en casa de vecino, y sabían estar sin fingimiento donde no era fácil ni siquiera “pasar” por la calle, porque, o bien te solicitaban con descaro desde la puerta, o simplemente, si alguien conocido te veía pasar, ya se daba por hecho qué hacías allí. Por supuesto, nada bueno.

Hoy las cosas han cambiado muchísimo. La calle Andamana ya no es la calle Preciados de Madrid en los días de Rebajas. Los sábados y domingos a la tarde se llenaba a tope, sobre todo, de gente del campo o tripulantes de los barcos del cercano muelle. Ahora sólo quedan las prostitutas viejas que no supieron o no pudieron ahorrar y algún que otro travesti fuera del circuito. Sobreviven a duras penas. La prostitución ha cambiado de zona y la “pretty woman” se vende ahora en los anuncios por palabras o en las redes sociales. El trabajo, sin embargo sigue. Y las de Villa Teresita, todavía en el mismo domicilio, tratan de responder a las demandas del momento: acompañar y ayudar al que lo pide, al que lo necesita. Sobre todo a las mujeres en exclusión. Los recursos se inventan al paso de las nuevas demandas.

Se denominan “Auxiliares del Buen Pastor”. Todo un programa definido por el mismo Cristo: “sacar del aprisco, abrir las puertas, conocer por su propio nombre, caminar delante”…en definitiva, vivir con dignidad. Ahí permanecen. Un verbo difícil de conjugar en los tiempos que corren: permanecer. En un momento de reajuste de la Institución por falta de vocaciones, estuvieron a punto de cerrar, pero D. Ramón Echarren, el anterior obispo, les suplicó que no se fueran. Don Ramón, al que muchas veces acompañé a comer en aquella casa “el bacalao al ajoarriero” de Conchita. El mejor del mundo.

Allí siguen dándolo todo. Es hora de que muchas y muchos lo sepan, lo celebren. Y ¿por qué no? Se sumen a la propuesta de Isabel Garbayo. Es tan fácil como creer y querer. Merece la pena.

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