Sábado Santo, pausa de silencio.

Mañana es sábado santo. Un día extraño para los creyentes. No hay Eucaristía. Sólo se imparten aquellos sacramentos imprescindibles: la penitencia y el viático. El silencio lo invade todo y los periódicos en papel no llegan a los Quioscos. Posiblemente sea lo poco que queda a nivel social del “no día”, que es ese intervalo hueco entre el dolor del viernes santo y la alegría festiva de la resurrección.

Por no existir, apenas si contaba con algunas horas antes de la reforma de la Vigilia Pascual propuesta por Pio XII en 1951. Entre la impresionante losa del viernes y el gesto insignificante de encender el Cirio Pascual a las diez de la mañana, el reloj apenas había marcado unas horas. El sábado santo – ese peculiar after day – no contaba para nada en la Semana Santa y el duelo, ante la prueba inaceptable del Calvario, era arrollado por el triunfo apresurado de la Resurrección. Todo se vivía como un drama irremediable que era necesario acortar, porque al fin y al cabo, todos sabíamos cómo terminó la cosa. La Semana Santa era vivida de forma truculenta, pero con final feliz. Entonces, este día se llamaba “sábado de gloria”.

Recuerdo de niño, en Arucas mi pueblo, cómo contrastaba la mañana de aquel día con las procesiones de los días anteriores. Sobre todo cómo contrastaba la misa del Jueves Santo, la escenografía del Monumento, con la voluntariosa pretensión de los curas, dejados a su suerte, en dar vida a una ceremonia interminable que nadie entendía, el sábado por la mañana. El viernes, en las procesiones e incluso en el sermón de las siete palabras la gente llenaba la iglesia. El gentío, a las tres de la tarde, coincidiendo con la muerte de Cristo, que el predicador de las siete palabras marcaba con énfasis teatral, aguardaba expectante la traca. Las paredes temblaban y la cruz se convertía en el centro de un movimiento masivo que llevaba a todo el personal a hincar hasta tres veces la rodilla en el suelo antes de besar, en una fila interminable, el Crucifijo. Allí no faltaba nadie. Sin embargo en la mañana del sábado todo era huecos y ausencias. La gente esperaba en sus casas el repique de campanas y éstas llegaban puntuales, alegres, al canto del Gloria. La vida retomaba su ritmo de siempre, las películas volvían a las pantallas, los juegos de los niños a la plaza y la matraca con su ruido, seco y triste, cubierta ahora con una vieja lona, enmudecía en su duelo hasta el año siguiente.

El sábado santo era simplemente una pausa entre dos días. Pero, a pesar de todo, el sábado santo estaba allí.También está aquí y, a veces, es eterno. El sábado santo, Dios es sepultado… ¿no es esta la imagen de nuestro tiempo?

“El Viernes Santo – afirma Ratzinger en una profunda meditación sobre el sentido de este día – podemos, al menos, ver al Crucificado. Pero el Sábado Santo una losa pesada cubre el sepulcro nuevo, nos impide ver al difunto. Todo ha pasado y la fe parece definitivamente desenmascarada como ilusión…Sábado Santo, día de la sepultura de Dios… ¿No es, de forma impresionante, nuestro día? ¿Nuestro siglo no empieza a ser un gran sábado santo, día de la ausencia de Dios, ese día en el que hasta los discípulos de Jesús, llenos de vergüenza y decepción, se preparan a volver a sus casas? ¿No es el día de la incomprensible paradoja que confesamos los cristianos en el Credo con estas palabras: “descendió a los infiernos”?”.

“Siempre he pensado que la verdad del cristianismo – si existe – debe situarse en este intervalo de silencio que separa el Viernes Santo del domingo de Pascua. No en el momento de la pasión ni en el de la resurrección, sino justamente entre los dos, en la noche incierta de la tumba, cuando el día transita en la perplejidad de la prueba inaceptable del Calvario y el milagro impensable de la tumba vacía.”

Quien escribe este último párrafo, es Philippe Forest, “ateo en el más alto grade” como se define a sí mismo. Para muchos, el mejor novelista y ensayista en la reflexión sobre el duelo, la memoria y el olvido. En uno de sus últimos libros que, en francés, lleva el título, “Tous les enfants sauf un,” publicado a los diez años de la muerte de su hija Pauline, víctima de un cáncer de hueso a los cuatro años de edad, se pregunta: “¿Qué puede aportar a la fe la muerte de un niño?” Las páginas que Forest dedica a la religión y a los ritos en su pequeño ensayo, narran entre otras cosas, la crisis de fe de su padre, el abuelo de Pauline. Un hombre que había dedicado su vida a los demás, escrupulosamente fiel a la letra y al espíritu del cristianismo. A partir de aquella muerte inocente aquel hombre entró en un silencio sepulcral. Seguía yendo a la Iglesia, pero no cantaba, no rezaba en alta voz, sólo ocupaba un espacio entre los otros".

El sábado santo nos invita asomarnos a estos abismos que, frecuentemente, pretendemos esquivar. El sufrimiento de los inocentes, el mal instalado como sistema, más allá de nuestras responsabilidades, nos golpea con fuerza y ha sido y es motivo para que muchos vuelvan su espalda a Dios, devuelvan a Dios “el billete de entrada”, como afirma uno de los atormentados personajes de Dostoievski.

Silencio de Dios y silencio del hombre. Da que pensar que, en estos últimos tiempos, el arte, sobre todo el cine – recuerdo en especial a Scorsese con “Silencio” o la directora francesa Anne Fontaine con “Las inocentes”, dos películas inquietantes en sentido positivo - pone este tema en el centro del debate. Da qué pensar también que aquellos que se atreven a proponer el tema de la fe de forma nueva y original, son hombres y mujeres laicos, distantes de la fe o “diversamente creyentes” (como se define a sí mismo Scorsese). ¿Ausencia de profetismo? Profetas existen y el Papa es uno de ellos…pero, de verdad, ¿nos pasará a los cristianos de hoy lo que les pasó a aquellos discípulos, que mientras regresaban, decepcionados y tristes a su aldea de Emaús, no reparaban en Aquel que caminaba con ellos?

El sábado santo, es un tiempo para asomarnos al abismo, un día para transitar por el silencio…entre otras cosas, para tomarnos en serio el sufrimiento de los inocentes y, al mismo tiempo, no banalizar la esperanza.

(Artículo publicado en La Provincia 14/ 04/ 17)

Escrito por