Conversión ecológica

La ecología está de moda. Si hay una preocupación y una actitud que preocupa al hombre de hoy y globaliza los miedos y las grandes cuestiones que condicionan el desarrollo futuro, es, sin duda, todo aquello que tiene como objeto el ecosistema, el medio ambiente: el agua, el aire, las plantas, los animales, la ciudad, el pueblo...En definitiva, todo aquello que permite y posibilita la habitalidad del medio en que vive el hombre.

Los cambios climáticos de hace semanas que ha llevado la desolación y la muerte a varios paises de Cetro-Europa, la reunión en Sudáfrica de hace unos meses, la muerte masiva de cetáceos en nuestras playas, la sobre-explotación de nuestras costas y nuestras playas...ha puesto de rabiosa actualidad un tema que siempre está ahí, pero que suele almacenarse en el cuarto de los silencios, tan pronto pasa el temporal. Ciertamente los términos “ecología”, “ecologista”, “ecológico” “proteccionista, “ambientalista” son de hoy, pero la realidad que describen son tan antiguas como el hombre.

Ya en la carta que el jefe indio Seattle dirigió al presidente de Estados Unidos en 1885 se motivaban y se anticipaban, de alguna forma, estos conceptos:

“El hombre no ha tejido la red de la vida; es solo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará así mismo. Lo que ocurra a la tierra, ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.”

“Necesitamos convertirnos a la ecología” decía Juan Pablo II hace apenas un año. “No hay otra forma de evitar la catástrofe,” remataba el Papa con rotundidad. Según la postura que tomemos, así será la concepción y el uso que haremos de mundo y, consecuentemente, del hombre.

Hoy la naturaleza está encarnada en ese Cristo crucificado. Pobre, porque está siendo despojado del agua, del suelo, del aire, de las plantas... doliente, porque toda agresión genera dolor y daño; desnudo, porque de la forma más humillante está ofreciéndolo todo sin defenderse, sin pronunciar palabra.

Hoy hablamos mucho de desarrollo sostenible y no está mal, pero es importante preguntarnos qué entendemos por desarrollo El criterio estará siempre en situarnos respetuosamente en el lugar que por justicia y deber, nos corresponde, en el de hermanos, no el de “señores”.

Sin duda, en tiempos de Francisco de Así, el santo más ecologista de la historia, todas esto sonaría a locura. Sin embargo el Santo se adelantó 800 años a este espíritu que provoca , hoy día, tantas convulsiones. Estamos en peligro y esto no es alarmismo irresponsable: la masa forestal disminuye, el desierto avanza, los deshechos industriales han dañado y dañan severamente a la tierra, el uso de sustancias químicas mata cada día a parte de esta naturaleza, el desarrollo salvaje de la industria turística degrada el entorno... Hoy el legado de San Francisco puede ayudarnos a vivir con otro talante en nuestro planeta. Su herencia es enseñar a amar a todas las cosas: a las piedras, a los animales, a las personas. Su secreto es buscar vivir en armonía con el todo, del que sólo somos una parte.

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