La unidad rota

Cristo no nos encontrará unidos cuando vuelva, pero sí re-unidos”. Este chascarrillo discurre a menudo por los ámbitos clericales. Es una forma de lamentar o mostrar el desacuerdo por el exceso de reuniones y, al mismo tiempo, la dificultad real que supone el trabajo conjunto y la confluencia de criterios a la hora de asumir acuerdos o decidir. La unidad entre los cristianos es un bien a cuidar y no fácil de alcanzar. Sucede en todos los ámbitos, consensuar siempre es fatigoso y agónico. Especialmente cuando cada una de las partes cree estar en el lado justo.

Si hay un mapa revelador de esta realidad es la carta de las diferentes confesiones cristianas. Sólo limitándonos a los números de las principales iglesias cristianas, el panorama es desolador: de los 2.200 millones de cristianos (el 30%) en el mundo, cerca de 900 millones son protestantes y más de 260 millones son ortodoxos. Detrás de esas cifras hay una historia de desacuerdos, excomuniones, guerras, conflictos donde se mezclan el poder, la teología, la política y la ausencia de diálogo. Historias que, vistas a distancia, casi provocan risa, si no fuera por la sangre derramada y que están ahí como pruebas rotundas de la deriva que puede alcanzar la manipulación de lo sagrado. Desde la coincidencia de una fecha común para la Pascua, pasando por el “Filioque” o las 90 tesis de Lutero contra el negocio de las indulgencias, el cristianismo ha ido fracturándose no sólo en bandos diferentes sino, incluso, enemigos.

Hoy, las cosas van por otro camino. Y, aunque podamos discutir sobre la botella media llena o media vacía, es constatable, a todas luces, una vuelta atrás. Las discusiones y debates no han cesado, ni cesarán fácilmente. Hay grandes temas pendientes como la Eclesiología, la Eucaristía, los sacramentos o el Papado, que requieren una clarificación que facilite el tránsito desde lo que divide a lo que diferencia y esto es complejo. Incluso, el mismo término” Ecumenismo” con el que definimos este movimiento de confluencia hacia una sola Iglesia, requiere confrontación y acuerdo. El ecumenismo no puede reducirse a convencer al otro de que vuelva a la Iglesia verdadera que formamos “nosotros”, sino más bien un itinerario a recorrer donde se valore más aquello que nos une que lo que nos separa, dando opción, por qué no, a un futuro donde puedan existir, en un mismo plano de igualdad, diversas prácticas teológicas, pastorales y morales, donde una no excluya a la otra. En un hipotético futuro ecuménico quizá no debamos excluir una “diversidad reconciliada”.

En esta ruta de puentes tendidos y acercamiento afectivo y efectivo, el ecumenismo que, hoy por hoy, está dando los mejores resultados es el ecumenismo práctico: el ecumenismo de la oración compartida y de la acción conjunta a favor del hombre. Y junto a éste, el ecumenismo de la sangre que, por elevación, supera cualquier otro tipo de distinciones. Los mártires cristianos del momento – y son muchos – no mueren por ser coptos, católicos o calvinistas. Mueren porque unos y otros, más allá de cualquier diferencia confesional, creen en Cristo.

En esta semana de oración en favor de la unidad de los cristianos – del 18 al 25 de enero – se reza por esto en muchas iglesias diferentes, anglicanas o católicas, luteranas o calvinistas, ortodoxas o de cualquier otra expresión cristiana. Es una oración incluyente, universal y en los mismos textos oracionales ha intervenido este año el Consejo Mundial de las Iglesias.
“Sean uno, para que el mundo crea…” Este es el reto y esta es la consigna de Jesús en la oración del Cenáculo. Con frecuencia el mayor obstáculo para creer somos los mismos cristianos. Por ello, mientras llega esa unidad, nada impide el testimonio conjunto basado en la belleza y en el poder transformador de la fe en Jesucristo, especialmente sirviendo a los pobres y a los excluidos.

En este año 2017 en el que evocamos revoluciones políticas, sociales y religiosas – aniversarios de la revolución rusa o de la Reforma luterana – es un buen momento para seguir pasando del conflicto a la comunión, del eslogan “Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia,” a la vida. Lo contrario ya sabemos a dónde nos ha llevado. Un pasado violento no tiene por qué excluir un futuro luminoso.

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