De vigilancia las 24 horas

 

Los medios, las cosas, son neutras por naturaleza. La moralidad no la genera el objeto, el instrumento, sino el uso responsable o no que se hace de ellos. Emails, SMS, redes sociales, bitácoras, chats y toda esa jerga que define el mundo digital, “puede ser – afirmaba hace unas semanas el papa Francisco en el mensaje para las comunicaciones Sociales de este año – comunicación auténtica y humana. Pero no es la técnica la que determina la autenticidad o no de una comunicación, sino el corazón del hombre y su capacidad a la hora de usar bien o no los medios a su alcance”.

Cuando uno entra, sin embargo, en determinadas redes sociales, esa plaza pública parapetada casi siempre tras el anonimato, no puede menos que sentirse perdido e indefenso. El ámbito digital, lugar de encuentro y de discusión provechosa, se convierte, a menudo, en instrumento de linchamiento moral.

Alguna vez, por pura curiosidad, me he adentrado en ciertas webs y blogs que se autoproclaman católicos y he tenido la impresión de caer en un búnker acorazado, sin más finalidad que el ataque frente a todos los que no piensan como ellos. Parecen cortados por la misma tijera y se alimentan permanentemente de la antipatía que, en su opinión, el mundo alimenta contra ellos.

Por todo eso cuanto más antipáticos, sarcásticos, cuanto más golpean con las palabras, más católicos se sienten. Y esto parece experimentarlo con mayor contundencia cuando, frente a ellos, creen tener a otros católicos que no son de la misma cuerda o no interpretan la fe exactamente como ellos. Son defensores de la ortodoxia, de su ortodoxia, las 24 horas del día y sus burlas descalificadoras son absolutas, fanáticas. Es la reducción del cristianismo a idealismo religioso, a un sistema de dogmas y verdades previas a cualquier discusión. A un sistema cerrado, definitivo, narcicista. Verdades que se convierten en armas contra el que piensa de otra manera. Se creen “el resto de Yahveh”, la élite que sabe cómo funciona el mundo, los únicos que están en el lado justo. Abanderados del “catolicismo de verdad,” consideran al mundo y con él al mismo Papa, un abismo de perdición y un intruso, no un campo de mies o un profeta. En lugar de atraer resultan repelentes, pero ahí están, convencidos de que existen porque tienen enemigos.

“Internet es un don, un regalo, pero también una responsabilidad” – decía Francisco hace unas semanas en el mensaje citado anteriormente y subrayaba, de otra forma, en la tarde del pasado domingo 29 de mayo, en diálogo con 12 jóvenes youtubers, estrellas de las redes con cientos de miles de seguidores y, alguno hasta con millones de followers, - “… los otros existen, tienen rostro y una dignidad que ha de respetarse más allá de la visibilidad…el ámbito digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde es posible acariciar o herir…”

Hay usuarios que, tras la máscara de un nick u otro “alias” sin identificar, fustigan sin piedad y se erigen en jueces e intérpretes absolutos de todo y de todos. Hasta de las intenciones, contradiciendo aquello “de internis neque Ecclesia”. Cuando esto se hace en nombre del Evangelio resulta particularmente obsceno. Actúan exactamente en contra de la dinámica de Jesús que “atraía” a los pecadores y comía con ellos.

El mundo es el mundo y evidentemente es como es, no como a nosotros nos gustaría que fuera. Lo único que cambia es nuestra mirada sobre él. Lapidar al otro, también con la lengua - llega a decir el Papa Francisco - es ejercer de terrorista: lanza el bulo, la acusación insidiosa, deja caer medias verdades, deslegitima sin más al otro, porque le resulta fatigoso y arriesgado escucharlo, y se va dejando atrás la bomba explosiva que, a base de recorrer la red, se convierte en viral y siembra la sospecha. Los caminos de la blogosfera son imprevisibles.

“Hablar mal de los demás, decía Will Durant, es una forma poco honrada de alabarnos a nosotros mismos” y San Agustin, comentando un fragmento del evangelio, afirma: “Jesús, subió al cielo y envió al Espíritu Santo y no se mostró visiblemente después de su Resurrección a los que le habían crucificado, sino sólo se manifestó visiblemente a sus fieles discípulos, para que no creyeran que lo único que le importaba era dejar sin argumentos y aplastar a sus enemigos con la verdad. Para el Señor era más importante enseñar a sus amigos la humildad que desafiar a sus enemigos con la verdad”.

Pues eso: Para Jesús es más importante enseñar la humildad, proponer la humildad que aplastar al enemigo con la verdad. En estos tiempos en que tanto abundan los guerrilleros de la fe – laicos y clérigos de todo tipo – que parecen encontrar la razón de su vida en estar en contra del otro, sea “enemigo” o hermano en la fe, vendría bien repasar lo que este Padre de la Iglesia, posiblemente el más grande de Occidente, nos dejó escrito en su sermón 284.

De todas formas, habría que dejar claro que, hoy, la Iglesia y el mundo necesitan más testigos que apologetas. Si a estos guerrilleros de la fe, en servicio permanente, les hace sufrir escuchar la simple palabra “misericordia” o están cansados de los argentinismos y gestos del Papa, no les vendría mal cerrar de vez en cuando su tronera y rezar el Credo, porque “Dios existe, pero no son ellos”. (Publicado en La Provincia 26/06/16).

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