Aquella Navidad de entonces

Vengo de una Navidad sin abetos, sin luces centelleantes en las calles y sin Papá Noel. Como todos los nacidos en la posguerra de este país. “Mi querida España./ Esta España viva, /esta España muerta”, cantaba, años después Cecilia. Mucho después, sin duda, de aquellas cartillas de racionamiento y aquellos días grises que para los niños de entonces era lo normal. Sin embargo, a pesar de la tuberculosis, la difteria de los niños y la pandemia de la escasez, también llegaba la Navidad. Era la fiesta y todo se movía, de repente, al encuentro de aquel momento.
En Santa Lucía se plantaba el trigo y las lentejas en las cajitas donde venía la conserva de guayaba o de membrillo. Esas mismas cajas que servirían, días antes de la Nochebuena, para moldear el turrón casero. La actividad se acumulaba y las madres hacían sus reservas desde principios de mes. Encargaban los juguetes, la ropa y, donde se podía, algunos pasteles de carne a las Calderines.
En mi caso – vivía en Arucas – tuve que ir alguna vez a buscar la alcoba realizada minuciosamente por un carpintero amañado, para mi hermana. Una alcoba de muñecas, hecha a mano y que luego, según mi madre se llevaban los Reyes para traer la noche del cinco de Enero. Todo era ingenuo y creíble y así me lo tragaba. Y mira que me costó aceptar lo inevitable, pues cuando entre los chiquillos se corrió la voz de los verdaderos reyes, yo traté de revolver toda la casa, cuando mis padres no estaban, tratando de encontrar el cuerpo del delito escondido en algún lugar insospechado hasta la noche de Reyes, pero jamás lo encontré. Con lo cual la duda se me hacía existencial e insoluble.
Mientras, las gallinas de la cena escarbaban indiferentes a su suerte hasta el día 23, unas en los gallineros, otras entre las plataneras. Cuando llegaba el momento, mi madre sentenciaba: la canela, la jabada o la del cuello pelado, casi siempre la más vieja o la menos ponedera. Y los chiquillos tratábamos de cazarla, acorralándolas como podíamos. Trofeo en mano comenzaba el macabro ritual que a nosotros nos parecía un juego. Retorcido el cuello, siempre por un adulto, desangrada cabeza abajo, pasada por agua caliente y desplumada, iba a ser el centro de una comida única, solemne – en el sentido más literal: “solum annun”, solo una vez al año – que impregnaba a todo el barrio de Navidad. De cada casa salía el olor a sopa, como cada noche salía el rezo del rosario y todos los chiquillos nos hacíamos más dóciles.
Los intercambios culinarios se disparaban aquellos días en la vecindad. Había que llevar truchas de “calabaza boba” a la casa de al lado que, a su vez, enviaba truchas de batata amarilla o de conserva de membrillo. Todas elaboradas in situ. Era un ir y venir que, días después, se convertiría, en intercambio de halagos: “Las truchas te quedaron muy bien…qué ricas estaban…a mí, este año, no me quedaron tan buenas…Pues a mí me gustaron…etc”. Se repasaba todo el menú en el lavadero público y se cumplía perfectamente con el espíritu de la Navidad.
Porque la Navidad era eso: solidaridad, puesta en común, familia y comunión. No mucho más, pero sí todo eso. Y, por supuesto, lo obvio: el belén. La recogida de musgo, el corcho, los belenes de figuritas de barro, esas figuritas adquiridas poco a poco según los recursos disponibles. Muchas de ellas compradas a crédito, peseta a peseta, en la tienda de Agustinito. Los villancicos de la radio, la noche cercana de Reyes y el acondicionamiento del camino para que pasaran sin dificultad los camellos, iban alimentando el aura y todo se hacía más amable, más humano…Suficiente para aquellos tiempos.
La Misa de Nochebuena era insustituible y, la pena para mí entonces, consistía en no poder acudir a la representación que se hacía en la Iglesia de Cardones. Era, – en tiempos del “cura macho” como llamaban a D. José, – el acontecimiento del año. La Iglesia se hacía pequeña y la gente invadía pasillos, se subía a los bancos y convertían el espacio en un especie de festival de final de curso, donde se iba a ver a los niños transformados en pastores, declamar; a la chica representando a la virgen María, cuidar del niño sin pestañear y al niño, un recién nacido de verdad, dormir o berrear.
Nosotros, en familia, íbamos a la Iglesia parroquial de San Juan. Allí escuchábamos la Misa de Pastorella del Maestro Valle y veíamos, con gran sorpresa, a la Virgen del Rosario convertida en madre primeriza y a San José, sin niño, venido de no se sabe qué cuarto oscuro donde hibernaba todo el año, travestido de joven protector y afable. La vaca y el buey eran de tamaño natural, pero de ahí hacia afuera todos los componentes eran liliputienses.
El besapié del niño era interminable…nadie tenía prisa y las voces pegadizas del coro, con zambombas y panderos, dejaban en el personal ganas de seguir cantando largo tiempo.
Era una Navidad diferente, el centro era el Belén y el árbol de Navidad simplemente no existía, pues entonces se creía que era una costumbre malsana inventada por los “impíos luteranos” para sustituir lo importante, el nacimiento. Los Chinos sólo los habíamos visto en las huchas del Domund y, por ello, no podían ofertarnos, como ahora, los nacimientos en serie; la “Lucía” sueca todavía no había llegado a Maspalomas; las calles no derrochaban luz, porque ésta ni siquiera había llegado a muchos barrios cercanos y, por supuesto, los turrones, elaborados de infinitas materias, supremos o normalitos, duros o blandos, de marca blanca o con denominación de origen, no nos tentaban desde septiembre en las áreas comerciales, porque ni estaban, ni se les esperaban.
Estos son retazos de un pasado que sólo pueden ser idealizados por los ojos de un niño. Los tiempos eran crudos pero, en medio de la austeridad impuesta y la reconstrucción pendiente, los niños podíamos soñar y jugar. Era mérito de nuestros padres, aquellos padres que, en circunstancias nada fáciles, se propusieron preservar, contra viento y marea, lo que habían heredado. ¡Feliz Navidad!  (J.L.G. publicado en la revista del barrio Alameda)

*** Para conocer la Navidad y sus tradiciones en la isla, les remito a la obra de D. José Miguel Alzola, amigo y excelente persona, hijo de nuestro barrio: “La Navidad en Gran Canaria.” Puede ayudar a reconciliarnos con lo nuestro.

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