Los nombramientos que no llegaron


Siempre me ha llamado la atención esas imágenes de santos que con su mano derecha fijan en el aire un gesto de rechazo a una mitra abandonada a sus pies. Parece querer resistir al mismo diablo…Nunca lo entendí, o quizás sí. No lo entendía porque, si el episcopado es la plenitud del sacerdocio de Cristo, esas imágenes de gesto displicente no son precisamente una invitación a desearlo. Y eso que según San Pablo “el que desea ser obispo desea una buena cosa”. Entonces ¿qué? ¿Qué rechazan estos hombres? ¿Rechazan asemejarse más “ontológicamente” – ¡qué palabro! – a Cristo o rechazan el poder y el prestigio que aquello conlleva? Parece que más bien lo segundo, aunque siempre nos quedará la duda sobre su timidez o su miedo a exponerse. Nada, por supuesto, parecido a lo que vemos en estos días. En Roma – estudié allí – se decía que, si las mitras cayeran del cielo, nunca llegarían al suelo porque siempre encontrarían una cabeza dispuesta. En Roma hay obispos para todo y muchos hacen cola. Desde el punto de vista eclesiológico una aberración, pero por allí deambulan sin más iglesia que los compañeros de oficina o los miembros de su comisión. El episcopado se ha convertido en una forma de promoción. Siempre lo fue y estos santos son la evidencia de lo inadecuado de tales prebendas. El obispo, que es un servidor de su Iglesia, es el animador y pastor de su diócesis…los otros no se sabe bien qué pintan.


Todo esto viene a cuento de lo que ha pasado en estos días en el estado más pequeño del mundo, donde reside el Papa y la curia. La lucha de un trepa, como la persona que ha protagonizado este nuevo Vatileaks, no es inédita ni en la Iglesia, ni en otros ámbitos de poder. Pero duele de modo especial esta forma de actuar cuando prende y se desarrolla en el corazón de una Institución nacida para servir, no para servirse de ella. En ella, algunos que quizá no tienen claro lo que pueda esperarles en el más allá, tratan de sacar el máximo rendimiento personal a la menor ocasión que se les ofrece en el más acá.


Por supuesto, todo ha podido ser más complejo, pero según la acusación de su cómplice y lo que ha trascendido a los medios, ha sido una vendetta, fraguada a partir de los “nombramientos que no llegaron”: el nombramiento de obispo como su antecesor en el cargo o la de secretario del nuevo Ministerio de Finanzas, virtual número dos del cardenal australiano George Pell. En definitiva la búsqueda de reconocimiento y salir del anonimato que finalmente ha conseguido por caminos imprevistos.


Ciertamente, pensar que el Vaticano es un nido de víboras sobrevolado por cuervos, es injusto. Pero no se puede negar que el poder corrompe y no siempre esa Institución universal y eterna ha actuado de forma cristiana y modélica, convirtiéndose en ocasiones, en centro de intercambio de favores y relaciones clientelares.


El Papa Francisco está empeñado en reformarla. Nada nuevo: “Ecclesia semper reformanda”. Pero no le está resultando fácil, nunca ha sido fácil. De la ingenuidad de los primeros momentos en los que pudo parecer que bastaba una comisión de cardenales o la imposición de una austeridad mediática para poner en hora la monarquía más antigua del mundo, se ha pasado a la escenificación de las resistencias. Pero el Papa, consciente de las dificultades, se reafirma en su decisión de poner las cosas en su sitio. No se detiene, a pesar de los libros- escándalos o de las traiciones de algunos de sus colaboradores. Su determinación no es marginal o secundaria.


Veamos, si no, sus palabras al término del Angelus el pasado domingo. Son palabras que adquieren un relieve especial para la vida de la Iglesia, hoy y mañana. Palabras, claras y precisas. A diferencia de los miles de periodistas que han escrito en estos días sobre los libros publicados y sobre las dos personas arrestadas, Francisco, ha hablado de “documentos robados”, sin esconderse tras el eufemismo “sustraídos” y ha añadido: se trata de un “delito”, además de ser un “hecho deplorable.”
“Quiero decirles que, este triste hecho, no me desvía del trabajo de reforma que estamos llevando a cabo con mis colaboradores y con el apoyo de todos ustedes. Sí, con el apoyo de toda la Iglesia, porque la Iglesia se renueva con la oración y con la santidad cotidiana de cada bautizado. Por ello les doy las gracias y les pido continuar rezando por el Papa y por la Iglesia, sin dejarse perturbar, sino caminando hacia adelante con fe y esperanza”.


Estos cuervos, sin embargo no vuelan solos. Siempre encuentran cómplices astutos que tratan de salvar con sus revelaciones y su periodismo “de investigación” a la Iglesia. Los autores de los libros publicados a base de estos documentos robados que, por otra parte no destapan grandes secretos, repiten como un mantra que han querido salvar y defender al Papa, como si los que les oímos y les vemos visitar los platós para ser entrevistados fuéramos una manada de cretinos. Como si no se les notara demasiado que lo único que les importa es que sus libros se vendan. Nunca hablan de documentos “robados…sólo “sustraídos.”


Siempre esos “amigos”, que cuando nos apuñalan por la espalda, lo hacen porque nos quieren…esos amigos, de los que tiene que librarnos Dios, porque de nuestros enemigos ya nos cuidamos nosotros.
(Publicado en La Provincia el 19/XI/15).

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