las obras de misericordia

«Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo
sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un
modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada
ante el drama de la pobreza y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio,donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina». (Papa Francisco, Bula “Misericodiae vultus”).

Las obras de misericordia son un catálogo de acciones, o mejor, de sentimientos y actitudes, que hacen efectivo y concreto el mandamie del amor fraterno, distintivo de los cristianos.

En realidad no son catorce, sino tantas cuantas miserias encontremos
en el camino. En realidad no es una cuestión de hacer, sino de ser. No
basta con hacer obras de misericordia, hay que ser misericordioso
 
Las Obras de misericordia espirituales:

Enseñar al que no sabe

Hermosa obra a la que no cuesta demasiado aficionarnos. Y, de hecho lo
hacemos, cuando pretendemos dar lecciones a todo el mundo. A lo mejor
es preferible que nos dejemos enseñar. Esto también es obra de misericordia:
saber escuchar. Todos necesitamos aprender. Enseña al que no sabe.
Pero sin humillarle. Enséñale a gestionar su propia vida y por, supuesto
gratuitamente. De lo contrario no sería obra de misericordia.

Dar buen consejo al que lo necesita

Aconsejar, pero sin paternalismos. Dar consejo cuando te lo pida o lo
quiera o, de verdad, lo necesite. Dar un buen consejo, pero siempre que
tú también estés dispuesto a recibirlo. Un buen consejo, una palabra
oportuna en el momento oportuno, puede ahorrar muchos tropiezos y
salvar vidas.

Corregir al que yerra

Corregir puede ser una obra de misericordia, siempre que se realice
desde la humildad y el amor. Desde la humildad, reconociendo que también
nosotros nos equivocamos y desde el amor y la delicadeza, porque
no queremos herir al hermano sino ayudarle. No queramos sacar
la paja del ojo ajeno, sin reparar en la viga que llevamos en el nuestro.

Perdonar las injurias

Es lo más difícil. Somos propensos a la venganza y al resentimiento.
Nos cuesta perdonar, pero es la forma de ser cristianos y, al mismo tiempo, de ser perdonados. Porque es difícil lo pedimos a diario en el
Padrenuestro. Perdona y ama, como Dios nos ama y nos perdona. Y
perdónate también a ti mismo.

Consolar al que está triste

Acercarnos al otro con el “aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.
Son muchos los que sufren a nuestro lado, a veces por cosas
bien pequeñas. Un desahogo, una sonrisa, una palabra de aliento, pueden
bastar para sacarle de su pozo. Cuando nos ocupamos de la felicidad
del otro, Dios se ocupa de la nuestra.

Sufrir con paciencia las flaquezas del prójimo

No somos maravillosos como piensa el enamorado, tampoco somos el
infierno como piensa algún filósofo. No somos perfectos, pero estamos
en camino. La convivencia es fuente de alegría y enriquecimiento mutuo,
pero también es fatigosa y nos llama, a menudo, al vencimiento y al vaciamiento.
Llevar con paciencia las flaquezas del prójimo y, también las
nuestras, nos ayudará a crecer en el amor y en la misericordia. Por supuesto,
no olvidemos, que también se requiere un poco de humor.

Rogar a Dios por vivos y muertos

Rezar no es una rutina. Rezar es amar. Cuando rezas por alguien te solidarizas
con él, lo quieres como a ti mismo. No rezas para ablandar el
corazón de Dios, sino para agrandar el tuyo. Rezar por los demás es
llenar el corazón de nombres, de historias. Reza por los demás y sentirás
lo que es la comunión de los santos.

Las Obras de misericordia corporales:
 

Visitar y cuidar a los enfermos

No es una visita por cumplir. Debe expresar cercanía, com-pasión. Es
comunicación, ayuda, cuidado, ternura, consuelo, confianza. Hay muchas
clases de enfermedades y enfermos. No están sólo en los hospitales,
los hay también en casa, en el trabajo o en la calle. Todos tenemos
alguna dolencia. Por eso todos esperamos comprensión.

Dar de comer al hambriento

Hay que compartir el pan. Pero no basta. Hay que trabajar por una sociedad
más justa donde haya pan para todos. Pero no sería suficiente,
hay que hacerse pan para los demás. El pan es fraternidad, es vida. El
pan compartido es amor.

Dar de beber al sediento

Dar un vaso de agua es hermoso y “no quedará sin recompensa”. Pero
son muchos los que no tienen agua potable y muchos los que despilfarran
y contaminan el agua. Hay que trabajar, concienciarnos de que
un bien tan escaso hemos de cuidarlo. También hay otra sed que hemos
de detectar y que no es fácil de saciar, sin embargo podemos crear condiciones
para que el milagro sea posible. Es la sed de infinito, de plenitud, de sentido.

Dar posada al peregrino

Hoy no es fácil abrir la puerta de casa a todo el que toca en ella y cada
vez nos atrincheramos más. Son muchos los que llaman: refugiados,
emigrantes, mendigos, transeúntes…Toda una herida abierta en nuestra
sociedad que requiere no sólo respuestas personales sino también estructurales.
Todo el que se acerca acuciado por la necesidad es, sin embargo,
alguien que espera un minuto de atención, una respuesta.

Vestir al desnudo

Quizá, en nuestro entorno, no exista mucha gente que no tiene con qué
abrigarse. La mayoría está lejos. Sin embargo hay muchos que andan
desnudos de dignidad, de protección, de respeto. Son vestidos más necesarios
que la capa de San Martín. Lógicamente, si hay que vestir, no
se puede desnudar al que está vestido de sus derechos, sean los que
sean. Esto es de justicia.

Redimir al cautivo

La esclavitud existe, la de siempre y las nuevas esclavitudes de ahora.
No ha desaparecido, muchas veces, sólo se ha puesto en nómina. Por
supuesto que no está en nuestras manos liberar al que está en la cárcel,
pero si podemos trabajar para que no entre el que no debe y se recupere
el que está. La cárcel nunca puede ser una forma de venganza social.

Enterrar a los muertos

De esto ya se encargan las funerarias, aunque no debemos olvidar que
el cuerpo del difunto, su memoria, merece siempre un respeto. Ese
cuerpo es sacramento para el creyente y la memoria del que nos ha precedido
requiere una localización. Sea la que sea, no debemos banalizar
un acontecimiento clave y determinante como es la muerte. Un hecho
que siempre deja heridas en los que sobreviven. El silencio, la oración,
el estar junto al que hace duelo es una obra de misericordia y, por supuesto,
el respeto y la protección de la vida desde su inicio hasta el final.

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