Como pollos sin cabeza


Entrar en la Colegiata de San Isidro, en Madrid, es entrar en otro mundo. Un domingo de julio, mientras por la calle de Toledo y aledaños, el torrente de gente que invade el rastro bajaba hacia el Manzanares entre tenderetes de pantalones vaqueros y camisetas acrílicas, en la antigua Catedral de Madrid, junto a la tumba del cardenal Tarancón, una feligresía variopinta cumplía con el precepto dominical. Entre ellos estaba yo que, situado al lado derecho del presbiterio, me distraía, pecador que es uno, con las hileras de apóstoles y santos que descendían o, quizá subían, por las paredes del altar. Entre ellos, a media altura, advertí que uno lo hacía con la cabeza en la mano. No pude menos que preguntar, al finalizar la misa, su identidad: era San Lamberto de Zaragoza, que como buen maño, llevaba como trofeo su cabezón. Decapitado por su amo, se dobló sobre su cabeza que aún saltaba entre los surcos del campo, y cogiéndola en sus manos caminó con Santa Engracia hasta el cementerio de los Mártires donde quiso ser enterrado. Según dejó en evidencia su paisano Labordeta en Cantes de tierra adentro, “…los dos habían caído por querer la democracia”.


Sin embargo repasando el santoral, santos sin cabeza hay alguno más. El más famoso, San Dionisio, primer obispo de París y evangelizador de las Galias que habiendo sido decapitado con dos de sus discípulos, cogió lo que era suyo bajo el brazo y recorrió 6 kilómetros desde la isla de Francia. Acéfalo, atravesó Montmartre por la calle hoy conocida de los Mártires y allí le entregó su carga a una piadosa mujer para que la inhumara en el lugar en el que hoy se levanta la espléndida basílica que lleva su nombre. Justamente en estos días ha vuelto a su esplendor primero, después de una concienzuda y paciente restauración. Merece la pena visitar este segundo gran templo de París, panteón de reyes, que compite en belleza con Nôtre Dame.
Andar sin cabeza o con ella bajo el brazo, como hoy se lleva el casco de la moto, no debió de llamar demasiado la atención en aquel tiempo, pues cortar cabezas era, por lo visto, una forma eficaz de ahorrar gastos penitenciarios. Nosotros sin embargo, a Dios gracias, tenemos más dificultades. A pesar de la crueldad del Estado Islámico que, a menudo, hiere nuestra sensibilidad con imágenes no reproducibles, no nos hacemos a la idea. Sólo pensar que podríamos coincidir en el ascensor con un señor o señora con cabeza en bandolera, correríamos escalera arriba, aunque viviéramos en el piso 15. Sin embargo son muchos los que, hoy sí y mañana también, trastabillan como pollos sin cabeza por todas partes: en las redes sociales, en los ámbitos de poder o cuando una cámara les acaricia. Inmediatamente pierden la cabeza y comienzan a dar vueltas y vueltas sin medir lo que dicen o pesar sus movimientos.


Hasta el momento, San Dionisio y San Lamberto lo tenían claro y, a pesar de lo imposible – le cortaron la cabeza, pero nunca la perdieron – lograron lo que se habían propuesto: ser enterrados en tierra santa. Pero estos que actualmente zigzaguean y son incapaces de evadir los charcos del camino, perecen que no buscan más gloria que el relámpago del flash. Y ahí están provocando con su borrachera al personal: no se sienten españoles, pero alargan la mano para recibir los euros con los que todos los contribuyentes premian su provocación, se sienten más identificados con el de enfrente que con ellos mismos y, aunque saben que no tienen un cementerio de mártires al alcance, huyen hacia delante sin saber a dónde, buscando el minuto de gloria. Muchos les siguen dando vueltas sobre sí mismos y desorientados. Y la borrachera se alarga y no encuentran dónde hacer pie en esta modernidad sin certezas.


Hoy la palabra no vale nada y afirmar una cosa o la contraria no parece sorprender, porque todo lo posible es previsible. Y además dura poco. Lo que importa – dicen – no es ilustrar, convencer…lo que importa es seducir y toda emoción que puede traducirse en imagen o en relato mueve montañas. Me remito a los hechos de estas últimas semanas. El gran problema de los no nacionalistas frente a los independistas es que aquellos no tienen un relato o, si lo tienen, no han sabido contarlo como lo han hecho los otros. Frente a ello, nada vale, ni siquiera lo que pueda suceder a la intocable “pela”. Un obispo, en nombre de la fe, pide la unidad de España y otro, en nombre de esa misma fe, manda repicar las campanas el día de la liberación. Y así vamos, dando tumbos, como pollos sin cabeza…

¡Que San Dionisio, abogado contra la jaqueca, nos libere de tanto coñazo. Amén!

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