“Acuérdense de que ustedes también fueron inmigrantes…” (Ex 22,21)

El Mediterráneo, el “mare nostrum” se ha convertido en una de las mayores fosas comunes de la tierra. Miles de cadáveres yacen bajo sus aguas, jóvenes y mujeres, también niños que huyen del hambre y de la violencia. Buscan un nuevo “Dorado” que sitúan en Europa, pero, un día sí y otro también, las barcazas y mafias convierten sus viajes en huida hacia ningún sitio. Llevan años tratando de cruzar las dos orillas, muchos han recorrido miles de kilómetros y, sin embargo, cuando ya casi tenían el trofeo a un tiro de piedra, un golpe de mar, un mal cálculo en los contrapesos, la codicia de los traficantes o simplemente la inexperiencia, dan al trasto con todo. Ahí están y ahí siguen. De vez en cuando también se arriesgan a cruzar el atlántico y llegan a nuestras islas… los que llegan. Saben lo que quieren y, la mayoría busca el norte de Europa.

Actualmente el corredor de la esperanza ha cambiado de paisaje. Y una fila interminable de desheredados recorre las vías del tren que le llevan al corazón de Europa o desemboca en un campo de maizales húngaro. Pero Hungría ha sacado el puño de hierro y ha levantado un cerco de concertinas . Pero ellos caminan, siguen el rastro del que va delante y la fila se hace interminable buscando nuevas rutas. Cuando unos miles llegan como han podido a la estación de Munich, otros miles han engrosado ya ese desfile de polvo y sombras que sólo busca sobrevivir. Saben lo que dejan y sueñan con lo que esperan. No quieren mirar atrás, por ahora. No huyen de la justicia, huyen de la injusticia y no tienen opción…Levantar muros no servirá de nada, ellos seguirán caminando, no tienen otra salida.

Muchos de ellos son gente preparada, el futuro de países que se quedan sin futuro. Son jóvenes, en su mayoría, que escapan de la movilización militar y del caos. Vienen a Europa, como llegaron a través de los siglos otras civilizaciones y otras culturas. No traen en la mirada el odio y el resentimiento, solo el dolor. Son personas, no son un problema.
¿Cómo ayudarles? No es fácil dar una respuesta sencilla. El problema es complejo. Las soluciones se implican unas a otras y una respuesta a la ligera puede crear problemas peores. Esto crea impotencia y cuando nos sentimos impotentes no encontramos soluciones. No se trata sólo de dar comida y techo, la solución y la integración requiere respuestas conjuntas, financiación, aceptación social a la larga y, para eso, se requieren líderes, guías, capaces de sacarnos de esas trampas.
El Papa Francisco es uno de ellos. El pasado día 6, propuso a cada parroquia, comunidad religiosa, monasterio o santuario que acogiera, al menos, a una familia. Esta fue la invitación específica: “Que cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada santuario de Europa, hospede a una familia, empezando por mi diócesis de Roma. Me dirijo a mis hermanos obispos de Europa, verdaderos pastores para que en sus diócesis sostengan este mi llamado, recordando que misericordia es el segundo nombre del amor.”

Movidos por la onda expansiva de las intervenciones del Papa, las iglesias europeas se han puesto manos a la obra. Hasta ahora dos han sido los caminos recorridos: Uno, el de la intervención, nada fácil, en el debate público sobre la acogida a los refugiados, el respeto a los derechos humanos y la ayuda a los más pobres; el otro, el de la disponibilidad práctica, operativa, de las estructuras eclesiales para miles de refugiados, asegurando, incluso en algunos casos, la asistencia en los pasos fronterizos.

Europa se moviliza, pero no toda. La cohesión es fundamental, pero, una vez más, esta Europa nuestra, es cualquier cosa menos “Unión”. La República Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría, que ha cerrado el paso en su frontera con Serbia, se oponen a cualquier cuota obligatoria impuesta por Bruselas. Y Alemania, rompiendo todo estereotipo, trata de convertirse en el motor de esa solidaridad europea que por el momento aguanta un desequilibrio evidente: más del 75% de demandas de asilo se realizan a Alemania, Suecia, Francia, Italia y Reino Unido.
“El hecho de que algunos países europeos se desentiendan de sus responsabilidades, es inaceptable” deploraba esta misma semana la Comisión Episcopal Europea, y añadía: “¿Cómo es posible que para salvar la crisis económica se tuvieran reuniones extraordinarias noche y día y para salvar el futuro de tantos hombres y mujeres no se haga lo mismo?…La solución de la crisis de los refugiados es una cuestión que toca directamente a los valores y al futuro de Europa”.

Por supuesto, nada de cuanto se le ha venido encima a Europa deja impune a los Organismos Internacionales, a los gobiernos que, en su momento, desestabilizaron a estos países y a esos ricos del Golfo Pérsico que han cerrado a cal y canto las puertas a sus hermanos. ¿Hermanos? Dubai, Qatar, Emiratos Arabes, Arabia Saudí, Irán… ¿Dónde están? ¿Hay algún dios que necesite tanto dolor? ¿Quién financia, arma y abastece la máquina que desata tanto delirio?

El debate está abierto, aunque en este momento sobran las chácharas. La actuación cohesionada de la Unión Europea es imprescindible, la colaboración de los ciudadanos emocionante, pero los gobiernos tienen que mojarse.

(Publicado en “La Provincia” el 21 de septiembre de 2015)

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