La Iglesia en Canarias

¿Existe una Iglesia en Canarias? Es evidente que sí. ¿Existe una Iglesia canaria? Obviamente no. Si por algo se define a la Iglesia es por su universalidad, su apertura. En definitiva, su catolicidad. Pero, dicho esto, no queda todo resuelto. La Iglesia se encarna en unos hombres y mujeres con identidad propia, en unas coordenadas sociales y geográficas concretas que diferencian a una colectividad de otra y, por tanto, la hacen diferente y única. Cada iglesia local tiene vida propia y consecuentemente un ritmo y una cultura identitaria. Dios es el mismo en todo, pero ese Dios se ha encarnado en un momento de la historia y en una porción de mundo fácilmente identificable.


Más allá de las reivindicaciones de algunos movimientos con sello indigenista hay vida y hay mucho camino por recorrer. Es de agradecer la buena voluntad de algunos con su rosario de demandas: exaltación de algún santo canario, fuera “pendones” y liturgias exaltadoras de la conquista, obispos con ADN canario, provincia eclesiástica propia, erradicación de peinetas y cualquier otro elemento importado en procesiones y cofradías a expensas de lo típicamente nuestro, pintaderas en las vestiduras litúrgicas y otras cosas por el estilo más cercanas al folklore que a la teología. No hay mucho más. Peticiones, por otra parte, que sin dejar de ser justas, no son determinantes. Mucho menos imposibles de alcanzar. Si hasta este momento, por ejemplo, no hay un obispo canario en esta diócesis, no es porque esta iglesia local carezca de candidatos idóneos, sino porque los obispos que la han presidido jamás se han preocupado de esta cuestión. En Tenerife donde el obispo anterior trabajó su relevo no hubo problema alguno. Pero eso, ¿Ha cambiado en algo el eterno problema de las islas? Dos iglesias que han progresado en cercanía y en encuentros, pero que siguen de espaldas o, al menos caminando en paralelo, a la hora de dar respuesta a una realidad común que se caracteriza, en estos momentos por llevar el farolillo rojo del paro o por una juventud sin perspectivas laborales que, según las encuestas, rompe todos los gráficos asumibles.
¿Hay una pastoral coincidente, se plantea un programa común, hay alguna prioridad conjunta, es posible una distribución de recursos? Con frecuencia, se repite a nivel eclesial lo que se constata a nivel político y social: Dos comunidades en una comunidad. Dos partes de un todo para las que lo decisivo es quien hace de cabeza de león.


No es fácil compartir programas, priorizar acciones, medir recursos y evaluar posibilidades, pero es imprescindible. Lo que es común, a todos afecta. El fracaso escolar de miles de adolescentes, las familias desarticuladas, el envejecimiento del clero y de los agentes, la desconexión entre los puntos generadores de cultura y la pastoral y un largo etc. que afecta a una misma comunidad donde peregrinan dos iglesias locales, deben conducir a unir esfuerzos y desatar respuestas. ¿Cómo evangelizar a este hombre concreto que vive aquí y ahora? Como decía hace poco el Papa Francisco, “se trata de optar entre seguir manteniendo lo que queda, mantener los logros, o salir a la búsqueda de los que se han ido o no quieren entrar”. Como se dice en el argot eclesiástico: Elegir entre una pastoral de mantenimiento o una pastoral en salida.


Cuando en 1975 se inauguró la Asamblea Diocesana, después del Estudio Socio Pastoral en el que se implicaron miles de personas, la Iglesia canaria lanzó un “tour de force” al mismo gobierno que terminó por suspenderla. Aquello, sin embargo, removió en profundidad las aguas tranquilas de una sociedad que buscaba entonces nuevos caminos y disparó la ilusión en los agentes pastorales del momento. Aquella ola no cogió a la Iglesia en el varadero.


Después de la abortada Asamblea Diocesana, llegó el Sínodo promovido por el Obispo Echarren y de allí surgieron nuevos planes pastorales, nuevas iniciativas conjuntas entre las dos diócesis con la finalidad de coordinar una pastoral para todo el Archipiélago. Pero hay que constatar que ha habido más ambición que valor y el desequilibrio a la hora de contabilizar las iniciativas es evidente.
Vivimos tiempos recios y, a la escasez y envejecimiento de los recursos humanos, se suman retos desconocidos, cansancio y desconcierto ante lo que habría que hacer. Los últimos años han sido difíciles para todos. Este obispo ha sido el que más curas ha enterrado en el breve tiempo que lleva entre nosotros y el horizonte es preocupante. Los números lo dicen todo: 298 parroquias en la diócesis, 159 curas, de los cuales 84 son mayores de 65 años.


La Asamblea Diocesana del pasado abril, pretende sacudir la modorra que nos amenaza. Pero no es fácil. El cansancio se extiende y el cuerpo ya no está para muchos trajines. Se nota en las mismas propuestas aprobadas en esa Asamblea. Casi todas ya vistas, revistas y algunas, auténticos brindis al sol. Así y todo hay un cuerpo de seglares, que responde, acoge y se pone en camino cuando lo llaman. Lo malo es que a veces no se sabe a qué o son tales las condiciones que muchos se desaniman antes de entrar en el campo.


Urge una pastoral del ánimo. Ciertamente hay muchos a los que les basta con permanecer. Y posiblemente sea bastante en una coyuntura tan líquida como la actual, pero es importante valorar lo que se hace. Y se hace mucho. Por ello es necesario celebrar la memoria con el pueblo y, más aún, con el presbiterio, incluso cuando hayamos sido convocados para despedir al último de los curas que acaba de morir. Hay que celebrar lo vivido, pero sin olvidar que seguir multiplicándonos para llegar a lo imposible no es quizá la respuesta más adecuada.


Es hora de bajar del balcón a la calle y arriesgar, retomar las grandes intuiciones del Sínodo: Una Iglesia de comunión, ministerial; instaurar el diaconado permanente, aprobado desde el año 2003 y aparcado sin demasiados argumentos; poner en marcha una pastoral en la que los laicos asuman responsabilidades de verdad – de comunión, afirma Francisco, no “pilotadas” – y donde el clero se reestructure en función de su número, edad, posibilidades, prioridades; conectar con los centros donde se genera la cultura; priorizar la opción por los pobres en todas sus dimensiones, también en la profética, y definir con propuestas asequibles y creativas nuestra apuesta por el Evangelio. Conscientes siempre, y más ahora, que somos una voz entre otras voces.


La Iglesia es parte integrante de la placenta en la que ha madurado nuestra identidad. Una canariedad hecha de mezclas culturales, de historias no siempre gloriosas y de una geografía única. Siempre abierta a las otras orillas del mar. De vocación transmarina. Como esos santos de la cantera que han subido al santoral y dieron sus mejores frutos en otras tierras. Hoy es fiesta. Cuidar nuestra identidad enriquece al conjunto, celebrarla la fortalece.

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