Dios, un muerto con muy buena salud

Hace más de un siglo que Nietzsche anunciaba la muerte de Dios. Lo hacía con tal convicción que se lo creía y a la larga se convirtió en una verdad, o casi. Luego Dios ha resucitado y hoy moviliza más que nunca a millones de personas. En su nombre se realizan lo más sublime y lo más abyecto. Y ahí está como centro que focaliza la teoría del todo y divide a la humanidad en creyentes y ateos. Una vieja historia que cuenta entre sus filas grandes hombres y mujeres, dos mundos aparentemente opuestos.
Hace mucho tiempo que llegó a la tierra y es probable que se le apareciera al primer humano cuando sostenido sobre sus dos patas miró a las estrellas. Hasta hace poco se le tenía por un cadáver y las religiones eran vistas como especies en extinción. Se le creía una ilusión y las religiones eran supersticiones indignas de un espíritu fuerte. Creer en Dios era un descrédito. Hoy sin embargo se construyen mezquitas en su nombre, crece el número de bautizados en el mundo, se acumulan los films sobre Dios en el cine y en la TV, y le cantan en rap o en rock. Por supuesto, no podía estar ausente de las redes y Dios.com se ha convertido en el cibertemplo a la moda. La Biblia o el Corán, las oraciones, los debates o propuestas catequéticas pululan por doquier y teólogos, historiadores, psicoanalistas y sociólogos se adentran en la cuestión tras un simple clic. También se mata y destruye en su nombre.
Es cierto que tras esta aventura de Dios, no todos buscan lo mismo y más bien habría que decir que en ese gran supermercado de creencias, cada cual elige lo que quiere. Frente a los que prefieren al Dios de las grandes religiones, están los que eligen y se mueven en esa especie de sentimiento oceánico que evocaba en los años 20 el escritor Romain Rolland: “el hecho simple y directo de la sensación de lo eterno.” Esa espiritualidad difusa, sin credos ni libros, con rituales a la carta, que, al menos, les hace experimentar que sus vidas tienen algún sentido.
Ciertamente nadie puede probar la existencia de Dios, tampoco su no existencia y, por eso, la fe es siempre algo gratuito, pero no absurdo. Dios ha vuelto y los científicos se interesan de nuevo por El, pero el rastreo tiene lugar en campos diferentes. A la ciencia le apasiona de nuevo la pregunta de Leibniz: “¿Por qué hay algo en lugar de nada?” y la fe se mueve en el mundo más experiencial y abierto que quiere encontrarle un sentido a ese algo que hay. ¿Para qué?
La fe, al menos la fe cristiana, hace emerger un mundo de testigos que verifican en sus vidas lo que confiesan con sus palabras. Testimonian, contagian, seducen y dan significado, dirección, a cualquier individuo que se acerca a ellos. Un camino, el del creyente, no siempre fácil. En él cabe la duda, la pregunta y el salto del misticismo a la crisis, porque requiere el GPS de la razón, aunque con frecuencia el corazón tiene razones que la razón desconoce. El hombre no es sólo una máquina que fabrica dioses, es también un laboratorio que hace preguntas y coteja pruebas para llegar a esa verdad que parece alejarse cuanto más nos acercamos a ella. Por todo ello es necesario optar, hay razones a favor y en contra.
En la historia del cristianismo, quizás, sea Pascal uno de esos buscadores agónicos, que en sus “Pensamientos”, nos dejó reflejados este desgarre humano que zanjó con su conocida propuesta: “Es necesario, de una vez por todas, decidir si Dios existe o no y luego atenernos a sus consecuencias.”
Estamos en pleno Triduo Pascual. El Dios de los cristianos a la cabeza de los batallones de Dios, con más de dos mil millones de fieles, parece sometido a una tectónica de placas desconocida hasta el momento: retrocede en Europa y avanza en África, Asia y América del Sur. Pero esto no cambia nada. No es cuestión de números ni de nuevos mercados. Lo que está en juego, sea donde sea, es nuestra coherencia. Mientras cada día se desarrolla más y más el ámbito de los conocimientos, queda libre e inalcanzable, el dominio de la fe. Ahí tenemos la posibilidad de experimentar nuestra propia verdad sin miedo a que los hechos la nieguen, porque no se trata tanto de explicar lo que esperamos o de discutir la primacía de los valores cristianos cuanto de ser testigos de una persona que creemos viva y actuante en nosotros y en el mundo.
Dios vuelve, porque este es su destino: resucitar. Le han matado muchas veces, nosotros mismos en tantísimas ocasiones, su silencio ha llegado incluso a desconcertarnos y hacernos dudar…pero ahí está. Ha recorrido el mundo entero y todas las culturas. Desde Mesopotamia a la India, desde Grecia al mundo romano. Su rostro adquiere perfiles que van desde la cara de animales de genealogías imposibles a la belleza radiante del mundo clásico. Con el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam ha reinado miles de años como soberano absoluto hasta que con Diderot, Darwin, K. Marx y Nietzsche ha sido objeto de una formidable ofensiva que ha llegado hasta hoy en la ola de un ateísmo militante con pretensiones de nuevo credo. Un ateísmo que cree controlarlo todo y quiere controlarlo todo, hasta que un terrible accidente de aviación nos hace preguntarnos por la fragilidad de nuestra vida. Un accidente donde en medio de los gritos y el terror solo es reconocible hasta el momento una frase pronunciada en varios idiomas: “¡Dios mío!”

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