La esclavitud existe

El peor peligro ante la esclavitud es pensar que es cosa del pasado. De hecho hay un dato sorprendente: actualmente se calcula que el número de esclavos en el mundo asciende a unos 18 millones de personas. La cifra más elevada que se haya dado en toda nuestra historia. Su negocio alcanza la no despreciable cifra de 35.000 millones de dólares anuales y su tráfico genera unos 27 millones de puestos de trabajo según Naciones Unidas. Recordemos que no fue hasta 2007 que Mauritania, – sí, ese país que tenemos casi enfrente y una de las grandes bolsas de esclavos, – abolió de iure, no de hecho, la esclavitud.
Hace tan sólo unas semanas Amnistía Internacional denunciaba que “las autoridades mauritanas deben dejar de acosar, amenazar y sancionar a las personas que luchan contra la esclavitud” y la revista “Mundo Negro” se hacía eco de la detención en Rosso, al sur del país, del líder del movimiento autóctono en favor del Abolicionismo.
Es el rostro puro y duro de este crimen de “lesa humanidad,” como le llama el papa en su mensaje con ocasión de la 48 jornada mundial de la paz, a celebrar el próximo 1 de enero bajo el lema “No esclavos, sino hermanos”. Y es la historia que evocaba, hace apenas un año, el trabajo bien hecho y la interpretación espléndida de primeras figuras y secundarios en “12 de años de esclavitud”. Una película que pudimos ver en las pantallas de los cines de nuestro país, con escenas de gran crudeza y violencia, que pretendían hacernos sentir, hasta decir “¡basta!,” vergüenza por la degradación moral a la que llega el hombre cuando olvida aquello de Machado: “ Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.
A pesar de todo, el mundo ha evolucionado y la conciencia de la humanidad ha llevado a la abolición formal de esta lacra en todas las legislaciones, pero la esclavitud no ha desaparecido. Se manifiesta en mil rostros diferentes que no podemos obviar. El Papa enumera algunos: “millones de personas (niños, hombres, mujeres de todas las edades) privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud”. Son los mártires del trabajo-esclavo: los migrantes privados de su libertad y de sus bienes, que sufren abusos físicos, detenidos inhumanamente y chantajeados por los jefes, que condicionan la legalidad de su estancia en determinado país al contrato de trabajo; los esclavos sexuales, en particular las mujeres obligadas a prostituirse o vendidas para matrimonios; los menores y adultos, víctimas del tráfico de órganos o enrolados como soldados, para la mendicidad, para las actividades ilegales como la producción y venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.

Si la realidad es poliédrica, también sus causas son muchas y complejas. Entre éstas el papa Francisco enumera como las más profundas: “el pecado, que corrompe el corazón humano” y “el rechazo de la humanidad del otro” que lleva a considerar al ser humano como objeto, como un medio, “no un fin”. A todo ello hay que sumar – afirma el documento – la pobreza, la falta de acceso a la educación, las oportunidades de trabajo inexistentes, las redes criminales que administran el tráfico de seres humanos y que usan también las tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo, los conflictos armados, la violencia, la criminalidad, el terrorismo. Sin olvidar, añade el Papa, la corrupción, que pasa a través de miembros de las fuerzas del orden, de integrantes del Estado y de las Instituciones civiles y militares. Un trágico reality que emerge irremediable cada vez que en el centro de cualquier sistema económico no se pone a la persona sino al dios dinero.
En su mensaje, el papa Bergolio no sólo denuncia la situación que a menudo se desarrolla “en la indiferencia general”, sino que pide un mayor compromiso contra estas nuevas caras de la opresión estandarizada. Y no sólo eso, Francisco cita ejemplos positivos de implicación y de lucha. Entre esos ejemplos, el protagonismo de muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, que con su trabajo silencioso tratan de romper las cadenas invisibles que mantienen “vinculados a víctimas y explotadores”… “Con valentía, paciencia y perseverancia, estas congregaciones ayudan a las víctimas de tres maneras: socorriéndolas, rehabilitándolas psicológicamente y reintegrándolas a la sociedad.”
El problema, de alcance internacional y global, exige un triple compromiso a nivel institucional: prevención, atención a las víctimas y persecución judicial contra los responsables. En esta lucha debemos enrolarnos todos, pero de modo especial, las mujeres para que se reconozca su papel social; las empresas, para que garanticen a sus trabajadores un salario digno y cadenas de distribución libres de tráfico; las organizaciones intergubernamentales para que cooperen en la lucha contra las redes transnacionales del crimen organizado y los consumidores para que sean conscientes de que “comprar es siempre un acto moral, además de económico”.
La esclavitud existe. Sigue siendo un estado de vida, no es sólo una terrible herida del pasado. La evolución de la conciencia humana ha borrado el término de los códigos civiles, pero “la esclavitud” no ha desaparecido, sólo ha sido puesta en nómina.

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