Consolad a mi pueblo (Is. 40,1)

Pedro no es un pobre cualquiera. Es violento, agresivo y permanentemente monta el lío. No verle en la puerta es un alivio. Sabes que no habrá acoso y que, por hoy, el clima de la Eucaristía no se verá interrumpido por sus respuestas estentóreas o sus pretensiones desafiantes a la hora de la comunión. Sin embargo Pedro tiene una historia. Es un sintecho de los que pasarían por ejecutivos si se pusieran chaqueta y corbata, pero en estos últimos años las enfermedades se le acumulan y le han dejado una mirada inquietante, torva en sus momentos bajos, que son los más frecuentes.
Se despierta cada mañana en un cajero cercano a la playa, se sacude el terno, posiblemente de algún difunto con su misma talla que viste desde hace pocos días y sale raudo hacia la Catedral. Intenta que no se le escape la clientela de la misa de 8,30 pero ésta huye, acelera el paso cuando lo ve y se pierde. El comienza, entonces, su peculiar peregrinación por las puertas de las iglesias y las terrazas del entorno donde aún no le han prohibido acercarse a las mesas. Su táctica siempre es la misma: comienza sumiso, suplicante, educado, hasta que considera que su gesto humilde no es correspondido y entonces pierde el “oremus”. Amenaza, grita y se toma su revancha tirando sus latas de cerveza en algún portal o arañando el coche que ha identificado. Pedro no es un hombre asequible y siempre huye minutos antes de que la policía llegue al punto del conflicto.
Ayer, sin embargo, me acerqué a él. Tenía como siempre mis prevenciones y no sabía por dónde entrarle. Hablamos de su situación y no sé cómo todo se concentró en su vida anterior, en su esposa, en sus hijas…en su pasado casi burgués, estructurado. Entonces me dijo una frase que me descolocó, pues lo que estaba haciendo no era para tanto: “usted me quiere, se interesa por mí” y vi cómo por su rostro endurecido por el frío y marcado por las arrugas, corría una lágrima.
Pedro es un hombre roto, un descarte total para los suyos, para los que pasan junto a él e incluso para él mismo. “Todo me pasa por mi mala cabeza” confiesa y se va con paso acelerado a ninguna parte.
Yo me quedo pensando, herido por algo tan cotidiano que, a fuerza de verlo todos los días, apenas si lo advertimos. Están ahí y no son bolardos o chirimbolos que encontramos por las aceras o tropezamos en los cruces. Son personas que también son sensibles al cariño, a la ternura, que llevan encima un cruce de cables crónico y no encuentran el camino de vuelta a casa. Han cortado todas las redes familiares, laborales, sociales y ahora ni siquiera dependen de sí mismos. “Vagos y maleantes” les llamaban en otras épocas, pero no. Detrás de las miradas pantanosas de estos hombres y mujeres hay muchas historias. Muchas de ellas protagonizadas por personas que reconocen sus errores, pero que han caído tan bajo que requieren mucho tiempo y sobre todo cariño para superar su impotencia. Una mano tendida, una frase afectuosa puede devolverles incluso su conciencia, su dignidad de hombres y mujeres rotos, aunque sólo sea un momento. Al fin y al cabo la vida está hecha de instantes y uno de ellos puede ser el comienzo de algo nuevo.
Son hombres y mujeres según los psiquiatras “afectados por acontecimientos-sucesos vitales estresantes”, que nosotros reducimos a “indigentes.” Pero sus historias tienen que ver con nuestra sociedad. No son una prótesis casual de una sociedad empeñada en la búsqueda de la igualdad fundamental, sino un efecto causado por una sociedad que trepa a base de exclusiones, indiferente ante el descarte de los más débiles.
Aumentan por años en las grandes ciudades. En Las Palmas son cientos y en ciudades como Barcelona o Madrid, miles. Sólo en los albergues pernoctaron el año pasado en España más de 5.000, pero no es fácil encontrar un hueco en estos depósitos, a pesar de que aumenta la marea, bajan las edades de los sin casas y cada vez se suman más mujeres a este cuarto mundo. Las ONGs señalan que el repunte se debe a los recortes en ayudas sociales. Los de arriba discuten y tratan de recortar o aumentar las cifras, según hablen en nombre del gobierno o de la oposición, pero la verdad es que mientras haya una sola persona viviendo en la calle algo no funciona en nuestro entorno. ¿Cuántos en nuestras calles? ¿Más de doscientos? ¿Sólo setenta? ¿Qué importa el número cuando uno sólo debería ser suficiente para quitarnos el sueño?
“Consolad a mi pueblo”, grita Isaías en el corazón del Adviento que acaba litúrgicamente dentro de unos días. Es un grito que llega desde el fondo de los tiempos, pero que sigue vigente. La Navidad reincide en ello. Al fin y al cabo, María, José y el Niño no son más que una familia sin techo. Pobres, pero con dignidad, incluso capaces de generar belleza.

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