La mujer en la Iglesia

La lucha de la mujer por el reconocimiento de la igualdad de derechos con el hombre, viene de lejos. Desde Lisístrata o Hypatia de Alejandría – dos mitos en esta interminable carrera de fondo – hasta la adolescente camerunesa que saltó por primera vez la valla de Melilla junto a sus colegas – “varones y corpulentos”, señalaba la prensa – hay un itinerario de humillaciones y de conquistas que no podemos silenciar. Tampoco en la Iglesia, en la que la que, sin duda, el sexismo es menor que en otros tiempos, pero en la que la plaza asignada a la mujer no encuentra más espacio que el servicio en el silencio.
¿Qué sería de la Iglesia sin las mujeres? Actualmente, la inmensa mayoría de nuestros grupos están integrados por mujeres y la mayoría de nuestras asambleas dominicales tiene rostro femenino. Y, sin embargo, a pesar de ser ultra mayoritarias entre los católicos practicantes y los laicos comprometidos, son minoritarias en cualquiera de los espacios en los que se toman las decisiones institucionales. Este hecho, qué duda cabe, pone de relieve una paradoja que la mayoría de las mujeres apenas se atreve a denunciar por el miedo de ser acusadas de correr tras el poder. Cosa que no sucede con los hombres.
Las palabras se multiplican en favor del reconocimiento de la mujer en la Iglesia. “Deseo que se ensanchen los espacios para una presencia femenina más capilar y decisiva en la Iglesia…” afirmaba el Papa Francisco hace unas semanas delante de más de 300 personas convocadas por el Centro Italiano Femenino (CIF), como lo había hecho en su exhortación Evangelii Gaudium del 24 de noviembre (nn. 103 y 104). Ya en el avión que le traía de regreso a Roma desde Río, donde había tenido lugar las JMJ, dejó claro, con ese lenguaje sencillo que todos entienden, lo que piensa sobre el tema:
“(…) Una Iglesia sin mujeres – afirmó – es como el Colegio Apostólico sin María. El rol de la mujer en la Iglesia no es sólo la maternidad, la madre de familia, sino que es más fuerte, es la imagen de la Virgen, esa que ayuda a crecer a la Iglesia. La Virgen es más importante que los Apóstoles. La Iglesia es femenina, es Esposa, es Madre. El papel de la mujer en la Iglesia no es sólo el de mamá, que trabaja, que da… Es otra cosa. Pablo VI escribió algo muy hermoso sobre las mujeres, pero creo que debemos avanzar en la explicitación de este papel y carisma de la mujer en la Iglesia. No se puede entender una Iglesia sin mujeres. Pero mujeres activas en la Iglesia, con su perfil, que vayan adelante. En la Iglesia hay que pensar en la mujer en esta perspectiva de decisiones arriesgadas, pero como mujer. Creo que todavía no hemos hecho una profunda teología de la mujer en la Iglesia. Sólo un poco de esto y de lo otro: lee la lectura, mujeres monaguillo, es la presidenta de Cáritas…Pero hay más. Hay que hacer una profunda Teología de la mujer”.
La cita es extensa, pero merece la pena. En este 8 de marzo, instituido por la ONU como día internacional de los derechos de la Mujer, mirar hacia dentro en la Iglesia tendría que ser una prioridad, también en nuestra diócesis.
Desde hace años se multiplican las declaraciones sobre el reconocimiento de las mujeres en la Institución. Y cada día más proliferan imágenes desconocidas hace sólo un decenio, como la del cardenal de Boston, Sean O´Malley, vestido con su hábito marrón e inclinado ante una mujer pastora de la Iglesia metodista vestida de blanco, Anne Robertson, que traza la señal de la cruz sobre su frente, mientras le dice: “Acuérdate de tu bautismo y da gracias”. Vemos a mujeres ocupando puestos hasta ahora reservados a los hombres, como el de secretaria adjunta de la Conferencia Episcopal Francesa, o a teólogas que imparten clases en Universidades, hasta hace poco, predio exclusivo de varones consagrados. Como confesaba el cardenal Rodríguez Maradiaga miembro del G8, entrevistado por el periódico francés La Croix, “es posible que pronto el Consejo Pontificio para las familias sea dirigido por un matrimonio o que el Consejo de Laicos sea elevado a Congregación y sea dirigido por una mujer”. Lo mismo declaraba el cardenal Müller, prefecto de la Congregación de la fe, el 12 del pasado mes a la agencia CIC: “No es descabellado pensar que pronto podremos ver a las mujeres a la cabeza de algún Consejo Pontificio.”
Bien, parece que algo se mueve…pero mientras el poder, aunque lo revistamos de eufemismos, esté reservado a los curas, – “cuestión particularmente conflictiva si se identifica demasiado potestad sacramental y poder” (EG 104) – reconocer la importancia de las mujeres en la Iglesia nunca será un problema, sí lo es tener acceso a esas funciones y “servir” desde esos puestos de “poder”, donde se toman las decisiones importantes. Eso, todavía hoy, sigue siendo tabú.
“Aquí hay un gran desafío para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia,” reta el Papa Francisco en su documento estrella (EG 104).
El planteamiento está claro. Y los vientos parecen soplar a favor. Sólo falta que los hechos se ajusten a los dichos y las mujeres, que han ido dejando atrás innumerables metas volantes, doblen por fin también ellas el cabo de Hornos en la sociedad y en la Iglesia.
(Publicado en el periódico La Provincia el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora).

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