A la Iglesia no le sienta bien el selfie

Están ahí. Posando delante de su Smartphone. El abanico es amplio: unos hacen una mueca, otros sonríen a destajo, los más buscan el ángulo adecuado, su lado más favorecedor. Los hemos visto y quizás nos hemos hecho más de uno: estamos hablando del selfie o autorretrato.
Ha sido la palabra del año 2013 según el diccionario de Oxford, que lo define como “una fotografía tomada por uno mismo, para compartirla después en una o varias redes sociales en tiempo real”. El concepto, sin embargo, es antiguo y más de uno hemos admirado cómo algunos artistas se han inmortalizado a sí mismos, dejando constancia de cómo se veían y cómo querían ser vistos. Una expresión que se sigue estudiando en la pintura como parte esencial en la vida de los artistas.
En la época hiperdigital todo es menos glamuroso, más gregario y los selfies han puesto al alcance de todos el tener imagen pública y la posibilidad de ir escribiendo un diario que no es íntimo sino global.
Hay selfies de cara y de cuerpo, del curro y de vacaciones, de soledad y de fiesta. Hay quien se retrata porque cambia el fondo de la foto, cambia su cuerpo o todo sigue igual, pero un determinado filtro o un encuadre acertado de la cámara refuerza sus rasgos más fotogénicos o disimula la papada. En general son gente abducidas por el síndrome de caer bien y se miran y exponen permanentemente en el escaparate de Facebook.
Muchos son los que se han ido subiendo al carro de los selfies y, desde Obama al Papa Francisco, el muestrario es de lo más multiétnico. Los de muchos personajes son fruto del marketing, pero también son efecto del deseo de poseer al personaje de muchos usuarios. Ya no basta una firma, se quisiera atrapar a la estrella en el Smartphone y lanzarla a las redes sociales como una secuencia más de esa pequeña novela personal que se va elaborando día a día. Tienen necesidad de presumir de lo que están haciendo siempre y, aún más, tienen adicción a que le devuelvan el “me gusta.”
Es el síntoma común – afirman los analistas – de una generación muy preocupada de sí misma, egocéntrica, que padece el “síndrome selfie.” Son jóvenes y no tan jóvenes que necesitan la aceptación de los otros, enamorados de sí mismos e incapaces de aceptar críticas. Sólo escuchan con el fin de descartar, negar, ignorar, o minimizar cualquier cosa, a menudo irrelevante. Asumen el que otros den un valor exagerado a cualquiera de sus chorradas, pero se sorprenden cuando no reciben de los otros el reconocimiento que creen merecer.
El cuadro resulta demasiado oscuro, pero el trastorno existe y se llama narcisismo. Que la autofoto lanzada a las redes en tiempo real, sea una prueba concluyente de este diagnóstico, es más que discutible, aunque los sitios web especializados en tecnología ya han hecho sus estudios y las conclusiones no están lejos de este resultado. Como tampoco lo están las investigaciones, que nunca podrían faltar, de varias universidades americanas.
No sé por qué, o más bien sí, esta moda del selfie me ha hecho pensar en la palabra “autorreferencial” muy usada por el Papa Francisco. Es un término raro en nuestro vocabulario, pero, a mi entender, intercambiable con la forma y el fondo de esa pandemia cibernética. “La enfermedad de la Iglesia encerrada en sí misma es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcicismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado y luego nos impide experimentar …” Son palabras que el Papa Francisco escribió a los obispos argentinos, reunidos en la 105 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal en mayo del año pasado, y que ha puesto en letra roja entre los objetivos que marca en su Exhortación “El gozo de la fe”.
Una Iglesia autorreferencial, es una Iglesia encerrada en su lenguaje rígido, más preocupada de sí misma que del Evangelio. Una Iglesia que no sabe hablar el lenguaje de la calle o que no quiere hablar el lenguaje del mundo bajo el pretexto de preservar la ortodoxia. Un lenguaje que nadie entiende y, por tanto que a nadie interpela. “Se necesita una Iglesia que no tenga miedo de entrar en la noche del mundo, una Iglesia capaz de encontrarse en el camino del hombre, de entrar en su conversación…,” continúa afirmando el Papa. Una Iglesia, que ante los nuevos interrogantes, sepa reconocer que ignora la respuestas, pero que se toma en serio las preguntas. Esas cuestiones que nos desestabilizan y que el poeta condensó en sus versos:
“La noche de mil noches y una noche/ la sombra de mil sombras y un latido,/ el agua de mil aguas que cayeron,/ el fuego destapando sus embudos/ la ceniza vestida de medusa,/ la tierra dando un grito.”/
A la Iglesia no le sienta bien la autocomplacencia, no le sienta bien el selfie. La misión es parte de su esencia y el núcleo de su predicación no es ella misma. Una Iglesia en éxodo continuo de sí “para ir a la periferia al encuentro de los más alejados, los olvidados y quienes necesitan comprensión, consuelo y ayuda. Una especie de “hospital de campaña en los cruces de los caminos.” Franciscus dixit. En definitiva, esa Iglesia que ya soñó S. Pablo cuando instaba a los cristianos de Filipos a construir una comunidad en la que “nadie busque lo suyo propio, sino lo que es de Cristo”.

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