La ceniza

La Cuaresma se inicia con el gesto de la imposición de la ceniza que nos recuerda nuestra precariedad, mortal y pecadora, en la que el Espíritu de Dios puede suscitar de nuevo la vida y la santidad.
Ceniza al principio, agua al final
Ambos gestos tienen una unidad dinámica. La ceniza ensucia. El agua limpia. La ceniza habla de destrucción y muerte. El agua es fuente de vida en la Vigilia Pascual.
Esta relación se encontraba ya en el extraño rito de las cenizas de la vaca roja, totalmente consumida por el fuego, que, en el Antiguo Testamento, servía para destacar el vaor de las aguas lustrales en las que se purificaba simbólicamente toda impureza (Num 19. Heb 9,13).
También en la noche de Pascua encendemos fuego. Fuego que es luz, renovación, vida nueva. De la ceniza al fuego vivo. La Cuaresma empieza con ceniza y acaba con agua y fuego.
Del pesimismo de nuestra caducidad, la ceniza nos conduce a la visión pascual. Como la Cruz de Cristo, con toda su carga de muerte y fracaso, nos asegura la pascua de la nueva vida.
El lenguaje con el que la Cuaresma nos quiere hacer entrar en la Pascua es muy variado.: cantos, lecturas bíblicas, ayuno, abstinencia, limosna…pero uno de los signos más pedagógicos es la “dramatización” de la ceniza que nos recuerda nuestra debilidad para que dejemos a Dios actuar en nosotros, incorporarnos a la Resurrección de su Hijo y lavarnos con el agua bautismal de la Pascua.

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