La Catedral mezquita de Córdoba, un símbolo de concordia en discordia

La primera vez que visité la Mezquita–Catedral de Córdoba me perdí en aquel bosque de columnas. Era un día gris y la gente caminaba como desorientada por aquel laberinto de arcos que conducía a otros arcos. Buscaba un centro, el ábside de todos aquellos caminos y me costó encontrarlo. Al principio no entendía nada…luego, cuando llegué al espacio abierto donde la cúpula dejaba entrar la luz de aquel día, comencé a rebobinar, y desde el altar incrustado en medio de aquellas aparentes simetrías, cada columna exhibía su diferencia y el conjunto emergía como un relato. Era el relato de una historia que se había hecho piedra, fósil, en la que desde los árabes a los cristianos, desde Abderramán a Carlos V, desde el mar de capiteles árabes al cimborrio renacentista, todo, absolutamente todo, arte, cultura y credo, despertaba un único arrobo difícil de explicar y que definimos como “un no sé qué”, cercano al misterio.
La Mezquita Catedral o la Catedral Mezquita es patrimonio de la Humanidad antes que la Unesco la declarara hace apenas 30 años. Son muchos los millones de personas que han gozado pacíficamente de su belleza antes de esa fecha y es un milagro auténtico que haya podido subsistir a lo largo de los siglos. ¿Dónde están las mezquitas de Granada, Málaga y Sevilla? ¿Qué ha quedado del conjunto de Medina Azahara?
La mezquita fue edificada sobre los restos de una iglesia visigótica del siglo VI, la basílica de San Vicente mártir y ésta, posiblemente fue construida, a su vez, sobre las ruinas o el emplazamiento de un templo romano. Ha sido una suerte que no desapareciera en el año 1236, año en que fue consagrada catedral cristiana, como han desaparecido a lo largo del tiempo otras memorias del pasado y se haya enriquecido con las aportaciones sucesivas y distintas, sin que haya perdido su impronta, su identidad. Y todo ello a lo largo de siete siglos en los que el Cabildo Catedralicio y el Obispado de la ciudad, asumió el derecho sobre aquel suelo que les devolvió el rey Fernando, porque previamente ya existía allí una iglesia cristiana. La ceremonia consistió, conforme a la práctica de aquel tiempo, en la escritura con ceniza en el suelo de una cruz con caracteres griegos: una consagración.
A finales de 2013, a instancias de la “Plataforma Mezquita – Catedral de Córdoba: patrimonio de todos” que exige la titularidad y gestión pública del monumento, el debate se ha recrudecido. Sobre todo a partir de la intromisión de la Junta andaluza afirmando que sobre la Mezquita-Catedral tiene mucho que decir y, en especial, desde la inmatriculación, que respondiendo a la normativa actual, exige también a los bienes de la Iglesia incorporarse al Registro de la Propiedad, cosa que hasta el momento no se contemplaba.
El conflicto entre el obispado y algunos ciudadanos no es nuevo, pero hasta la fecha no afectaba a la propiedad, sino a las intervenciones en el monumento o en el uso del mismo. Esto último nos lo recuerda, cada cierto tiempo, algún que otro grupo pro-islámico reivindicador de un espacio que le perteneció. Grupos tan insólitos como lo sería encontrar a las puertas de Hagia Santa Sofía de Estambul un corro pro cristiano revindicando lo mismo en aquella Mezquita, hoy Museo, en la que rezaron, a lo largo de siglos, muchos antepasados suyos. Por cierto, también allí han sido borrados todos los signos y símbolos cristianos – campanas, altar, iconostasio, mosaicos enlucidos – sin dejar por ello de ser uno de los espacios más bellos que podamos contemplar. ¿Se imaginan un grupo de católicos ingleses reclamando para su culto la Abadía de Westmister, Católica antes de la Reforma?
Lo que llama la atención en todo esto es la extensión de la polémica, que ha llegado de forma extravagante a medios tan distantes como Liberation, Frankfurter Algemeine Zeitung o Times. Y casi siempre con un toque carpetovetónico. ¿Qué mano mece la cuna?
En pleno siglo XXI y en medio de una crisis en la que nos estamos jugando el presente y el futuro, en una sociedad en la que cada día nos despertamos a nuevas situaciones y conflictos que nos inundan de vértigo… ¿a quién puede interesarle esta estrategia de distracción? Si a lo largo de siete siglos de gestión no ha habido problemas serios, ¿a quién le puede afectar este debate que nunca debería ir más allá de lo cultural o artístico? ¿Para qué quieren la escritura de propiedad y por qué la reclaman? ¿Por qué convertir un símbolo de la llamada ciudad de la concordia en discordia, si en palabras de su alcalde actual “en Córdoba nadie hace un problema de la mezquita-catedral”?
Es curioso, pero casi nunca falla. Cuando las cosas se ponen feas, se anuncian juicios, implicaciones o se levantan las alfombras de muchos despachos, aparece, una vez sí y la otra también, algún tema que despista y agita el trapo para que el público mire en otra dirección. Y no estoy en contra de ventilar los asuntos que lo requieren, pero con la que está cayendo, ¿qué ganamos con la estaca, con posiciones ideologizadas, cuando nadie impediría actualmente sensatos convenios o colaboraciones respetuosas que redunden siempre en favor del bien común?
La historia y el Derecho están de parte de la Iglesia según la opinión mayoritaria de los que entienden de eso, pero lo que está en juego es algo más: hace tres décadas la UNESCO reconoció a la Catedral – Mezquita “no sólo por su singularidad artística y arquitectónica, sino también por el carácter simbólico del edificio como ejemplo del paradigma en el que Córdoba siempre ha querido sentirse identificada: la concordia entre creencias y civilizaciones”. Esto es lo que está amenazado. Si eso nunca se ha puesto en entredicho, ¿por qué estropearlo?

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