Cuaresma 2014

 

«UN TIEMPO DE INSPIRACIÓN BAUTISMAL»

Si Cristo es nuestra Pascua, Cristo es también nuestra Cuaresma. En todo tiempo litúrgico, sea el que sea, la Iglesia celebra siempre el Misterio del Señor, único e indivisible. Pero en cada uno de los llamados tiempos especiales subraya aspectos, dimensiones, que de otro modo pasarían, tal vez, desapercibidos, en la densidad de tanta concentración.

Los cuarenta días previos a la Pascua (en realidad son cuarenta y seis desde el miércoles de ceniza al jueves santo inclusive) tienen en la pedagogía eclesial, una finalidad determinada: celebrar el itinerario luminoso hacia Jerusalén en el que se anticipa la experiencia pascual. Cristo caminando hacia la Pascua, arrastra consigo a toda la Iglesia y se convierte para ella en el protagonista, en el modelo con el que identificarse y en el maestro al que escuchar.

Por todo ello, la Iglesia, en el umbral de la Cuaresma pide a Dios que le conceda “avanzar en la inteligencia del Misterio de Cristo y vivirlo en plenitud” (Oración – colecta del 1º Domingo).

Es tiempo, según la terminología del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, de “purificación” y de “iluminación”, no sólo para los catecúmenos sino para todos los cristianos que han de confortarse permanentemente con Cristo para ser fieles a las exigencias de su propio bautismo.

LA CUARESMA REALIDAD Y SIMBOLO

En su dimensión bautismal, la Cuaresma es realidad y un símbolo. Se hace realidad, porque es una experiencia a vivir cada año, un encuentro con el Señor. Es símbolo, porque el itinerario cuaresmal es un camino a recorrer durante toda la vida hasta que se cumpla en cada uno la pascua definitiva.

En todos los ciclos dominicales de este tiempo, los dos primeros domingos están marcados por una fuerte presencia del Señor que protagoniza la celebración a través de la proclamación del Evangelio. El primer domingo, con la lectura de las tentaciones en el desierto; el segundo, con la transfiguración en el monte de la oración y de la gloria.

El tiempo de Cuaresma y su duración simbólica de cuarenta días tienen su modelo en Cristo que se retira al desierto para orar y ayunar, para combatir y vencer al enemigo con la Palabra de Dios. Período que, a su vez, nos evoca otros acontecimientos marcados por ese mismo símbolo numérico: del diluvio al Sinaí, de Elías camino del Horeb a Jonás en Nínive. La transfiguración celebra el misterio de la oración constante de Cristo que por un momento se reviste del esplendor de la gloria y el Padre lo revela como templo y tienda de su presencia y de su culto nuevo, lugar donde resuena la palabra definitiva y desde donde se eleva la oración filial, envuelta en el aliento del Espíritu.

En estos dos evangelios emblemáticos – las tentaciones del desierto y la glorificación en el Tabor – se anticipan las dos facetas del misterio pascual hacia el que nos encamina la Cuaresma. La lucha en el desierto se consumará en la Cruz. La gloria, anticipada en el Tabor, resplandecerá para siempre en el cuerpo del Resucitado. Pero no es sólo en estos textos donde ya se vislumbra la temática pascual, sino a lo largo de todo este tiempo que ha de ser vivido como parte de un todo y como adelanto de la paradoja de la Pascua:

El que vence al diablo en el desierto.
Aparece como vencido en la Cruz,
pero es definitivo vencedor en la Pascua.

El transfigurado del Tabor, Hijo Predilecto,
aparece desfigurado en la Cruz,
pero es definitivamente el Resucitado y el Transfigurado.

El que sacia la sed de la Samaritana
aparece sediento en la Cruz
y es fuente del agua viva del Espíritu en la Pascua.

Aquel que hace ver al ciego de nacimiento
no “ve” en la Cruz,
pero permanece iluminador para siempre, Luz del mundo.

El que resucita a Lázaro
se sumerge en la muerte y en el sepulcro,
pero se convierte en vida y resurrección para todos.

La Cuaresma hay que leerla, necesariamente como parte de esta partitura. Como la obertura de una gran sinfonía en la que se apuntan todos los temas que alcanzarán su clímax más adelante. El gran animador e impulsor de esta experiencia es el Espíritu.

En este gran retorno, nuevo éxodo, – vuelta de Jesús al Padre (Jn 13,1) – Jesús aparece como el nuevo Moisés que arrastra tras de sí a toda la Iglesia, a todo hombre. Por ello el itinerario de Jesús se convierte en el itinerario de la Iglesia, en nuestro propio itinerario.

LLAMADA A REVIVIR EL BAUTISMO

La inspiración bautismal de este tiempo es una llamada a vivir y a revivir con una nueva intensidad nuestra experiencia de bautizados. Siempre seremos “catecúmenos” en la escucha constante de la Palabra de Dios con la que estamos siempre comprometidos en una conversión nunca definitiva.

Celebrando en un momento determinado la Cuaresma, la Iglesia nos recuerda que estamos siempre en este camino. Somos ya hombres nuevos por el Bautismo, pero todavía no del todo. Se necesitan muchas Cuaresmas para poder decir que en nosotros vivimos la novedad de la Pascua, que las aguas bautismales han descendido hasta los últimos rincones de nuestra existencia, que se han abierto los últimos resquicios en los que anidaba la muerte y los ha llenado de luz y de vida.

Una ilustración de la antropología de ese hombre nuevo que se ha encontrado con Cristo, nos es dada por la liturgia en los escrutinios bautismales unidos a las lecturas del Evangelio de los domingos III, IV y V del ciclo A que leemos este año. En estas lecturas – eminentemente bautismales – se nos presenta a tres personajes que se confrontan con Cristo. La Samaritana, el Ciego de nacimiento y Lázaro son la descripción de tres encuentros que nos evocan tres momentos progresivos de salvación que Cristo aporta a la persona con la gracia del Bautismo.

LA SAMARITANA

Es la expresión del hombre sediento de felicidad, es un símbolo vivo de la humanidad a nivel colectivo e individual. En los rasgos de esta mujer podemos adivinar nuestra propia existencia. Un persona que vive en la rutina diaria, resignada a vivir, pero que, al fin, ante las palabras de Jesús de Nazaret que se sienta junto al pozo de Sicar, cae en la cuenta de su situación y de la posibilidad de estrenar un futuro nuevo. En su interior se mezclan la extraña sensación de un vida de insatisfacción y una secreta esperanza de paz y de dignidad, pero en sus manos no está la salvación. Ni en las manos de los demás. Sólo la presencia y la persona de Jesús son el resorte mágico que le descubre que es posible algo nuevo, mejor. Para ello el Rabí no se evade con extraños discursos, sino que escarba en su corazón y en su misma situación de amargura, más o menos consciente, hasta descubrirle que dentro de ella misma hay bullidora y pujante, una fuente de agua viva. Es desde ahí, en la experiencia del encuentro, donde Cristo nos revela el hombre que somos.

EL CIEGO DE NACIMIENTO

Es el tipo de hombre sumergido en las tinieblas del pecado. No ve. Es una situación moral que le compromete a él y a los suyos. El encuentro con Cristo se realiza en una dimensión de colectividad. Junto al ciego están sus padres, testigos de su ceguera congénita y de su cambio actual. Entre unos y otros, los fariseos que en la mentalidad de Juan son los verdaderos ciegos, porque “no quieren ver”.

En el fondo de esta narración hay una dramatización de la dimensión social del pecado. La humanidad está enrolada en una historia en la que el pecado tiene sus manifestaciones misteriosas, difíciles de atribuir sólo a una responsabilidad personal. El ciego es la representación tipológica del hombre incapaz de ver esta verdad y de asumirla. Unos a otros se echan la culpa. Pecados personales que influyen inexorablemente en la colectividad y pecado colectivo que pesa, condiciona y determina el pecado personal.

Sólo el encuentro con Cristo es capaz de liberar de las responsabilidades personales y de la intrincada participación comunitaria y social en el pecado. Cristo se pone ante el ciego de nacimiento para salvarlo y librarlo de esta situación. El es la Luz del mundo: “Yo soy la luz”. Lo cura de esta enfermedad congénita y abre su corazón a la fe en Él.

El Bautismo es una iluminación. Sólo a partir de la adhesión a la luz de Cristo, el cristiano se hace hijo de la luz, neutraliza el pecado del mundo en su acepción colectiva.

LÁZARO

Es el personaje más dramático de la trilogía. Es el amigo de Jesús. Pero un hombre destinado a la muerte. En Lázaro, como en los otros personajes, tenemos retratada la condición de la humanidad y la posibilidad de salvación que Cristo nos trae con su palabra y su persona.

La dimensión cósmica del pecado – no sólo individual y colectiva como en los caso anteriores – se ceba en la humanidad misma que vive marcada por la muerte, no sólo al final de sus días sino en todo el despliegue de su existencia: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Un acontecimiento que a pesar de ser individual, arrastra a los que lo contemplan. Hay una honda participación en esta condición mortal que Lázaro representa: El lamento de Marta ante el retraso de Jesús. Las lágrimas de Jesús, que no sólo expresan su amistad, sino el gemido de su humanidad ante la muerte que se avecina, que le acorrala. La muchedumbre que consuela a la familia.

La certeza de la muerte marca la vida y nuestra experiencia de hombres está condicionada por este enigma definitivo. En el fondo del pecado, en la raíz misma de la existencia, no sólo hay un interrogante ideológico, sino una condición que marca profundamente nuestros días. La salvación de Cristo, por ser salvación cumplida, tiene que tocar fondo. Tiene que ser una salvación total que abarque el misterio de la existencia y englobe la totalidad del hombre.

TRES MIRADAS QUE “ESCRUTAN

Estos tres evangelios, unidos desde muy antiguo al itinerario bautismal de los catecúmenos, tienen una conexión muy estrecha con la experiencia de la realidad del Bautismo, anticipada en estos encuentros de Cristo con el iluminado, el “neófito”. A los ya bautizados les confronta también con Cristo y les encara con esas tres realidades vivas que son dimensiones esenciales de su opción bautismal.

1. El Bautismo es conversión. Conversión a Cristo. Conversión que él despierta con su mirada, con su palabra, con la acción de su Espíritu. La Samaritana es la expresión plástica del proceso dinámico y positivo de lo que es la conversión cristiana, la transformación evangélica: De pecadora en apóstol. Es la aventura a la que es llamado cualquier cristiano que se deja “escrutar” por la mirada “convertidora” de Jesús.

El primero de los escrutinios bautismales conduce a este cara a cara con Cristo, escrutinio de la purificación y de la conversión (El primer escrutinio se celebra en el tercer domingo de Cuaresma: cfr. RICA 160 – 166).

2. El Bautismo es “iluminación”. Nombre cristiano de viejo cuño que evoca la “iniciación” a los misterios, la luz que irrumpe en las tinieblas, la progresiva ilustración de la mente y del corazón por medio de la luz de la palabra y de la fe que hacen del cristiano un “iluminado”, uno que conoce, que sabe, que ha tenido acceso al arcano de Cristo y de la Iglesia.

El ciego de nacimiento, progresivamente iluminado por Cristo con el barro que le refriega los ojos y el baño en la piscina, es una metáfora cabal de esa iluminación bautismal que ahuyenta las tinieblas y abre a la luz de la verdad. El cristiano es un iluminado porque Cristo es su “iluminación”.

El segundo escrutinio que coincide con el cuarto domingo es el encuentro con Cristo que se revela al hombre con su Palabra: “Yo soy la luz” (RICA 167 – 173).

3. Finalmente el Bautismo es regeneración, misterio de muerte y vida. El cristiano baja hasta las profundidades del sepulcro de Cristo y deja en él al hombre viejo. No teme su condición mortal, no se deja conducir por el instinto de la muerte, porque el bautismo ha sembrado en su carne la dimensión de la inmortalidad y la semilla de la vida que no acaba.

El tercer escrutinio, que coincide con el quinto domingo de Cuaresma, celebra este encuentro con Cristo, vencedor del pecado y dador de vida inmortal (RICA 174 – 180).

 

Escrito por