El Domingo, día del Señor y señor de los días

domingoEl domingo es, en la actualidad, uno de los temas que más preocupan en la pastoral de la Iglesia. Bastaría recorrer la cantidad de exhortaciones, cartas, recomendaciones sinodales y demás documentos eclesiásticos de las múltiples conferencias episcopales del mundo – entre ellas la española – para darnos cuenta hasta qué punto es cierta esta afirmación. Por si quedara alguna duda al respecto, recordemos la carta apostólica de S.S. Juan Pablo II, firmada en mayo del 98, titulada “Dies Domini”, un documento sin precedentes en la historia de la Iglesia.

A ninguno se nos escapa cuál puede ser uno de los principales motivos que se subraya bajo tanta insistencia: el día que la tradición nos ha transmitido como el primero de todos está siendo condicionado por situaciones sociales y culturales de diversa consideración, que amenazan la identidad cristiana del domingo y van diezmando progresivamente nuestras asambleas.

Hasta hace unos años, al menos en nuestro país, el domingo formaba parte del comportamiento social de la inmensa mayoría. Ir a misa resultaba incluso irrelevante en el contexto en de cristiandad en que vivíamos, lo verdaderamente relevante entonces era no ir a misa y, en el marco de la cultura rural y agrícola, el que no iba a misa era el que llamaba la atención y se desmarcaba del resto. Sucedía un tanto lo contrario de lo que señalaba Plinio el Joven, a finales del siglo I en su informe policial al emperador Trajano, en el que leemos:

“su mayor falta o error se limita a tener costumbre de reunirse un día fijo antes de salir el sol para cantarle a Cristo un cántico, como a un dios…”

En aquella sociedad pagana, donde el primer día de la semana es vivido por la inmensa mayoría como un día normal, los cristianos aparecen ante el resto de los ciudadanos como gente que se caracteriza por reunirse en un día fijo. Hoy, en una sociedad secularizada, en la que el domingo pierde cada vez más su sentido religioso y se convierte en puro tiempo libre – por no decir en puro tiempo de descanso del largo fin de semana que, en algunas sociedades occidentales, comienza incluso el jueves a la tarde – reunirse el domingo, “ir a misa el domingo”…vuelve a llamar la atención y a convertirse, de nuevo, en un signo de identidad.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos ignoran casi todo acerca del Domingo. En los tiempos de bonanza sólo se insistió sobre la obligatoriedad del precepto, tanto en la dirección de la asistencia a la misa como en la del descanso laboral, más en conexión con el tercer mandamiento de la Ley de Dios que en la naturaleza del domingo. Marginada la dimensión carismática de la primitiva Iglesia que giraba toda ella en torno a la Pascua del Señor, en aras de una concepción más jurídica que prácticamente ha durado hasta el Vaticano II, no es poco que los cristianos sólo recuerden del domingo el precepto que manda participar en la misa y no trabajar. Y esto que decimos de los cristianos lo podemos aplicar, incluso, a los grupos más cultivados, entre los que la celebración del domingo queda reducida a la participación de la misa, en el mejor de los casos, que, sin duda es el centro de la celebración dominical, pero se desconoce el valor del día festivo en sí mismo y la referencia al Señor que deben tener todos los actos del domingo, desde la convivencia familiar y el encuentro con la naturaleza, hasta las obras de apostolado, catequesis o caridad.

Frente a este desconocimiento generalizado o, por lo menos adormecido, no podemos dejar de proclamar el valor del domingo y no sólo proclamarlo, sino redescubrirlo: Toda la riqueza que nos presenta el Año Litúrgico en su completo desarrollo, tiene su síntesis y su manifestación primordial en la celebración del domingo. Si el Año Litúrgico nos ofrece el Misterio de Cristo en sus diversas etapas, el Domingo nos presenta el núcleo central y el culmen de todo el camino salvífico: El Cristo pascual. En el domingo, los cristianos celebramos la vivencia global del Misterio. A través de la consciente y activa celebración del Domingo el cristiano da contenido pascual a su experiencia del tiempo y el Año Litúrgico encuentra su fuente de vitalidad en la experiencia del Domingo.

“La Iglesia, por una tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o domingo. En efecto, este día los fieles deben reunirse para que, oyendo la Palabra de Dios y participando en la eucaristía, se acuerden de la pasión. De la resurrección, de la resurrección y de la gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios que los “ha regenerado por una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1ª Pe 1,3). Por esto el domingo es el día de fiesta primordial que hay que proponer e inculcar a los fieles. De suerte que se convierta también en día de alegría y de descanso, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (SC 106).

Es pues necesario recuperar el sentido cristiano del domingo. Sólo así nuestras comunidades volverán a encontrar el valor de la celebración dominical como la vivían los antiguos cristianos.

Mientras ardía la persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV, algunos cristianos de Abitene, en Africa Proconsular, fueron sorprendidos un domingo mientras celebraban la eucaristía y conducidos ante los magistrados de la ciudad. La acusación consistía en que profesaban la fe cristiana y se reunían en asambleas prohibidas por los decretos imperiales. Los cuarenta y nueve cristianos, sorprendidos en aquella situación, afrontaron con alegría la muerte antes que renunciar a celebrar el día del Señor. A las acusaciones de los magistrados respondían con estas palabras: “No podemos vivir sin celebrar el día del Señor”.

Estos mártires del domingo son un vivo testimonio en la memoria de la Iglesia de la importancia que la celebración del domingo ha tenido siempre entre los cristianos. El domingo es el día “sacramental” de todo el orden de realidades y contenidos que la fe proclama y propone. Es, por ello, un valor fundamental de la comunidad cristiana de que ésta no puede prescindir.

Es justamente lo que nos pide Juan Pablo II, en su carta apostólica “Dies Domini”: “la proximidad del tercer milenio, al apremiar a los creyentes a reflexionar a la luz de Cristo sobre el camino de la historia, los invita también a descubrir con nueva fuerza el sentido del domingo: su misterio, el valor de su celebración, su significado para la existencia cristiana y humana.”

Siguiendo pues esta recomendación papal, a la que sumamos la propuesta de nuestro Sínodo diocesano en la const. 503 de “realizar una campaña diocesana de mentalización sobre lo que es y significa el domingo para los cristianos”, hemos querido dedicar la Pascua primera de este nuevo siglo a este tema (para ello contamos con varios elementos: mural, catequesis del 93, celebraciones de los domingos de Pascua) y sobre este tema queremos insistir en esta exposición sin pretensiones que sólo desea poner en primer plano la importancia de esta institución eclesial. Para un mejor desarrollo del tema, lo dividiremos en tres apartados que, prácticamente sólo vamos a esbozar:

– El origen histórico del domingo, pascua semanal.

– El domingo, día de la Iglesia y de la Eucaristía

– Pastoral litúrgica del domingo

1.- El origen del Domingo

A la hora de analizar los orígenes del domingo, no podemos perder de vista que el cristianismo nace y se desarrolla en el útero del judaísmo para el que el sábado tiene una significación peculiar. Esto, sin duda, hace aún más llamativo y original la institución del domingo. ¿Por qué escoger el primer día de la semana como día de culto y no, por ejemplo, el sábado, que, en todo caso, era un día festivo y libre de trabajo? ¿Por qué los cristianos no quisieron tener su culto el mismo día que los judíos, para acentuar así el contraste con el sábado, como hicieron más tarde los cuatordecímanos que celebraban la pascua cristiana el mismo día, el 14 de Nisán, en que la celebraban los judíos? Es indudable que tenía que haber razones muy poderosas para hacer del día primero de la semana el día de culto, aspecto único que tiene el domingo en los tres primeros siglos, pues el descanso sólo aparece hacia el siglo IV. ¿Cuáles fueron estas razones?

La referencia a “una tradición apostólica”- n 106 de la SC – que se remonta al mismo día de la resurrección del Señor, es la base y el punto de partida de la costumbre de celebrar cada ocho días el Misterio Pascual, que la Iglesia ha mantenido a lo largo de su historia.

Que existía ya, desde el principio, esa tradición (parádosis), entendida como transmisión de maestro a discípulo por vía oral, está atestiguada por S. Pablo, no sólo en relación con la resurrección y las primeras manifestaciones de Cristo Resucitado, sino también con la institución de la Eucaristía. La convicción de que el domingo pertenece sobre todo por su relación directa con el día de la resurrección, a la tradición apostólica está avalada por el relato de la aparición a “los ocho días”. Es incuestionable que la generación apostólica comprendió desde muy pronto la importancia de la resurrección del Señor y la importancia del día en que resucitó y se apareció a sus discípulos. Y sigue estando fuera de dudas todavía hoy, tal y como nos lo recuerda cada domingo el embolismo que la Iglesia ha introducido en el mismo corazón de la plegaria eucarística:

“ Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, reunida aquí, en el domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal” (1º, 2º y 3º plegaria eucarística)

Ningún documento informa directamente sobre el origen del domingo. Sin embargo algunos textos del Nuevo Testamento, confrontados con los primeros textos patrísticos al respecto, incluso con textos no cristianos, nos ofrecen algunos elementos que, si bien es cierto no nos afirman directamente el origen del domingo, sí nos ofrecen suficientes datos para desvelarnos su origen.

Tres son los textos neotestamentarios que presuponen, de alguna manera, la observancia del día del Señor: 1 Cor 16, 1-2; Hch 20, 7-12, Apoc 1, 9-10. El más antiguo lo encontramos en la primera carta a los corintios y, posiblemente, el más digno de atención, en el capítulo veinte, versículo siete y siguientes de los hechos de los apóstoles.

“El primer día de la semana estando nosotros reunidos para partir el pan. Pablo que iba a partir al día siguiente, estuvo hablando con los discípulos hasta la medianoche. En la sala de arriba, donde estábamos reunidos, había muchas lámparas. Un joven llamado Eutico, estaba sentado en la ventana. Como Pablo se alargaba demasiado en su conversación, le entró un sueño tan profundo que, vencido por él, se cayó del tercer piso abajo, y lo levantaron ya cadáver. Pablo bajó, se echó sobre él y abrazándolo, dijo: “Tranquilos que está vivo”. Subió de nuevo, partió el pan y comió, estuvo hablando hasta el alba y se marchó. Al muchacho lo trajeron vivo con gran consuelo de todos” He 20.7-12)

En este texto el autor escribe en primera persona, como testigo ocular. Estamos en torno a los años 57-58. Pablo se encuentra en Troáde, huésped de la comunidad cristiana fundada por él. El último día de su estancia es justamente el primer día de la semana, y todos están reunidos para “partir el pan”, expresión que indica, como vemos en 1ª Cor 10,16 o Hech 2, 42-46, la celebración eucarística. La referencia a la sala de arriba y a la gran cantidad de lámparas que iluminan la sal constituye una velada alusión al carácter cultual de la reunión. Se trata de una celebración eucarística en un día determinado. Todo hace pensar que se trata de una reunión habitual. La comunidad no se reúne para despedirse del apóstol, porque en el relato es él quien se hace presente, y no al revés.

Junto a estos textos es digno de mención el versículo 9-10 del capítulo primero del Apocalipsis. Juan escribe en Asia Menor a finales del s. I. La importancia estriba sobre todo, en que es el único texto del Nuevo Testamento donde se llama al primer día de la semana “el día del Señor” (original griego: día señorial). Una alusión paralela a la de 1º Cor 11,20: “Cena del Señor”. El adjetivo “señorial” “kyriaké” hace referencia a Kyrios o Señor resucitado, exaltado como Mesías e Hijo de Dios. Menos claro resulta lo que se quiere decir con esa expresión de “día del Señor”. El contexto del Apocalipsis no hace ninguna alusión clarificadora. Sin embargo, si confrontamos este texto con la Didajé que es un documento casi contemporáneo, de origen siríaco, donde el día del Señor es el día de la reunión regular de la comunidad para celebrar la Eucaristía: “Reunidos el día del Señor, partid el pan y dad gracias” (Didaché 14, 1), la cuestión adquiere más claridad.

Junto a estos textos, no podemos dejar de aludir a las apariciones del Resucitado el primer día después del sábado. Los sinópticos señalan con precisión el día de la resurrección del Señor y de las primeras apariciones a los apóstoles: el primer día de la semana (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1). Juan narra también cómo, el primer día después del sábado, María Magdalena va al sepulcro muy de mañana (Jn 20,1) Ocho días más tarde, – insiste Juan – de nuevo en domingo, el Señor se les aparece por segunda vez a los discípulos y esta vez está Tomás. La aparición a los discípulos de Emaús también acontece en Domingo y en domingo, cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu del Señor viene sobre los apóstoles y, en domingo, la Iglesia de Cristo se manifiesta por primera vez al mundo.

2. El Domingo, pascua semanal

Resumiendo podemos afirmar, considerados globalmente los testimonios del Nuevo Testamento, que el domingo como día de la asamblea cultual, está documentado en las comunidades cristianas del Asia menor y de Grecia, de formación paulina y joánica, pero también pueden establecerse relaciones entre la comunidad de Jerusalén y la aparición de estas primeras formas de culto dominical.

Los primeros siglos serán decisivos en el desarrollo e institucionalización de este día, tal y como lo atestiguan los más antiguos textos patrísticos.

De entre todos los testimonios anteriores al s. IV, ya hemos hablado de la Didaché que algunos autores datan en fechas anteriores a muchos textos del NT y se presenta como el primer texto normativo del cristianismo:

“Reunidos en día del Señor, romped el pan y dad gracias…”

S. Ignacio de Antioquía, frente a algunos cristianos que quieren resucitar el sábado como día de culto, recuerda hacia el año 90, que los cristianos ya no observan el sábado, “que pertenece al antiguo orden de cosas”, sino que “viven según el domingo”. (Ad Magnesios, 9)

Para S. Ignacio la observancia del domingo se ha convertido, por tanto, en una seña de identidad, observar el domingo es manifestación de la pertenencia a la “novedad” de vida inaugurada en la resurrección de Cristo y en la que hemos sido insertados desde el día de nuestro bautismo (Rm 6, 4-11)

Hacia la mitad del s. II, S. Justino nos describe, por primera vez, el contenido y el significado de la celebración del domingo, memorial de la nueva creación iniciada en la resurrección de Cristo.

“El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades y en los campos…Celebramos esta reunión general el día del sol por ser el día primero, en que Dios…hizo el mundo y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos….(Apol 1, 67).”

Todos estos textos tienen una cosa en común: presentan el domingo en referencia directa con la resurrección del Señor. Si el domingo no es un día como los otros, es, por encima de todo, por ser el día de la Resurrección y se convierte en fiesta primordial, porque la Resurrección de Cristo es la razón de ser de esta fiesta y, para el cristiano no hay otra fiesta que Cristo. Cristo es la fiesta, la única fiesta de la Iglesia.

Ya hemos visto cómo la reforma litúrgica pone en primer plano este hecho, aludiendo a las plegarias eucarísticas que se enriquecen, en domingo, con la confesión de este dato: “atiende los deseos de esta familia que has congregado en tu presencia, en el domingo día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal (plegaria eucarística 3). A él podemos añadir otros textos que inciden con fuerza sobre este mismo tema:

“Hoy tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado” (Prefacio dominical X T. O.)

Es el mismo carácter pascual que subraya el himno de la Liturgia de las Horas:

“En el día primero tu resurrección alegraba el corazón del Padre.
En el día primero vió que todas las cosas eran buenas porque participaban de su gloria.

La mañana celebra tu resurrección y se alegra con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra…sabiendo que el sepulcro está vacío”

El domingo se convierte así en una realidad sacramental para los cristianos, en el día memorial de la muerte y resurrección de Cristo. En presencia y anticipación ya, aquí y ahora, de la plenitud que esperamos. El Domingo se convierte en la Pascua semanal: aceptación en la fe de la oferta de salvación que Jesucristo ha manifestado en su Pascua, que ya es realidad gozosa, aunque todavía no del todo, celebración gozosa del Resucitado en medio de los suyos.

3. El domingo, día de la Iglesia y de la Eucaristía

El domingo no es sólo día del Señor, es también el día de la asamblea, símbolo de la iglesia que se hace visible en toda legítima reunión de los cristianos presidida por sus pastores, sobre todo en la celebración eucarística (LG 26; SC 41). Esta es una enseñanza fundamental recordada por el Vaticano II al hablar de la iglesia local y particular. El domingo es, por tanto, día de la Iglesia, día de la Palabra y día de la eucaristía, tres realidades que se enlazan y se condicionan mutuamente.

Entramos así en una dimensión importantísima del domingo, guiados por la eclesiología litúrgica y que la “Dies Domini” nos subraya con estas palabras:

“Para que esta presencia sea anunciada y vivida de manera adecuada, no basta que los discípulos de Cristo oren individualmente y recuerden en su interior…la muerte y resurrección de Cristo…los que han recibido la gracia del Bautismo no han sido salvados sólo a título personal, sino como miembros del cuerpo místico, que han pasado a formar parte del pueblo de Dios. Por eso es importante que se reúnan para expresar así la identidad misma de la Iglesia, la ecclesia, asamblea convocada por el Señor resucitado”

Ahora bien, la reunión como epifanía de la vida eclesial, tiene en la Eucaristía no sólo una fuerza expresiva especial, sino también su fuente, porque la Eucaristía modela y nutre a la Iglesia.

Esta dimensión intrínsecamente eclesial de la Misa se realiza, sin duda, cada vez que se celebra. Pero se expresa de manera particular el día en que toda la comunidad es convocada para conmemorar la resurrección del Señor.

La Eucaristía dominical, con la obligación de la presencia comunitaria y la especial solemnidad que la caracteriza, precisamente porque se celebra “el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal” subraya con énfasis nuevo la propia dimensión eclesial, quedando como paradigma para las otras celebraciones eucarísticas.

Por todo ello “debe destacarse a nivel pastoral de forma particular la dimensión comunitaria de la Eucaristía dominical”, hasta el punto que Juan Pablo II, dirigiéndose al tercer grupo de obispos de los EEUU de América en marzo del 98, afirma que “entre las diversas actividades que desarrolla una parroquia ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y su Eucaristía”. Tema, por otra parte, que ya había recordado la Sacrosanctum Concilium en el n. 42 urgiendo la necesidad de “trabajar para que florezca el sentido de comunidad parroquial, sobre todo en la celebración común de la misa dominical”. Y que, por otra parte, no es nada nuevo. Ya la Didascalía de los Apóstoles 13 se dirige a los obispos para advertirles:

“Cuando enseñen, ordenen y persuadan al pueblo a ser fiel en reunirse en asamblea; que no falte, sino que sea fiel a la reunión de todos, a fin de que nadie sea causa de merma para la Iglesia al no asistir, ni el cuerpo de Cristo sea menguado en uno de sus miembros. Que nadie piense sólo en los demás, sino también en sí mismo, cuando escuche lo que ha dicho nuestro Señor: “El que no recoge conmigo, desparrama”. Y puesto que ustedes son los miembros de Cristo, no se engañen, pues, a ustedes mismos y no priven a nuestro Señor de sus miembros, ni desgarren, ni dispersen su cuerpo. No antepongan los asuntos de ustedes a la Palabra de Dios, sino abandonen todo en el día del Señor y corran con diligencia a su asamblea, pues aquí está su alabanza. Si no, ¿qué excusa tendrán ante Dios los que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la Palabra de Vida y nutrirse del alimento divino que permanece eternamente? “

En la “Dies Domini”, el Papa añade un aspecto peculiar a tener en cuenta en este año en el que nuestro trabajo pastoral tiene a la familia como objeto: “en dicha asamblea, las familias cristianas viven una de las manifestaciones más cualificadas de su identidad y de su ministerio de “Iglesias domésticas”, cuando los padres participan con sus hijos en la única mesa de la Palabra y del Pan de vida. A este respecto, el Papa recuerda la obligación que incumbe, en primer lugar a los padres, de educar a sus hijos en la participación de la Misa dominical, ayudados por los catequistas que han de preocuparse en incluir en el proceso de formación la iniciación a la Misa a lo que contribuirá, sin duda, la introducción, cuando lo aconsejen las circunstancias, de la celebración de Misas con niños según el directorio aprobado por la congregación del culto divino en 1 de noviembre de 1973.

4. El domingo hoy

Todo esto que afirmamos, es hermoso, pero hoy no es fácil vivirlo. Nuestro domingo es muy distinto al de nuestros abuelos o simplemente, muy distinto al que vivimos cuando éramos niños o jóvenes. Posiblemente el domingo de las próximas generaciones, el de los años 2020 será todavía más diverso del nuestro. Por eso hemos de realizar nuevos esfuerzos para vivirlo en el contexto de los nuevos retos que plantea la cultura, la organización y estilo de la vida contemporánea. Tenemos que descubrir nuevos modos de vivir el domingo, en los que no podemos soslayar los aspectos que a continuación consideramos:

4.1. La catequesis sobre el domingo

La pastoral del domingo requiere varios puntos de atención, dado que la celebración del día del Señor afecta a numerosos aspectos de la vida de la Iglesia, comenzando por la celebración de la eucaristía, que ha de estar en el centro de toda comunidad. Sin embargo la dimensión que parece hoy más urgente en la pastoral específica del domingo es, sin duda, el de la catequesis de lo que es y significa el día del Señor para ayudar a los cristianos a vivirlo.

Cuando se habla de una nueva evangelización, es decir, de un renovado e insistente anuncio de Jesucristo para revitalizar la fe, no se puede olvidar que la convocatoria del día del Señor es la más amplia que hace la iglesia, ya que afecta absolutamente a todos los bautizados y su objeto es precisamente la presencia del Señor en la Asamblea, en la Palabra y en la Eucaristía como fuente y culmen de toda acción eclesial.

Al hablar de catequesis sobre el domingo, no nos referimos solamente a organizar campañas sobre la asistencia a la misa dominical o cuidar la celebración eucarística del domingo. Nos referimos a una catequesis sistemática sobre los valores del domingo y sobre el modo de vivir este día para santificarlo y dirigida a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los grupos eclesiales y a toda la comunidad cristiana.

Entre los contenidos de esta catequesis sistemática, no deberían faltar los siguientes:

– El origen del domingo: cómo, porqué y para qué nació este día, su relación con la resurrección del Señor, cómo vivían el domingo las primeras generaciones cristianas.

– Los nombres del domingo en la tradición cristiana: el día primero de la semana, día del Señor, día del sol. Octavo día, día de la Palabra, día de la Eucaristía, día de la asamblea. Día de la fraternidad, día de la alegría y del descanso, día primordial, etc.

– La eucaristía dominical y la presencia del Señor en la asamblea. Cómo participar activa, consciente y fructuosamente en la celebración cristiana, etc.

– La santificación del domingo y de las fiestas: valores antropológicos de las fiestas, valor del precepto festivo, significado escatológico del descanso cristiano, alcance moral del precepto dominical en la perspectiva de la ley del amor, etc.

– Cómo celebrar hoy el domingo, en la comunidad cristiana, en la familia, en contacto con la naturaleza, el deporte, la caridad, etc.

– La celebración iniciada el sábado a la tarde.

4.2. El domingo en la planificación pastoral de la comunidad

El consejo pastoral parroquial, el equipo de animación litúrgica, los presbíteros y cuantos están implicados en la pastoral parroquial, deberían dedicar un tiempo, alguna vez, a analizar y valorar la problemática que reviste en su parroquia o zona el día del Señor para tratar de dar respuestas concretas y programar acciones de futuro. La asamblea dominical a lo largo del año y el nivel de su participación es con frecuencia el retrato más aproximado del estado de la parroquia o comunidad.

Según la encuesta sobre la asistencia a misa efectuada en España en los años 80, acudían asiduamente a Misa unos 9 millones de cristianos. Todos sabemos que esta cifra, desgraciadamente no ha aumentado, sino todo lo contrario y no digamos nada en lo que respecta a niños y jóvenes…¿Habrá que esperar que se alejen definitivamente de la Iglesia para iniciar con ellos una pastoral evangelizadora? ¿La celebración cristiana, la Eucaristía, no tiene capacidad misionera y educativa de la fe?

4.3. La pastoral de la eucaristía dominical

“Ciertamente, la eucaristía dominical no tiene en sí misma un estatuto diverso de la que se celebra cualquier otro día, ni es separable de toda la vida litúrgica y sacramental. La eucaristía es, por naturaleza, epifanía de la Iglesia que tiene su momento más significativo cuando toda la comunidad diocesana se reúne en oración con su propio pastor (SC 41). Sin embargo, con la obligación de la presencia comunitaria y la especial solemnidad que la caracteriza, precisamente porque se celebra el día en que resucitó Cristo”, subraya con nuevo énfasis la dimensión eclesial”. (Dies Domini 34).

Precisamente porque es el momento privilegiado de la presencia del Señor en su Iglesia, la eucaristía dominical requiere ser particularmente expresiva. Una celebración festiva, digna y sobre todo significativa es suficiente para dar al día del Señor el alma que requiere.

– Ha de ser una celebración distinta a la de los días laborables. La celebración dominical es la convocatoria constante que, desde el principio de la Iglesia, ésta no ha dejado de hacer para “anunciar la muerte del Señor” hasta que vuelva. Hasta bien entrada la edad media, la eucaristía era celebrada solamente los domingos, en las solemnidades entre semana y en algunas ferias de Cuaresma y de otros tiempos litúrgicos. Esto quiere decir que la celebración del domingo tiene una relevancia especial que ha de ponerse de manifiesto en todos los signos de la celebración.

En este sentido es importante valorar la nueva edición del Misal Romano (1ª ed. 79) que se prepara y cuya Institutio Generalis ya se ha publicado en su edición típica. Un Misal que no va a cambiar el rito existente, pero sí añade o quita algunas cosas a tenor de lo que se pedía ya en la SC 21. En realidad esta nueva edición venía exigida por la necesidad de incorporar cuanto el nuevo Derecho Canónico ha legislado al respecto, así como los aspectos señalados en su momento por “Varietates liturgicae” de la Liturgia romana y la necesidad de incorporar los nuevos formularios del santoral.

La Institutio Generalis ha pasado de 241 números a 399 y de 8 a 9 capítulos. Por supuesto que no todos los retoques o añadidos tienen la misma importancia, pero sería un error quedarnos en una simple valoración de los retoques. Pienso que es una nueva oportunidad para repensar la celebración eucarística, para descubrir su sentido, que no podemos dejar de enmarcar entre los frutos del Jubileo que acabamos de concluir y cuya llave para descubrir su sentido no está fuera, sino dentro: en la voluntad expresa de Cristo de darnos este sacramento.

Ciertamente la media de nuestras eucaristias ha mejorado, al menos, en lo que tienen de expresión externa, pero lo más decisivo en la celebración cristiana no es la formalidad externa, sino es hacer realidad lo que expresamos y celebramos (la participación interna – Sínodo del 85 – adoración, oblación, conversión).

Mejorar la celebración requiere, ante todo, saber responder a una pregunta previa: ¿Por qué y qué celebramos? ¿Para qué sirve la Misa? ¿Quién celebra? ¿Cómo celebramos? Y estas preguntas, si nos las hacemos a conciencia, tienen implicaciones concretas. Mejorar la celebración quiere decir mejorar el clima de la celebración y esto tiene un “antes” un “en” y un “después”.

Quizá hemos insistimos mucho en preparar la celebración y poco en “prepararnos” par la celebración. No podemos olvidar que la celebración es, por encima de todo, un acontecimiento espiritual. El Catecismo de la Iglesia Romana nos recuerda que es el Espíritu el que prepara al encuentro con Cristo. Todo ello lleva consigo un climax: silencio, luces, acogida, etc. No perder de vista que la Eucaristía no es un discurso, sino una acción, pertenece al ámbito de la actividad y, por tanto tiene mucho que ver la corporeidad, la gestualidad, la visión, el olor, el color…Es la presencia del misterio a través de ritos y de signos (SC 7).

Tendríamos que preguntarnos, a la luz de 1º Cor 11, cómo estamos transmitiendo a las generaciones futuras lo que hemos recibido.

4.4. Una celebración con sentido de iglesia. La Eucaristía del domingo ha de poner de manifiesto, más que ninguna otra celebración, la unidad de la comunidad cristiana en torno al Memorial del Señor (SC 41, LG 26; PO 5)

El fundamento de esta unidad es el mismo Cristo: “somos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan (1ª Cor 10 – Sínodo 503). En otro tiempo, con abundancia de sacerdotes, la Iglesia se preocupó de ofrecer a todos la oportunidad de cumplir con el precepto de “oir misa” multiplicando el número de misas casi a la carta. Esta práctica, a pesar de las buenas intenciones, dispersa a la comunidad y acentúa el sentido individualista de la celebración, cuando no convierte al presbítero en un “corre caminos”.

La finalidad de la pastoral de la eucaristía no es “facilitar a todos la asistencia a misa”, sino hacer posible una celebración digna. En esta dirección ya la instrucción Eucharisticum Mysterium aconsejaba evitar la dispersión de la comunidad de los fieles y promover el sentido eclesial y comunitario. Asunto sobre el que vuelve también nuestro Sínodo.

5. Conclusión

Terminamos. No he pretendido agotar el tema, ni siquiera enumerar todos sus aspectos. Simplemente he pretendido poner en primer plano la importancia del Domingo en el marco sacramental de la historia de la salvación y en el actuar de la Iglesia.

La exhortación “Dies Domini” que presenta cinco capítulos con los sugestivos títulos: Dies Domini, dies Christi, dies ecclesiae, dies hominis, dies dierum, ofrece razones más que suficientes para repensar nuestro domingo, redescubriendo sus contenidos más profundos. Les invito a una lectura tranquila y reposada.

Frente a la crisis del domingo como hecho religioso cristiano, deberíamos esforzarnos por redescubrir los elementos que se encierra en esa experiencia que conforma nuestra identidad cristiana.

Dicho en negativo, habría que afirmar la necesidad de superar la concepción “preceptista” del domingo que se agota en el momento de la celebración de la eucaristía, reducida a una obligación. No es la norma la que justifica una forma de vida: sólo en cuanto ayuda a vivir y en función de la vida como se puede mantener la norma.

La vida, que vamos construyendo en el tiempo y que alcanza su máxima expresión en el momento sacramental del domingo, vida, por otra parte, que sólo se realizará plenamente en una eternidad que será comunión perenne y definitiva con Dios. Así lo confesamos, de hecho, en el prefacio X de Tiempo ordinario y así, permítanme que lo confiese ahora como punto final de este habitual encuentro, que nos prepara para la Pascua primera del nuevo milenio y que no ha pretendido otra cosa que seguir afirmando, cuando las circunstancias aparentemente no nos son demasiado propicias, la primacía del día que un homileta de las primeras generaciones cristianas, jugando con las palabras, llamó día del Señor y señor de los días.

“Te bendecimos, Padre, porque nos convocas en tu casa en este día de fiesta…para celebrar el memorial del Señor Resucitado… mientras esperamos el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso”.

Escrito por