50 años de la constitucion litúrgica del Vaticano II

 

Acabamos de cerrar esta fecha emblemática. El pasado día 4 de diciembre se cumplieron 50 años de este acontecimiento clave, que en su momento, nos hizo caer en la cuenta del cambio y del aire fresco que supuso el Concilio. Posiblemente existan otros hechos relevantes y decisivos, pero ninguno alcanzó el impacto que en la opinión y en la experiencia del pueblo tuvo aquella reforma, promovida por el Vaticano II e iniciada en la cuaresma del año 1965.

Ha llovido desde entonces, y después de un Papa como Benedicto XVI, que hizo de la liturgia un tema recurrente en su pontificado y previamente en su enseñanza, hemos pasado a otro Papa que dirige el foco de la atención a otros temas menos “clericales”, fiel a su convicción de que la Iglesia no debe concentrar su prioridad en buscar respuesta a cómo autopreservarse.

Este “the new age” es, a todas luces, evidente. Pero no tanto como para pensar en una ruptura con lo anterior o en un suicida adanismo que pretende empezar de cero. El hecho es, que este Papa que hemos visto celebrando sobre una mesa portátil en un barrio de Buenos Aires, no viene precisamente de una abadía benedictina, y esto ya lo están denunciando algunos movimientos, que comienzan a agitar a sus secuaces ante tamaña iconoclasia.

A muchos obispos les ha cogido con el paso cambiado y tratan de convertirse a grandes zancadas, aunque no puede dejar de notárseles de dónde vienen y por qué lo hacen. Es lo que pasa siempre cuando se mira demasiado a Roma y no se actúa con la libertad de aquellos obispos de los primeros siglos: léase S. Cipriano o San Ambrosio o, más recientemente, con la coherencia de un Casaldáliga.

Si en algo el Concilio Vaticano II, y la constitución Sacrosanctum Concilium en particular, insistió y puso en primer plano, es la dimensión eclesial de la liturgia como acción de todo el pueblo de Dios y el valor sacramental de la asamblea. Sin embargo los tiempos que corren no siempre favorecen la comprensión de estas cuestiones, por otra parte, tan viejas como el cristianismo.

Nos da miedo que pueda vaciarse el rol del presidente, léase cura, y no nos da miedo reducir a los laicos, también miembros de Cristo sacerdote, el único sacerdote evidentemente, a simples monaguillos, cuando no, a sumisa tropa dispuesta a la “consecratio mundi”, que siempre nos quedará más lejos. Si la asamblea es epifanía y manifestación en acto de la Iglesia, y ésta es plural y estructurada en torno a unos ministerios y carismas, la asamblea debe parecérsele lo más posible. Difícilmente se logrará cuando uno de los ministerios se apropia de la celebración y dispone de ella para subrayar su autoridad sobre el resto de los fieles.

No se trata de clericalizar a los laicos, sino más bien de expresar, en el espacio y en la actividad primordial de la Iglesia, lo que ésta es y dice ser: “ pueblo de Dios convocado”.

Hemos avanzado, sin duda, en la comprensión de la liturgia y en la participación en las celebraciones. Pero todavía hay mucho camino por recorrer. Y ese camino va, sobre todo, en la dirección interior. No podemos poner el acento exclusivamente en lo formal o en las normas disciplinares. Como afirma el Papa Francisco "en muchas liturgias suele abundar jolgorio bullicioso, pero falta interioridad; sobresale la exuberancia festivalera, pero escasea el compromiso". La Iglesia, ya lo dejó claro en su momento, la liturgia no se reduce a lo estético o normativo. Es, ante todo, un encuentro con el Señor y un insertarnos nosotros mismos, desde el que preside - sea el obispo o el último de los sacerdotes - en la ofrenda de Cristo servidor y experto en compasión.

El problema de la Liturgia, es un problema de signos. Cuando la visibilidad de lo que decimos “estar haciendo” no se corresponde con nuestra vida, los sacramentos carecen de fuerza y credibilidad. La Misa jamás puede sustituir la vida, más bien todo lo contrario: debe expresar la vida y “jamás dice lo que hace, sino hace lo que dice”. En esto nos jugamos casi todo. Lo que hace una celebración hermosa y digna no es que la presida el obispo, que un coro cante la Misa de Casimiri, o que las puntillas de los roquetes y corporales nos transporten a los conventos de las beguinas, sino la autenticidad de lo que hacemos. Y en esto todos tenemos que hacer autocrítica.

50 años son muchos años, pero no tantos como para bajar la guardia y pensar que aquello del Vaticano II nos queda hoy día muy lejos.

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